Viñales: entre campos de habanos y chupitos de ron

En post anteriores hablaba de lo maravillosamente embaucadora que es La Habana, pero es que este efecto se extiende por todo el territorio, y sino todo el territorio -porque no llegué a visitar todas las ciudades y pueblos de Cuba-, por lo menos puedo afirmar que Viñales y Trinidad tienen la misma capacidad de enamorar.

Todo hay que decirlo, nada tiene que ver un lugar con el otro. Si bien La Habana es una vasta urbe de edificios alti-bajos (dícese de aquella ciudad plagada de contrastes donde abundan edificios de distintas formas y alturas que se alternan sin ningún orden aparente), Viñales es la antítesis: armonía pura y dura, una aldea enclavada en plena naturaleza, dominada por campos de tabaco, montañas y casas de mil colores. Y Trinidad… Trinidad es un pueblo encantado, con calles empedradas, plazas enormes y una discoteca metida dentro de una cueva.

Cuba es sorprendente, sobre todo porque la puedes recorrer en diferentes rutas, también es cierto que necesitas tiempo y en nuestro caso como solo disponíamos de diez días tuvimos que ser muy selectivas. Así que nos dejamos llevar por las recomendaciones. Nuestra ruta fue la siguiente: tres días en La Habana, dos en Viñales (con visita al Cayo Jutías), tres días en Trinidad y dos días más en La Habana.

Es fácil desplazarse por Cuba, fácil porque solo tienes una opción: el Viazul, que es el autobús exclusivamente para turistas donde no encontrarás a locales porque ellos viajan en otro autobús más económico que si intentas coger te dirán que no porque no eres cubano (sí, nosotras intentamos hacernos pasar por cubanas para colarnos en el autobús local y pagar el equivalente a 3 euros en CUC, pero finalmente nos pillaron y desterraron al Viazul en el que un viaje de La Habana a Viñales te cuesta unos 12 american dollars).

Una vez en las puertas del Viazul se nos aproximó un hombre con dientes de oro falso y nos dijo así por lo bajini que tenía un “carro cómodo y espacioso que nos llevaría a Viñales por 25 CUC” (son como unos 25 euros), lo que no sabíamos es que nos iba a poner a Luis Miguel y a otros artistas del mismo talante durante todo el recorrido. Total, que por 25 CUC entre las tres merecía la pena soportar el sufrimiento musical, además nos recogían en la puertecita de casa. Pues dijimos que sí, claro. Le dimos un nombre y el teléfono de nuestro alojamiento y así zanjamos la reserva. Todo muy seguro y con garantías (broma). Total que con fe ciega de que ese hombre vendría a por nosotras, nos retiramos a turistear La Habana y mandamos a tomar viento al Viazul.

El taxi ilegal nos recogió a la mañana siguiente –aunque pasamos unos momentos de severa duda porque se retrasó así como 30-45 minutos y ya empezamos a pensar que por supuesto no vendría y tendríamos que coger el Viazul-, y en cosa de unas dos horas y media nos plantamos en Viñales. El taxista nos llevó a unos campos de tabaco en el que pudimos probar los diferentes habanos que producen y aprendimos cosas como que el Che era asmático pero aun así se encasquetaba un puro detrás de otro (eso sí, mojándolos en miel que es bueno para la garganta). Allí en Cuba es típico “mojar” la punta del puro (esta frase suena demasiado mal pero no sé explicarlo mejor) en miel, ron o whisky.

Se me olvidaba mencionar que adoptamos a una vienesa. Solo por aclararlo: a una chica de Viena. Ella viajaba sola y me recordó a mí en Jamaica así que le invitamos a quedarse con nosotras, su nombre es Miriam y habla un perfecto español dominicano porque había vivido en Santo Domingo por no sé cuánto tiempo. Es fabuloso viajar y conocer gente.

El Valle de Viñales, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, es el escenario perfecto para actividades como montar a caballo. De hecho es una de las atracciones turísticas más demandadas, aunque yo particularmente no la recomendaría, el trayecto puede resultar más emocionante y bonito haciendo trekking o paseando tranquilamente por los caminos y senderos de tierra.

