Patagonia chilena o cómo volver a la niñez

La Patagonia tiene una magia que se contagia –¡vivan las rimas fáciles!- ya tengas 26, 43 o 75 años, el sur de Chile rejuvenece a cualquiera y transporta directamente a esa dulce y entrañable infancia en la que lo más importante es disfrutar y dejarse llevar. Es como si ni siquiera te pararas a pensar: ves un charco y quieres saltar dentro de él, quieres abrazar a cualquier animal que se cruza en tu camino, oler todas las flores y navegar todos los ríos. Las ganas de experimentarlo todo son irreprimibles en un ambiente natural “impagable”, como suelen decir los patagónicos.

Después de una semana recorriendo el norte de la región de Aysén puedo afirmar que muchas personas necesitan emigrar a esta parte del globo para comprender lo impresionante que es la naturaleza. Nos ha tocado vivir lluvias torrenciales y vientos huracanados, nos hemos visto obligados a cubrirnos con capas y a cancelar excursiones. Aun así la recompensa de bañarse bajo la lluvia en las aguas termales del volcán Melimoyu o atravesar el río Palena en lancha a motor y sentir como el viento te acaricia la cara –o te la azota, según la perspectiva- son experiencias que provocan que te detengas y recapacites sobre cómo la fuerza salvaje de la naturaleza hace que todo dé un vuelco: la naturaleza está ahí para que tú la respetes, para que tú te adaptes a ella y no al revés, y eso sí que es impagable.

Los límites de la Patagonia son tan vastos y difusos que es difícil clarificar dónde empieza y dónde termina. El territorio se encuentra bañado por las aguas del Océano Pacífico y surcado por la Cordillera de Los Andes, el conjunto montañoso más grande sobre la tierra. La parte chilena de la Patagonia incluye las regiones de Los Lagos, Aysén, Magallanes y la Antártica Chilena y conecta por el este con la Patagonia Argentina.

Recorriendo la Carretera Austral de sur a norte

El recorrido que yo hice fue a través de la región de Aysén que al mismo tiempo divide la ruta en dos: la zona sur y la zona norte, ambas conectadas por la carretera austral que cuenta con un total de 1240 kilómetros de longitud, desde Villa O’Higgins (la parte más al sur) hasta Puerto Montt limítrofe con la Región de los Lagos en la zona norte. En mi caso recorrí la zona norte, atravesando la carretera austral desde el aeropuerto de Balmaceda, pasando por la capital de la región, Coyhaique, hasta La Junta.

Mi viaje hasta la Patagonia empezó en el aeropuerto internacional Comodoro Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile, desde donde se toma un vuelo pilotado por Latam Airlines que dura aproximadamente dos horas y aterriza en la localidad de Balmaceda. Existen otras rutas marítimas o terrestres pero la más rápida obviamente es la vía aérea.

Nada más aterrizar un paisaje de extensos prados y montañas te dan la bienvenida. Inmediatamente pusimos rumbo al norte e hicimos una pequeña parada en la capital. Coyhaique cuenta con unos 60 mil habitantes, una ciudad grande en cuyo centro se asienta la Plaza de Armas que es punto de unión de mochileros y ciclistas que se embarcan en la emocionante aventura de atravesar esta tierra plagada de paisajes sin fin. La plaza tiene mucha actividad, con puestos de artesanía local y restaurantes que llenan de vida y ambiente la ciudad.

Nosotros no nos detuvimos mucho aquí pero sí lo bastante para embriagarnos de ese aire rústico que más tarde descubriríamos con más pasión en otras pequeñas localidades, como La Junta o Puyuhuapi. Coyhaique es popularmente conocida como “la ciudad entre aguas” porque se encuentra entre el Río Simpson y el Río Coyhaique. Aquí hallamos las únicas grandes construcciones de toda la región: el hospital, escuelas superiores y edificios públicos que no pierden su esencia y se encuentran recubiertas por la madera típica que reviste todos y cada uno de los edificios del territorio.

Continuamos nuestro camino en furgoneta a través de la carretera austral, no sin antes tomar el mate de “la bienvenida, la paz y la hermandad”, ese mate que puede forjar y destrozar amistades, sobre todo si en el grupo hay un argentino que defiende que el mate es argentino y no chileno. Pero apropiaciones culturales aparte… Ese mate fue el principio de una gran aventura. La primera parada, donde íbamos a hacer noche, era La Junta, pequeña localidad a unas cuatro horas al norte de Coyhaique. Antes de llegar nos detuvimos en Villa Mañiguales para probar las famosas empanadas chilenas, un manjar de dioses que harán que repitas: las hay de pollo con queso, de ternera, pescado y también de vegetales. Acompañadas por una rica cerveza artesanal, negra, rubia o roja, da igual cuál sea, el placer está más que asegurado.

La Junta, nexo de unión entre los ríos Palena y Rosselot

Por fin llegamos a La Junta y el verde de los prados se torna más intenso. En Balmaceda ya nos habían advertido que “cuanto más al norte, más verde”, difícil de creer porque en ese momento piensas que no existe un verde más intenso, pero compruebas que sí es posible y que recubre toda la superficie de La Junta con una intensidad que incluso te deslumbra, debe ser porque no para de llover, los patagónicos solo tienen 30 días de sol al año.

La recompensa de llegar al destino y poder degustar comida casera hecha con todo el cariño del mundo en un sitio como Mi Casita de Té, mientras el cuerpo entra en temperatura con chimeneas de leña y la tormenta acecha fuera, es algo impagable, como todo en la Patagonia. “En la Patagonia quien se apura pierde el tiempo”, es el eslogan oficial del territorio, frase que puede leerse en Mi Casita de Té, un encantador lugar regentado por Eliana, una mujer que dedicó parte de su vida, de sus esfuerzos y de sus sueños en ofrecer un espacio acogedor para turistas, visitantes y locales.

