Japón: un antes y un después

Un país de moda, con una tradición y personalidad muy marcada. Una gastronomía de estrella michelín (y encima, barata). Hogar de templos, de tigres y osos, de cerezos en flor, de las sedas más preciosas y valiosas, del té matcha. Y si te faltan más pistas, solo diré: sushi y samuráis. Japón, irás y querrás volver.

I’m not getting over. Y ya estoy planeando mi siguiente visita aunque haría exactamente lo mismo que la última vez. Japón hay que vivirla dos, o tres, o cuatro veces. O todas las que quieras. El país nipón tiene un potente efecto llamada: 100% querrás volver.

Todo ocurrió el pasado octubre. Una madre que se jubilaba y un viaje en familia en su honor, que hiciera del cierre de esa etapa, un recuerdo memorable. Aunque el destino predilecto apuntaba ser Nueva York, un giro de acontecimientos de última hora nos desvió de esa ruta. La actual situación en el país americano hizo que nos replanteáramos el destino para no caer presos, y nunca mejor dicho, de las irregularidades turísticas del país. Y fue entonces cuando Japón se alzó como el claro ganador de esta aventura que estás a punto de descubrir.

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Ruta por Japón: Osaka, Kioto, Takayama, Hakone y Tokio

Aunque me encanta organizar viajes, en esta ocasión nos pusimos en las buenas manos de la agencia de viajes Pangea. Super recomendable: servicio al cliente cercano, directo y de calidad desde el minuto uno. Nuestro agente, Borja, nos diseñó un recorrido de lo más completo. Inicio en Osaka y finalizando en Tokio, pasando por Kioto y las zonas de montaña de Takayama y Hakone.

Se puede hacer a la inversa: empezando por Tokio y deshaciendo el recorrido hasta finalizar en Osaka. Todo depende de la ciudad de origen y de los vuelos. Nosotros volamos desde Madrid por la mañana haciendo escala en Guangzhou, China. Y tras casi 22 horas de viaje, por fin llegamos a Osaka hacia las cinco de la tarde.

Reventados pero emocionamos, salimos a pasear por las fascinantes calles de la ciudad.

¿Primera parada? Don Quijote, of course. Aquí la menda no había metido en la maleta (adrede) el sagrado skincare porque le habían dicho que en el Donqui se encontraba el paraíso de la cosmética japonesa y corena. ¿Y qué es lo segundo que más me gusta en este mundo después de viajar? Sí, gastar. En skincare.

Primera recomendación del post: allá donde fueres, aplica el taxfree. Vuestras compras lo agradecerán y el bolsillo también. Es una gran diferencia y en muchos comercios os darán esta opción, como en Don Quijote. Recomiendo separar la compra que vayáis a usar durante el viaje, de la que os lleváis a casa como souvenir. Los productos con taxfree se precintan y ya no podrás usarlos hasta tu vuelta a casa.

El Don Quijote, tanto como 7 Eleven, merecen una pequeña pero especial mención en este artículo. Porque sin quererlo, acabaréis aquí en más de una ocasión. Al igual que la tienda Uniqlo.

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Primeras impresiones: Osaka

Osaka, llena eres de gracia, de estímulos y de un ritmo frenético que podrían volver loco de remate a cualquiera.

Perderse por el distrito de Chūō y más concretamente, la calle de Dōtonbori con vistas al río Higashi Yokobori. La ciudad cobra aún más fuerza al caer la noche. Se transforma en un festival de luces y colores gracias a sus carteles luminosos. Acompañado siempre por esa mezcla irresistible de aromas y sabores que emanan de los puestos callejeros.

No puede faltar: la foto en el puente Ebisu, con el cartel de las golosinas Glico de fondo. O comer Takoyaki -o croquetas de pulpo- en alguno de sus puestos callejeros. Son un must en esta primera parada del viaje.

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El Castillo de Osaka también tiene su merecida visita. Con una exposición super interesante en su interior que cuenta la historia del castillo a través de sus más de 10.000 piezas expuestas. Desde figuras y armaduras samuráis, hasta mapas y otros documentos antiguos. Su terraza de 360º te regala unas vistas infinitas a la ciudad.

Hubiera deseado tener más tiempo en Osaka, pero solo disponíamos de día y medio ya que había que poner rumbo a Nara. Seguro que te suena por su Parque Natural con un habitante muy especial: los ciervos.