El paisaje es impresionante: entre laderas, cerros y ríos. Además hay un lago muy bonito en el que te puedes bañar y una reserva llamada Capón en el que producen café, miel y ron, incluso te explican el proceso y finalmente te dan un chupito de ron, dos si te da un ataque de tos como me pasó a mi (se me olvidaba mencionar que me pasé todas las vacaciones con bronquitis así que la tos fue mi aliada por 10 días).

Situado en el Valle de Dos Hermanas, que a su vez está dentro del Valle de Viñales, está el Mural de la Prehistoria. Es un mural que narra la evolución de los seres vivos, se pueden ver dibujos de los indios guanahatabeyes (indígenas que habitaron en Cuba hasta la colonización europea), así como dibujos de animales y moluscos. El mural está pintado sobre la roca del mogote de Dos Hermanas, previamente la piedra ya había sido pulida y preparada para que su autor, Leovigildo González, dibujara sobre ella. Como dato curioso se pintó con pinceles así que paciencia tuvieron que tener un rato.

Cuando cae la noche la ciudad se transforma, en la calle principal, que es donde están todos los bares y restaurantes, se apelotonan cubanos y turistas para beber y bailar salsa (bueno los turistas lo intentan, lo de bailar, porque en beber están bastante entrenados, así somos).

Como en cada ciudad cubana digna que se precie hay una Casa de la Música, es el templo cubano de la salsa donde la gente mide su talento y eficacia en una modalidad que requiere tener una coordinación que se esfuma tras el segundo cubata de ron, pero por intentarlo que no quede.

Música en directo y espectáculo de baile están asegurados en todos –o casi todos- los bares de Viñales que vive por y para el turismo.  Lugares como Moreno’s Bar, La Casa del Mojito y Cubar ofrecen además happy hours, un fenómeno inventado por el capitalismo occidental que casa a la perfección con el turista americano y europeo que visita Cuba. Porque bueno, al fin y al cabo estamos en el Caribe y a Cuba se va de vacaciones, a tirarse a la bartola en la playa, a beber ron, fumarse un puro y ligarse a un cubano o cubana.

Nos dijeron que cerca de Viñales estaba el Cayo Jutías y que debíamos ir sí o sí. La verdad es que estábamos como locas por ir a la playa así que reservamos un “taxi” entrecomillas. ¿Habéis visto la película de “Cars”? ¿Sabéis cuál es el personaje de “Tow Mate Mater”? Pues así era nuestro taxi. Y paso de entrar en detalles porque nos costó 10 CUC y por ese precio doy gracias a que tuviera ruedas.

Los cayos de Cuba precisamente se encuentran algo alejados de la típica ruta que hacen los turistas, o por lo menos los turistas que optan por no ir a Varadero. Aun así hay varias playas muy bonitas y que cumplen con los requisitos de playa “de ensueño”. Cayo Jutías superó nuestras expectativas, una hermosa playa, no muy larga, interrumpida por un manglar por lo que el paisaje se enrudece a medida que recorres el arenal. El agua cristalina se torna azul turquesa en el horizonte. Chiringuitos, posibilidad de practicar actividades acuáticas y cocos por doquier. La típica playa Caribeña pero no masificada por el turismo de Varadero. Muy recomendable.

Viñales merece la pena por esa dosis de aventura y naturaleza que no encontramos en La Habana o en otras ciudades de Cuba. Aun así es un lugar muy turístico por lo que es muy habitual ver a extranjeros y la población local puede aprovecharse de esta situación exagerando los precios de algunos productos o actividades, esta es una lacra que se vive en todo el Caribe. Aun así, los cubanos se muestran muy sociables y hospitalarios y en ningún caso sentirás que te están estafando. Lo bueno de Cuba es que la sensación de seguridad se extiende hacia todo el territorio, es un país relajado y amable que trata bien a los turistas.

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