Mi Casita de Té lleva cerca de 25 años ofreciendo una estancia al más puro estilo local. Su apasionada dueña, que habla del negocio y del pueblo con un brillo único en los ojos, abrió primero la cafetería, más tarde el restaurante y por fin cuatro apartamentos para ofrecer alojamiento también. Ahora está construyendo la recepción para brindar una mayor información al visitante que llega desde tierras lejanas.

Éste es quizá el único lugar de La Junta en el que puedes alojarte y desayunar con el toque mágico de un pan recién horneado y una mermelada y unos postres cien por cien caseros. El resto de residencias que hay en el pueblo ofrecen también estancias muy agradables y los locales mostrarán todos sus esfuerzos en integrarte en la vida local, ya sea a base de degustaciones de cervezas artesanales; catas de Tepaluma, el gin por excelencia de la Patagonia; u otras actividades que tienen más presentes la adrenalina y los altos estados de diversión: trekking, rafting, kayaks, pesca o termas en entornos tan naturales como el lago Rosselot, el río Palena o el Valle Cuarto a cargo de Yagan Expeditions.

Puyuhuapi, el sur del silencio

Las lluvias nos acompañaron durante gran parte de la semana por lo que tuvimos que cancelar a última hora una excusión que nos iba a llevar hasta Raúl Marín Balmaceda y en la que íbamos a cruzar la desembocadura del río Palena al Pacífico, caminar entre dunas y avistar la avifauna típica. La crecida del río cambió nuestros planes y nos llevó a descubrir Chaitén, plan improvisado en la región de Los Lagos. Aquí degustamos una fantástica comida en el Restaurante el Volcán, acompañado por vino y sobremesa a base de deliciosos postres y tés de todo tipo.

En Chaitén, en un punto de la carretera austral, conocemos y vemos con nuestros propios ojos el desastre ocurrido en la Villa Santa Lucía que justo hace un año sufrió un aluvión que provocó el enterramiento de parte de la villa en la que 21 personas perdieron la vida. El paisaje sigue siendo desolador y la fuerza de la naturaleza hace, que una vez más, te detengas y recapacites. Este acontecimiento aislado no impide que vecinos y vecinas detengan sus quehaceres, aunque el pueblo no olvida.

Fue curioso conocer esta historia en un día en el que la lluvia caía con intensidad, el río había invadido las carreteras y algunos tramos estaban cortados porque caían piedras, troncos y se habían formado cascadas improvisadas sobre el terreno. Por suerte, cuando abandonamos La Junta y tomamos camino hasta Puyuhuapi, el tiempo comenzó a mejorar y nos regaló momentos de sol y cielos medianamente claros. Esta localidad asentada en la comuna de Los Cisnes es famosa por su fiordo homónimo, se encuentra a una hora de La Junta, enclavada entre la costa marina y los picos nevados del Parque nacional Queulat.

En el lugar encontramos ciertos asentamientos de colonos alemanes, como la Casa Hopperdietzel, hogar de la familia alemana fundadora de la típica cerveza artesanal que podemos probar en todo el territorio, la cerveza Hopperdietzel. Esta casa fue construida en el año 1938 y supone una de las primeras construcciones realizadas por colonos alemanes en la localidad. Junto a esta casona de cinco niveles se halla la Casa Ludwig, un inmueble declarado Monumento Histórico en el año 2009 y cuyo levantamiento data del año 1953. La edificación, perteneciente también a una de las más importantes familias alemanas asentadas en Puyuhuapi en la primera mitad del siglo veinte, cuenta con un arquitectura que incorpora maderas y materiales locales de la mano de maestros carpinteros chilotes, una auténtica construcción patagónica con identidad alemana y local ubicada en el seno de Puyuhuapi.

Durante nuestra estancia en la localidad nos alojamos en el Hotel Puyuhuapi Lodge and Spa, del que hablaré más adelante en una entrada particular ya que este lugar lo merece. Como adelanto puedo decir que es uno de los lugares más exclusivos que podemos encontrar en la Patagonia, anclado en la Bahía Dorita a la cual solo se puede acceder cruzando el fiordo en un pequeño barco.

En el camino hasta el alojamiento se pueden avistar pingüinos y toninas, una vez en tierra la flora se torna asombrosa, a base de gigantescos árboles como Coigües y Tepas, flores como el Lupino o plantas de hojas enormes como la Nalca. Un entorno fabuloso para la práctica del trekking o kayaks y como remate para un día de diez es obligado sumergirse en las termas bañadas por agua de volcán, cascada y del mismísimo Océano Pacífico.

Este lugar encantado que tiene vetada la entrada a cualquier conexión, ya no solo con el exterior, sino también a Internet, es un completo remanso de paz al sur del silencio. Una forma excelente de acabar nuestra aventura en la parte más austral del mundo. La región de Aysén en la Patagonia chilena es un enorme tesoro para el alma.

Guía práctica

¿Dónde comer?
–Kofketun: La Junta, Cisnes, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chiles.
–Restaurante El Volcán: Arturo Prat, Chaiten, Chaitén, Región de los Lagos, Chile.
–Chelenko Restoran: Horn 47-56, Coyhaique, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile.
¿Dónde dormir?
  –Puyuhuapi Lodge & Spa: Bahia Dorita s/n, Cisnes, Chile
Mi Casita de Té: Cisnes, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile
Terrazas del Palena: Carretera Austral, La Junta, Chile
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3 comentarios sobre “Patagonia chilena o cómo volver a la niñez

  • el junio 4, 2019 a las 12:05 am
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