Categoría: América

  • Resacón en Bahamas

    Resacón en Bahamas

    Las islas de las Bahamas son un paraíso tropical para amantes de la flora y fauna marina. Una naturaleza muy rica y asombrosa que se extiende en esas más de setecientas islas que componen el archipiélago. También, conocido como un lugar de lujo y exclusividad, donde muchos famosos multimillonarios se retiran a descansar en sus residencias: David Copperfield, Donald Trump, Johnny Deep, Mick Jagger, Eddie Murphy, Oprah… Famosos que no es que posean lujosas mansiones, sino que además son dueños de islas privadas.  

    No puedo recomendar este destino si no tienes la fortuna de alguno de esos famosos. De no ser así, solo se puede disfrutar de las playas públicas y locales y de los chiringuitos a pie de playa, con Bahama Mama y Coco-Locos, bailes y karaokes incluidos. Algo que yo personalmente disfruté mucho, ya que me encanta sumergirme en el estilo de vida local.  

    Viajé a Nassau, capital de Bahamas, en el mes de febrero del año pasado con dos de mis mejores amigas, lo que prometía que iba a ser un viaje lleno de experiencias y risas. Una buena y acertada compañía a la hora de viajar supone el 90% del éxito del viaje.  

    En realidad, no empezamos el viaje con buen pie porque casi nos quedamos en Madrid debido al overbooking del avión. Por suerte, llegamos a Nassau, aunque mi maleta se quedó en Londres y no llegó hasta tres días más tarde a Bahamas (no os podéis imaginar la aventura de compartir ropa con mis amigas y la incertidumbre de si mi maleta llegaría a tiempo para poder ponerme mis “modelitos” de playa). Tuvimos un comienzo muy emocionante, pero ahora no son más que meras anécdotas o como me gusta llamarlo a mi “Ley de Murphy de los Viajes”.  

    Cruceristas y resorts

    ¿Por qué elegimos destino Bahamas si es un lugar tan caro? Esta pregunta tiene fácil respuesta. Skyscanner, nos ofrecía billetes de ida y vuelta a muy buen precio (Unos 500 euros ida y vuelta) y los compramos sin informarnos previamente del turismo que Bahamas ofrecía, cómo de asequible era turistear las islas y si era un lugar que podía ofrecer algún valor añadido más allá del turismo de sol y playa. Así que casi que elegimos un destino a ciegas. Teníamos tantas ganas de viajar y de playa que casi nos dio igual el destino.

    El hotel nos salió bastante asequible también teniendo en cuenta que hablamos de Bahamas (400 euros por persona diez días). Nos alojamos en el Courtyard by Marriott ubicado en frente de la playa más popular de Nassau: Junkanoo Beach, llena de ambiente local, puestecitos de comida, artesanía y chiringuitos donde probar cócteles típicos. El hotel también estaba muy cerca del centro de la ciudad, a unos cinco minutos andando.  

    Bahamas no es un destino de mochileros, ni si quiera un destino para disfrutar de lo local. Este archipiélago vive de los cruceristas que desembarcan diariamente en el puerto de Nassau y que vienen a pasar un día a las islas vírgenes. Bahamas también es un lugar de segundas residencias de adinerados americanos que se retiran a las aguas del Caribe a descansar.  

    Grandes resorts all inclusive se levantan a pie de playa. Resorts como el Gran Hyatt Baha Mar, un ostentoso hotel lleno de lujos en el que nosotras, gracias a algunos contactos que hicimos, pudimos “colarnos” e irnos de fiesta. O el The Royal Atlantis Resort ubicado en Paradise Island, escenario de películas como James Bond. Se trata de un mega complejo turístico con torres, suites, casinos, restaurantes finos y parque acuático incluido.  

