Zimbali Retreats, un jardín del Edén en Jamaica

Lo bueno de viajar es toparte en ocasiones con lugares y personas que son todo un regalo para los sentidos. “Viajar es lo único que compras y te hace más rico”, en todos los sentidos en los que una persona puede ser rica.

Hay otra frase: “la gente va y viene pero tú siempre permaneces”, cierta pero no. Mucha gente entra en tu vida para luego salir de ésta, a veces dejan vacíos irremplazables, otras ni si quiera notas su ausencia, pero he de decir que muchas de estas personas no llegan, tocan y se van, se quedan aunque no estén.

Además añado otra frase, que jamás entenderé pero que he escuchado y leído en varias ocasiones: “Allá donde fuiste feliz no debieras volver”. Es como un mal presagio, una negatividad traspuesta a lo supersticioso del no poder ser feliz por segunda vez en ese lugar en el que pasaste tan buenos y maravillosos momentos.

Amo mi trabajo porque me permite estar siempre conectada con esas personas, con esos lugares y esas situaciones que no llegan, tocan y se van. Sino que permanecen.

Os suelto este rollazo en realidad para hablaros de un lugar que tiene magia. Y por supuesto al que pienso volver. Hay un lugar en el mundo, escondido en la selva del paraíso caribeño, el cual no puedo sacar de mi cabeza.

 En el último viaje que hice, uno de mis lugares predilectos de peregrinaje en la vida: Jamaica, tuve ocasión de conocer este lugar, perdido en la selva de Negril, que me cautivó por las buenas vibraciones que trasmitía.

Después de varios días muy intensos visitando hoteles en Montego Bay (para quienes no lo sepan la segunda ciudad de Jamaica después de Kingston y la primera en turismo) nos desplazamos hacia Negril con la promesa truncada de que íbamos a ir por fin a la playa. No sabéis lo que es ir a un paraíso del Caribe y no bañarse en esas aguas turquesas.

Ese día no paró de llover, además se cumplió una de las Leyes de Murphy de los Viajes en toda regla: me vino la regla (valga la redundancia). Este hecho es un bajón importante cuando estás en un destino de playa como lo es Jamaica. Y además no fue una regla tranquila, sino de esas que te atacan con dolor de tripa, cabeza y cuerpo entero. Que me llega a tocar en casa y no salgo de la cama. De hecho por poco no me quedé en el hotel.

Cuando te nombran Negril, si previamente te has informado en Internet como hice yo, lo que esperas encontrar son las playas más bonitas de la isla, Seven Mile Beach es conocida en todo el mundo no solo por su extensión (11 kilómetros de arena brillante, chiringuitos a golpe de reggae y ron y playas tibias y tranquilas). Lo cierto es que durante el trayecto en bus a Negril iba completamente dormida y cuando abrí los ojos y me vi en ese camino de cabras que subían ladera arriba entre frondosa vegetación pensé “vaya, vaya, aquí no hay playa”.

No había playa pero ni falta que hacía. Zimbali Retreats no es un resort de lujo a pie de caribe, ni con piscinas infinity, ni con la barra de bar metida en el agua, que hasta el momento era lo único que yo conocía del paraíso de los resorts jamaicanos (nuevamente no sabéis lo que es visitar hotel tras hotel y que no te dejen ni siquiera meter los pies en la piscina).

Todo cambió cuando entré en ese jardín, pequeño pero caprichoso, y mis oídos detectaron esos ritmos reggae tan de Jamaica, ese olor a vegetación mojada y esa calidez y quietud de las cosas hechas con amor y buen gusto.

Zimbali Retreats es una granja ecológica vestida de madera, un jardín del Edén que eleva a la máxima expresión los colores de la bandera rasta y el culto a Bob Marley. Regentada por una familia rastafari, con animales campando a sus anchas por cada uno de los rincones y lejos del lujo de los resorts, este pequeño paraíso ofrece una auténtica experiencia rastafari con cocina de calidad, platos veganos y habitaciones con vistas a pleno corazón de la selva. Un lugar donde impera la filosofía jamaicana del “one love, one respect”.

El Reggae Bar es una sala de estar que conecta con una terraza en la que observar figuras talladas en madera, tambores, pinturas, escritos y otras manifestaciones culturales. En las estanterías predominan libros sobre yoga, meditación, música y autores de trascendencia filosófica, el ambiente cálido y cómodo que se genera mejora, aún si cabe, con sus vistas.

Un lugar que se ofrece como alternativa al turismo de sol y playa pero que no deja de ser un paraíso alejado del frenético ritmo de las urbes, del tráfico en carretera y de los lujosos resorts. El silencio aquí es un regalo y la experiencia culinaria, también. Cuenta con seis alojamientos distintos, cada uno con su personalidad y decorada al estilo zen, con camas de matrimonio, agua de manantial, libros y porches para relajarse.

La granja ofrece tours gastronómicos para grupos, con ingredientes cien por cien orgánicos cultivados en sus campos. Son cursos de cocina o shows gastronómicos, con visita guiada a la granja y coctel en la terraza a ritmo de reggae. Ellos mismos te muestran los ingredientes que van a usar para elaborar el exquisito menú.

Otras actividades que pueden realizarse son clases de yoga y meditación, cursos para aprender a tocar tambores o senderismo para conocer el entorno rural e interactuar con sus habitantes indígenas cuyo estilo de vida parece sacado de otro tiempo en el que las tecnologías y la modernidad propia del siglo XXI no tienen cabida.

Mi experiencia en Zimbali Retreats es de esas que llegan, tocan y permanecen.

¡Menos mal que no me quedé en el hotel!

Las fotos hablan por sí solas.

| Más info: www.zimbaliretreats.com

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