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Nara y el Santuario Fushimi Inari

Ésta es una excursión de un día, aunque como todo, depende del tiempo que dispongas. Nara fue la primera capital de Japón y guarda la esencia histórica y sagrada del país. Templos, como el Templo Todaji y su gigantesco Buda, o el ya mencionado Parque de Nara, donde los ciervos deambulan con impune libertad. Sacarse una foto con ellos no es nada fácil, pero te ayudará llevar algo de comida para acaparar su atención.

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Agárrate, que vienen curvas en este segundo día por Japón, que fue mi favorito. Tras la visita de Nara, ya hacia la tarde, regreso al bus tras comer en un buffet. Nos dirigimos hacia el icónico Santuario Shintoísta de Fushimi Inari: el templo de los 10,000 toriis. De ahí lo de que “vienen curvas”.

4 kilómetros de toriis, uno detrás del otro, como fichas de dominó. Ubicados a las faldas del monte Inari, por lo que algunos tramos están en pendiente. Un buen ejercicio de cardio, al que, si le sumas los tropecientos turistas, es toda una carrera de obstáculos.

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Como dato curioso, es un lugar de culto a los comerciantes de arroz y cada torii ha sido donado por algún artesano que con este intercambio buscaban la prosperidad en los negocios.

Tras esta excitante y esperada excursión, partimos hacia Kioto. Noche allí y al despertarse, el gran descubrimiento. Porque… Spoiler: Kioto fue mi favorita.

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Kioto, tradición viva

Tradición y Geishas. Un resumen simplista, pero en sí es la esencia de esta ciudad. O más que ciudad, da un poco las vibes de pueblo pintoresco. Aquí no hay imponentes edificios ni neones por todas partes.

En su lugar encontrarás casas bajas, calles estrechas y empedradas ambientadas con una luz muy tenue. Y un mercado que es único: el mercado Nishiki. Zona de más afluencia de la ciudad con el que darás en más de una ocasión.

Recomiendo recorrer el barrio de Pontocho de noche. Por casualidad, dimos con Taiho Ramen Kiyamachi, un local diminuto escondido tras unas cortinas con caracteres japoneses. Frecuentado por locales, con apenas dos mesas y una barra y ni hablar de carta en inglés, aunque ni falta que hacía. Sus dos únicos platos: ramen y gyozas. ¿Qué más se puede pedir? Esta cena me hizo sentir parte de un anime/manga japonés.

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Pero para experiencia culinaria, el festín que nos pegamos en Gyukatsu Kyoto Katsugyu Pontocho Honten, No puedo describir lo que fue esto. Hasta mi madre, que no come carne, se la gozó. Con eso lo digo todo. Ocasión perfecta para probar la típica carne de Wagyu con opción de cocinártela tú mismo en piedra caliente, mezclándola con las diferentes salsas y acompañamientos como arroz, verduras y huevo.

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Otro imperdible es la visita al barrio de Ginza, el de las mismísimas Geishas que al anochecer abandonan sus moradas y se dejan ver por las calles ataviadas por sus tradicionales kimonos.

En Kioto permanecimos un total de dos días y medio, contando con un día libre para descubrir la ciudad a nuestro aire. Recomiendo visitar el Bosque de Bambú de Arashiyama. Se encuentra en Arashiyama y se puede llegar en tren desde Kyoto Station hasta la parada homonima. Una vez allí, una caminata de 15 minutos hasta adentrarte en un bosque de bambú de altura y extensión aparentemente infinitas.

Otros participantes del tour aprovecharon el día libre para visitar Hiroshima y Miyajima, una actividad que puedes añadir al tour y que cuesta alrededor de unos 300€ por persona. En nuestro caso, decidimos descubrir Kioto a nuestro ritmo antes de partir, a la mañana siguiente, hacia los pueblos de posta.

 

Hacia la montaña

Nos internamos en la montaña durante tres días, siguiendo la antigua carretera Nakasendo que une Kioto con Tokio. Cada día revela un paisaje diferente, siempre con el mismo aire rural, con pueblos encantadores donde la madera sostiene cada casita y la paja las cobija de la lluvia que acecha en cada horizonte.

Esta carretera está salpicada principalmente por pueblos de posta, que surgen de la necesidad del viajero de hacer un alto en el camino para reposar y comer algo. Refugios en pleno contacto con la naturaleza que ofrecen al visitante comida caliente y relajantes baños termales más conocidos como Onsen.