    El Royal Atlantis abre algunas zonas para visitantes mientras que otras están restringidas solo para clientes que pueden llegar a pagar entre 400 y 600 euros por noche. Es una excursión interesante porque el complejo hotelero es precioso ya que la arquitectura simula la ciudad sumergida de Atlantis. Para llegar es necesario coger un ferry, y aunque las playas del hotel están cerradas para el uso exclusivo de clientes, las playas adyacentes están abiertas al público y hay posibilidad de reservar hamacas y sombrillas y de tomarse algún que otro cóctel.   

    Paraíso Exumas

    Si Bahamas cuenta con 700 islas, las Exumas, también pertenecientes a Bahamas, cuentan con un total de 360 islas más bien conocidas como «los cayos» y que deslumbran por sus arenales brillantes, aguas cálidas y turquesas. También por su flora marina y su fauna: desde tiburones, hasta mantarrayas, iguanas y cerdos nadadores.  

    George Town es la ciudad principal y se encuentra en Gran Exuma. Es un enclave único para la práctica de innumerables actividades como la vela. En estas aguas se pueden ver lujosos yates. Curioso es surcar el Caribe y ver a lo lejos la silueta de las islas vírgenes o de algunas de las mansiones que se levantan en ellas. Seguro que este paisaje le recuerda a más de uno a las escenas protagonizadas por Johnny Deep y Orlando Bloom en Piratas del Caribe. O alguna que otra heroica hazaña de James Bond.  

    Probablemente, las Exumas, son la actividad estrella en Bahamas. Y tan estrella, que una excursión a un cayo cuesta cerca de unos trescientos euros el paquete más básico. Otras opciones más exclusivas pueden superar los seiscientos euros (y ya ni te digo lo que vale nadar con tiburones o alquilar un barco).

    Nosotras pagamos un total de 285 euros por una excursión completa de ocho horas que incluía desplazamientos en bote, bebidas frías, almuerzo completo (buffet), alimentar a iguanas, tiburones y mantarrayas, snorkel y por último también nadar con cerdos.  

    Investigamos bastante a la hora de reservar esta excursión porque habíamos leído en Internet muchas críticas, sobre todo en lo referente a los cerdos. Los chicos de la agencia con la que realizamos la excursión, criaban y cuidaban a los cerdos en una granja situada en la Exuma.

    Nos sorprendimos muchísimo del tamaño de los cerdos (eran gigantes) y nos divertimos mucho alimentándolos con manzanas. En ningún momento sentí que se acosara a los cerdos, que al mismo tiempo estaban acostumbrados a la presencia humana y ellos mismos se acercaban sin ningún tipo de miedo.

    Los cuidadores estaban pendientes de que todos estuviéramos a salvo y disfrutáramos, tanto visitantes como animales. Pero es responsable por mi parte advertir de que no siempre es así y que hay muchas agencias que pueden aprovecharse de la situación y someter a los animales a un trato injusto, por ello es importante informarnos bien.  

    Un poco de vida local

    Ya sabéis que para mí un viaje no está completo si no me involucro en la vida local. Interaccionar con los bahameños y conocer sus costumbres típicas es mi pasión. Y aunque para conocer lo local hay que irse a las zonas más rurales y alejarse de las playas, aún pudimos conocer algo de la esencia bahameña.  

    Nuestro hotel se encontraba en pleno epicentro de una de las playas más locales y concurridas de la zona: Junkanoo Beach. Los fines de semana la música suena sin parar y la gente local se reúne para bailar, jugar al volley ball, bañarse en el mar o vender artesanías. 

    Nos pasamos las noches probando distintos cócteles en los chiringuitos de la playa y conversamos con algunos bahameños. Hubo noches de karaoke, algo que por mi experiencia viajando alrededor del Caribe, se lleva mucho.  

    El Downtown de Nassau está lleno de arquitectura colonial donde priman los colores vivos. Supermercados, restaurantes de comida caribeña y otros más internacionales como McDonalds o KFC. Tiendas de souvenirs u otras como la de Harley Davidson o Hard Rock Cafe. El local de moda Margaritaville, casinos y bares con “Happy Hour” que anuncian que Nassau es un sitio construido por y para el turismo. 

    Bahamas

    Segura estoy de que en Bahamas se puede encontrar mucha diversión si se viaja con bastantes ahorros y en una época del año más «turística». Dio la casualidad de que viajamos en febrero, un mes de baja ocupación hotelera y crucerista. También la situación del Coronavirus empezaba a emerger en muchos países occidentales y supongo que en menor o mayor medida impactó en nuestro viaje.

    Desde luego, hay muchas islas del Caribe como Cuba o Jamaica que merecen más atención que Bahamas. Este archipiélago no deja de ser un «Resacón en Las Vegas» en mitad del Caribe. Destino estrella para cruceristas, resorts, lunas de miel y despedidas de solter@s.

  • La Habana, una revolución hecha arte

    La Habana, una revolución hecha arte

    Cuba siempre ha sido uno de mis top viajes, desde que era pequeña. Hace poco cumplí mi sueño: viajé al país del ron, de los puros, de la salsa y de la revolución. Una revolución que reside en las calles, en los bares, en los pensamientos y en los corazones cubanos. Cuba es la gran revolución, pero no la del Che o la de Fidel.

    Y hablando de revoluciones, también ha sido la mía desde que vi Dirty Dancing. Suena a tópico, pero esos pasionales bailes entre Patrick Swayze y Jennifer Grey hicieron que perdiera la cabeza por La Habana. Cuba es así, puro ritmo en las venas, pura salsa en las piernas, pura música en el corazón.

    Este viaje ha sido diferente, yo que estoy acostumbrada a los famtrips en los que te programan hasta la hora de ir al baño, embarcarme en un viaje cero organizado y cien por cien aventura, me ha hecho sentirme más viva que nunca. Diez días recorriendo La Habana, Viñales y Trinidad donde llegamos a descubrir lugares que jamás pensaríamos que serían tan especiales y únicos.

    En Cuba, cuando menos te lo esperas, en lugares que tampoco esperas encontrarte, es cuando sucede la magia, cuando de repente te enamoras.  Diez días dan para enamorarse muchas veces y de muchas cosas: de sus gentes, de paisajes aleatorios, de lugares al azar, de cualquier plato de comida o de canciones que suenan en las calles o en los bares.

    Lo más atrayente es que se trata de un país polifacético apto para cualquier tipo de bolsillo. El nuestro –yo viajaba con mis amigas Claudia y Sofi- era bastante limitado, preferíamos gastar dinero en ron que en comida, o en fiestas que en camas donde dormir.

    Free tours por la ciudad

    Para viajes low cost es muy recomendable unirse a uno de los tantos free tours que se ofrecen por Internet para conocer tanto La Habana Vieja, como Centro Habana, el Malecón y otras zonas. Los hay en versión cultural: recorridos por las mañanas para conocer la historia de la ciudad; o versión ocio, rutas por la noche para conocer los bares más reconocidos y en los que además se pueden probar los diferentes y tan típicos cócteles cubanos, que por supuesto incluyen ron y los famosos daiquiris que el señor Hemingway se tomaba en La Floridita, cuenta la leyenda que se tomaba hasta 12 al día y que acababa más doblado que una silla de Ikea.

    Es precisamente de este bar de donde parten los tours por la mañana y el trayecto continúa por el Museo de Bellas Artes, el Parque Central, el prestigioso Hotel Inglaterra (el primero en construirse en Cuba), el Teatro Alicia Alonso que da nombre a una de las mujeres más influyentes de la sociedad cubana que con sus 90 años y su discapacidad visual sigue contribuyendo de manera activa en la promoción cultural y en la conservación arquitectónica de la ciudad.