Los primeros que visitamos fueron Magome y Tsumago, con hospedería samurái incluida. Otros pueblos de la ruta son Takayama, Shirakawago (Patrimonio de la Humanidad) y finalmente Hakone, Parque Natural desde donde se suponía que veríamos el Monte Fuji, pero no tuvimos esa suerte dadas las terribles condiciones metereológicas.

El recorrido puede ser interesante si se quiere conocer la parte rural y la región más próxima al Fuji. Existen varias retransmisiones online que desvelan el estado del monte las 24 horas del día, así el visitante puede ver si está despejado.

La visita de estos pueblos puede aportar valor al viaje si finamente se consigue ver el Fuji. Pero dada nuestra desafortunada experiencia, (o ley de Murphy de los viajes como lo llamo yo), quizá invertiría esos tres días en conocer más a fondo el resto de ciudades principales del país como Tokio, nuestra siguiente y última parada. Te aseguro que necesitarás al menos cinco días para empaparte bien de esta fascinante y casi extraterrestre urbe.  Son 100% de otro planeta.

El broche final: Tokio

Imagínate mi cara: nada más llegar nos topamos con la Torre de Tokio y, por un instante, dudé si estaba ante un espejismo o frente a la Torre Eiffel de París; pero ese rojo inconfundible la delataba.

A Tokio hemos venido por sus rascacielos y por eso no tardamos ni medio minuto en subirnos a lo alto de la torre para ser testigos de esa primera panorámica de la capital nipona. Qué locura. Y qué grandiosidad.

La grandiosidad de la ciudad poco o nada tiene que ver con los escasos metros cuadrados de las habitaciones de los hoteles. No es casualidad que los hoteles cápsula se hayan popularizado tanto. Las duchas plantean un reto -o deporte de riesgo-, por lo que si se te cae el jabón, dalo por perdido. Ahora, no temas caerte, ya que lo harías de pie. Ese es el nivel.

Más allá de ese detalle, volvamos a la grandiosidad de la ciudad, a la que te sumas o te engulle.

El destino decidió que se cancelara nuestro vuelo de regreso a España y permaneciéramos dos días más en Japón. Lo que nos permitió descubrir con un poco más de calma la ciudad más poblada del mundo: ni más ni menos que 40 millones de habitantes.

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Lo que no te puedes perder

Como actividad estrella, yo que soy fan del matcha, destacaría la ceremonia de té matcha en los jardines Hama Rikyu, un remanso de paz rodeado por altísimos edificios. Armonía y belleza se alinean en un lugar con todos los elementos de los jardines japoneses presentes: el agua, las rocas, la vegetación, islotes, puentes, farolillos y casas de té.

Miegakure es una palabra que define bien la experiencia. Se refiere al efecto de ir descubriendo todos estos elementos uno a uno, poco a poco, como saborear lentamente un té matcha y dejar que el amargo se transforme gradualmente en dulce aroma. Momento introspectivo donde los haya.

Este breve lapsus fue perfecto para escapar momentáneamente de los rápidos estímulos de la ciudad. El ritmo frenético está en cada esquina y recoveco: el barrio Shinjuku y su vigilante Godzilla; el famosísimo cruce de Shibuya (dice la leyenda que me acabo de inventar que cuesta más salir de su metro que de la droga); los lujosos escaparates del barrio de Ginza o la excentricidad de Akihabara, que mezcla tecnología punta y outfits otakus.

Entre tanta modernidad, también hay hueco para lo tradicional con su Templo Asakusa Kannon o el Santuario Meeji.

Últimas compras en Tokio

Haz tiempo también para las compras de última hora: Uniqlo, Onitsuka Tiger, Apple Store, Gu, nuevamente Don Quijota e incluso 7 eleven, para esos snacks que quieras llevarte de vuelta a casa para una cenita entre amigas y les cuelas unas Pringles con sabor wasabi, tandoori o kimchi. No volverán a invitarte.

Y es que, si empiezo a hablar de Tokio, no acabo, por lo que me reservo para otro post. Una ciudad que te deja con sensación agridulce, como sus Pringles. Es el broche final a un viaje que, aunque a todo trapo, recomiendo experimentarlo poco a poco, como un matcha que primero es amargo y termina siendo dulce. Lo que recuerda que, como todo en la vida, el equilibrio está en aceptar tanto la calma, como el caos.

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