    Otras paradas imperdibles en el tour son el Capitolio, la Plaza Vieja, la Catedral barroca (integrada en una preciosa plaza cercana a otro de los bares más auténticos: La Bodeguita del Medio, donde probar obligatoriamente los mojitos). El tour, con excelentes explicaciones y curiosas anécdotas que narra el guía, culmina en La Casa del Ron y del Tabaco Cubano, una de las tiendas más típicas para comprar habanos y rones.

    El recorrido dura aproximadamente tres horas y el precio es «la voluntad», nosotras dimos un total de 15 CUC porque nos pareció una actividad muy completa, bonita y que mereció bastante la pena, además nuestro guía fue muy amable y nos contó muchísimas cosas ya no solo históricas, sino artísticas, políticas y de la actualidad cubana.

    Coches antiguos, la atracción estrella

    Una Habana plagada de edificios coloniales, parques con wifi y cafés con encanto. Pisar la Habana es viajar dos veces: a Cuba y al pasado. Como si tu avión despegase en el siglo XXI y aterrizase en el XX.

    Las reliquias americanas de los años 50 que circulan por toda Cuba, también llamados “Almendrones” y que son el símbolo por excelencia del país salpican las calles llenándolas de color. Chevrolet, Ford, Dodge, Plymouth, Packard… Coches que han sobrevivido a Fidel y que son piezas rodantes de museo que traen de vuelta la época de la Guerra Fría y de la Revolución.

    Unos carros que recuerdan diariamente el bloqueo internacional que sufre el país, pero también dan cuenta del talento y creatividad de los cubanos, que hacen de estos coches auténticas joyas. Como diría Danny Zuko –John Travolta- en Grease, son: “coches que podrían ser automáticos, hidromáticos, ultramáticos, podrían ser como un relámpago”. Y así son, coches relámpago que te llevan a todas partes y te hacen disfrutar del trayecto de una forma diferente.

    Los coches en La Habana me fascinaron, quería fotografiarme con cada uno, pero otra de las cosas que me enamoraron fueron todos esos templos artísticos que los cubanos se han apropiado para enaltecer el arte y que hacen que te replantees si estás en La Habana, en plena Latina en Madrid o en Soho en Londres.

    Llena de reivindicaciones

    La música techno resuena en lugares como La Fábrica de Arte Cubano, conocida como FAC, una nave situada en la zona de Miramar, cercana al Malecón, en el que de lunes a lunes, 24/7, suena la música en un ambiente rodeado por graffitis, posters, cuadros, obras de teatro, desfiles de moda, esculturas, proyecciones… La efervescencia cultural es una mina de oro en este lugar, el talento vive en La Habana pero surge en la FAC. Un Ágora donde la gente joven se reúne a beber cerveza, a escuchar música, a conversar, bailar y a conocerse.

    Pudimos ser testigos en la FAC de una obra teatral en la que sus protagonistas, por medio de diálogos y monólogos, criticaban el sistema y afirmaban que la verdadera revolución era haber nacido cubano y tener que vivir ese “aquí y ahora” que los sentenciaba a una vida llena de límites y sueños frustrados. Pero es que sorprendentemente, Cuba está plagado de este tipo de lugares donde las reivindicaciones no encuentran fin. Las frases reivindicativas se van sucediendo como si floreciesen entre los cimientos y el Callejón de Hamel sabe bien de lo que hablo.

    Un lugar poético pero ecléctico y al mismo tiempo donde prima el horror vacui. Un escenario de película, de festivales de salsa, de pasacalles y donde poder degustar una de las bebidas típicas: el bilongo. El mejor momento para dejarse caer por este callejón tan pintoresco son los domingos al medio día cuando los ritmos de los tambores desatan la rumba en las calles y la gente baila y ríe de una manera muy contagiosa.

    El Callejón de Hamel es una calle no muy larga, un poco escondida, ubicada entre las calles de Aramburu y Hospital, en el barrio de Cayo Hueso en Centro Habana, en una zona donde vivieron importantes músicos como Orishas y que hoy aún sigue siendo un centro neurálgico para artistas, músicos e intelectuales.

    También aquí surgió el movimiento del feeling, un género musical cubano de influencia norteamericana que se basa en los sentimientos, el romance, el amor… Melodías tranquilas y letras de carácter trovadoresco. Este callejón es en la actualidad un proyecto cultural comunitario que enaltece la cultura afrocubana y la santería que allá por los años 90 empezó a gestar el pintor y escultor Salvador González Escalona, que vive allí en la actualidad y con el que es posible conversar sobre algunas de sus más brillantes obras.

    El callejón cuenta con varios bares y un paladar (restaurantes de comida cubana, generalmente baratos), pero siendo completamente sincera los precios se escapan del bolsillo y es posible saborear platos cubanos a precios más económicos en otros lugares más privilegiados de La Habana, como en la parte vieja, en el renovado y moderno paladar, El Chanchullero. Un lugar pequeño, que cuenta con varias plantas y una azotea donde degustar otro tipo de delicias: las del skyline de La Habana Vieja.

    De paladares exigentes

    Nos encantó este paladar por su diseño, sus colores y nuevamente por sus frases guerrilleras. Acabamos en este lugar por accidente, porque justo al lado hay un parque con WiFi. Que por cierto, la única forma de conectarse a Internet en Cuba es comprando unas tarjetas en ETECSA (compañía de comunicaciones cubana). Cada tarjeta de una hora de conexión a Internet cuesta 1 CUC y se pueden usar en los parques con WiFi. Es muy fácil reconocer estos parques porque en ellos hay grupos de gente que no levantan la cabeza del móvil ni para coger aire.

    Cuba no es un país para estar pendiente del móvil, es un país para disfrutarlo. Me toca ahora a mí ponerme reivindicativa y es que como sabéis, me gusta conocer la oferta de ocio y turismo, pero también integrarme en la sociedad y me encantó descubrir, en un país que vive de sus limitaciones, de sus bloqueos, de sus rechazos, conocer a tantos espíritus libres, con tantas ganas de vivir, volar, salir… Y es que, como escuché en esa obra teatral en la FAC:

    “Me tocó ser cubano. Y de repente un día ya no podía comer lo que quería o lo que me gusta, sino lo que había. De repente me di cuenta de que ni siquiera era bueno para aprender, porque no pude aprender a callarme. Amo mi tierra y jamás me callaré porque me tocó ser cubano y esa es la gran revolución”

    Dónde dormir

    La opción más aconsejable son las casas particulares que suelen costar unos 10 CUC por persona la noche (las habitaciones rondan los 20-30 CUC). Los cubanos viven del turismo y ofrecen sus casas para que los turistas puedan tener una opción accesible, cómoda y sobre todo local. Algunas de éstas casas particulares ofrecen desayunos por 4 CUC e incluyen café, zumos naturales, frutas, tortilla o huevos, tostadas y a veces bollería variada.

    Dónde comer

    Cuba tiene restaurantes muy turísticos donde los precios pueden rondar la media europea y las comidas se alejan de lo puramente cubano para ofrecer hamburguesas y comida internacional. Para degustar platos típicos y económicos la mejor opción son los Paladares:

    El Chanchullero: este lugar situado en La Habana Vieja resultó ser todo un descubrimiento para nosotras. Comimos de lujo por tan solo 20 CUC (entre tres personas) en un lugar con buena música, buena comida y buen servicio.

    -Café Brown: situado en Centro Habana, un lugar pequeño y coqueto con una carta amplia, variada y barata. Este paladar nos sorprendió por que pudimos degustar platos típicos cubanos como Yuca con Mojo, Ropa Vieja o Frituras de Malanga.

    -Donde Lis, Bar Retaurante: situado en MiramAr, muy cerca de La Casa de la Música. Se trata de un menú más exclusivo, por lo tanto también más caro.

    Qué más hacer

    Hotel Nacional: Es uno de los hoteles más clásicos de Cuba, con más de 87 años de historia. Sus vistas son excepcionales, con unos jardines muy amplios donde disfrutar de panorámicas vistas al Malecón, pero el paisaje aún es mejor desde su azotea, abierta al público a partir de las 10 de la mañana. Pasear por los pasillos del hotel es como sentirse en el Titanic, tan histórico, antiguo y majestuoso.

    -Heladería Coppelia: Es la heladería más famosa de La Habana, conocida como la «Catedral del Helado», se trata la heladería que Fidel mandó construir, se sabe que el comandante tenía ciertos gustos culinarios… Coppelia acoge colas que pueden durar horas solo para conseguir un helado de chocolate (de una sola bola), los precios son de risa, por eso esas colas de hasta cuatro horas… Lo único que no me gustó es que hacen una separación entre locales y turistas que resulta ser bastante discriminatoria (incluso en los precios).

    -El Malecón: pasear por el Malaecón y ver como las olas rompen en los altos muros y te mojan entera es muy gratificante, sobre todo para apaciguar el calor que se respira en la isla durante todo el año.

    -Plaza de la Revolución: una de las plazas más importantes e imperdibles en La Habana, dominada por las fachadas que lucen los rostros del Che Guevara y Camilo Cienfuegos, los dos grandes héroes cubanos de la Revolución.

  • Patagonia chilena o cómo volver a la niñez

    Patagonia chilena o cómo volver a la niñez

    La Patagonia tiene una magia que se contagia –¡vivan las rimas fáciles!- ya tengas 26, 43 o 75 años, el sur de Chile rejuvenece a cualquiera y transporta directamente a esa dulce y entrañable infancia en la que lo más importante es disfrutar y dejarse llevar. Es como si ni siquiera te pararas a pensar: ves un charco y quieres saltar dentro de él, quieres abrazar a cualquier animal que se cruza en tu camino, oler todas las flores y navegar todos los ríos. Las ganas de experimentarlo todo son irreprimibles en un ambiente natural “impagable”, como suelen decir los patagónicos.

    Después de una semana recorriendo el norte de la región de Aysén puedo afirmar que muchas personas necesitan emigrar a esta parte del globo para comprender lo impresionante que es la naturaleza. Nos ha tocado vivir lluvias torrenciales y vientos huracanados. Nos hemos visto obligados a cubrirnos con capas y a cancelar excursiones. Aun así la recompensa de bañarse bajo la lluvia en las aguas termales del volcán Melimoyu o atravesar el río Palena en lancha a motor y sentir como el viento te acaricia la cara –o te la azota, según la perspectiva- son experiencias que provocan que te detengas y recapacites sobre cómo la fuerza salvaje de la naturaleza hace que todo dé un vuelco. La naturaleza está ahí para que tú la respetes, para que tú te adaptes a ella y no al revés, y eso sí que es impagable.

    Los límites de la Patagonia son tan vastos y difusos que es difícil clarificar dónde empieza y dónde termina. El territorio se encuentra bañado por las aguas del Océano Pacífico y surcado por la Cordillera de Los Andes, el conjunto montañoso más grande sobre la tierra. La parte chilena de la Patagonia incluye las regiones de Los Lagos, Aysén, Magallanes y la Antártica Chilena y conecta por el este con la Patagonia Argentina.

    Recorriendo la Carretera Austral de sur a norte

    El recorrido que yo hice fue a través de la región de Aysén que al mismo tiempo divide la ruta en dos: la zona sur y la zona norte, ambas conectadas por la carretera austral que cuenta con un total de 1240 kilómetros de longitud, desde Villa O’Higgins (la parte más al sur) hasta Puerto Montt limítrofe con la Región de los Lagos en la zona norte. En mi caso recorrí la zona norte, atravesando la carretera austral desde el aeropuerto de Balmaceda, pasando por la capital de la región, Coyhaique, hasta La Junta.

    Mi viaje hasta la Patagonia empezó en el aeropuerto internacional Comodoro Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile, desde donde se toma un vuelo pilotado por Latam Airlines que dura aproximadamente dos horas y aterriza en la localidad de Balmaceda. Existen otras rutas marítimas o terrestres pero la más rápida obviamente es la vía aérea.

    Nada más aterrizar un paisaje de extensos prados y montañas te dan la bienvenida. Inmediatamente pusimos rumbo al norte e hicimos una pequeña parada en la capital. Coyhaique cuenta con unos 60 mil habitantes, una ciudad grande en cuyo centro se asienta la Plaza de Armas que es punto de unión de mochileros y ciclistas que se embarcan en la emocionante aventura de atravesar esta tierra plagada de paisajes sin fin. La plaza tiene mucha actividad, con puestos de artesanía local y restaurantes que llenan de vida y ambiente la ciudad.

    Nosotros no nos detuvimos mucho aquí pero sí lo bastante para embriagarnos de ese aire rústico que más tarde descubriríamos con más pasión en otras pequeñas localidades, como La Junta o Puyuhuapi. Coyhaique es popularmente conocida como “la ciudad entre aguas” porque se encuentra entre el Río Simpson y el Río Coyhaique. Aquí hallamos las únicas grandes construcciones de toda la región: el hospital, escuelas superiores y edificios públicos que no pierden su esencia y se encuentran recubiertas por la madera típica que reviste todos y cada uno de los edificios del territorio.

    Continuamos nuestro camino en furgoneta a través de la carretera austral, no sin antes tomar el mate de “la bienvenida, la paz y la hermandad”, ese mate que puede forjar y destrozar amistades, sobre todo si en el grupo hay un argentino que defiende que el mate es argentino y no chileno. Pero apropiaciones culturales aparte… Ese mate fue el principio de una gran aventura. La primera parada, donde íbamos a hacer noche, era La Junta, pequeña localidad a unas cuatro horas al norte de Coyhaique. Antes de llegar nos detuvimos en Villa Mañiguales para probar las famosas empanadas chilenas, un manjar de dioses que harán que repitas: las hay de pollo con queso, de ternera, pescado y también de vegetales. Acompañadas por una rica cerveza artesanal, negra, rubia o roja, da igual cuál sea, el placer está más que asegurado.

    La Junta, nexo de unión entre los ríos Palena y Rosselot

    Por fin llegamos a La Junta y el verde de los prados se torna más intenso. En Balmaceda ya nos habían advertido que “cuanto más al norte, más verde”, difícil de creer porque en ese momento piensas que no existe un verde más intenso, pero compruebas que sí es posible y que recubre toda la superficie de La Junta con una intensidad que incluso te deslumbra, debe ser porque no para de llover, los patagónicos solo tienen 30 días de sol al año.

    La recompensa de llegar al destino y poder degustar comida casera hecha con todo el cariño del mundo en un sitio como Mi Casita de Té, mientras el cuerpo entra en temperatura con chimeneas de leña y la tormenta acecha fuera, es algo impagable, como todo en la Patagonia. “En la Patagonia quien se apura pierde el tiempo”, es el eslogan oficial del territorio, frase que puede leerse en Mi Casita de Té, un encantador lugar regentado por Eliana, una mujer que dedicó parte de su vida, de sus esfuerzos y de sus sueños en ofrecer un espacio acogedor para turistas, visitantes y locales.

    Mi Casita de Té lleva cerca de 25 años ofreciendo una estancia al más puro estilo local. Su apasionada dueña, que habla del negocio y del pueblo con un brillo único en los ojos, abrió primero la cafetería, más tarde el restaurante y por fin cuatro apartamentos para ofrecer alojamiento también. Ahora está construyendo la recepción para brindar una mayor información al visitante que llega desde tierras lejanas.

    Éste es quizá el único lugar de La Junta en el que puedes alojarte y desayunar con el toque mágico de un pan recién horneado y una mermelada y unos postres cien por cien caseros. El resto de residencias que hay en el pueblo ofrecen también estancias muy agradables y los locales mostrarán todos sus esfuerzos en integrarte en la vida local, ya sea a base de degustaciones de cervezas artesanales; catas de Tepaluma, el gin por excelencia de la Patagonia; u otras actividades que tienen más presentes la adrenalina y los altos estados de diversión: trekking, rafting, kayaks, pesca o termas en entornos tan naturales como el lago Rosselot, el río Palena o el Valle Cuarto a cargo de Yagan Expeditions.

    Puyuhuapi, el sur del silencio

    Las lluvias nos acompañaron durante gran parte de la semana por lo que tuvimos que cancelar a última hora una excusión que nos iba a llevar hasta Raúl Marín Balmaceda y en la que íbamos a cruzar la desembocadura del río Palena al Pacífico, caminar entre dunas y avistar la avifauna típica. La crecida del río cambió nuestros planes y nos llevó a descubrir Chaitén, plan improvisado en la región de Los Lagos. Aquí degustamos una fantástica comida en el Restaurante el Volcán, acompañado por vino y sobremesa a base de deliciosos postres y tés de todo tipo.

    En Chaitén, en un punto de la carretera austral, conocemos y vemos con nuestros propios ojos el desastre ocurrido en la Villa Santa Lucía que justo hace un año sufrió un aluvión que provocó el enterramiento de parte de la villa en la que 21 personas perdieron la vida. El paisaje sigue siendo desolador y la fuerza de la naturaleza hace, que una vez más, te detengas y recapacites. Este acontecimiento aislado no impide que vecinos y vecinas detengan sus quehaceres, aunque el pueblo no olvida.

    Fue curioso conocer esta historia en un día en el que la lluvia caía con intensidad, el río había invadido las carreteras y algunos tramos estaban cortados porque caían piedras, troncos y se habían formado cascadas improvisadas sobre el terreno. Por suerte, cuando abandonamos La Junta y tomamos camino hasta Puyuhuapi, el tiempo comenzó a mejorar y nos regaló momentos de sol y cielos medianamente claros. Esta localidad asentada en la comuna de Los Cisnes es famosa por su fiordo homónimo, se encuentra a una hora de La Junta, enclavada entre la costa marina y los picos nevados del Parque nacional Queulat.

    Alemania en la Patagonia

    En el lugar encontramos ciertos asentamientos de colonos alemanes, como la Casa Hopperdietzel, hogar de la familia alemana fundadora de la típica cerveza artesanal que podemos probar en todo el territorio, la cerveza Hopperdietzel. Esta casa fue construida en el año 1938 y supone una de las primeras construcciones realizadas por colonos alemanes en la localidad. Junto a esta casona de cinco niveles se halla la Casa Ludwig, un inmueble declarado Monumento Histórico en el año 2009 y cuyo levantamiento data del año 1953. La edificación, perteneciente también a una de las más importantes familias alemanas asentadas en Puyuhuapi en la primera mitad del siglo veinte, cuenta con un arquitectura que incorpora maderas y materiales locales de la mano de maestros carpinteros chilotes, una auténtica construcción patagónica con identidad alemana y local ubicada en el seno de Puyuhuapi.

    Durante nuestra estancia en la localidad nos alojamos en el Hotel Puyuhuapi Lodge and Spa, del que hablaré más adelante en una entrada particular ya que este lugar lo merece. Como adelanto puedo decir que es uno de los lugares más exclusivos que podemos encontrar en la Patagonia, anclado en la Bahía Dorita a la cual solo se puede acceder cruzando el fiordo en un pequeño barco.

    En el camino hasta el alojamiento se pueden avistar pingüinos y toninas, una vez en tierra la flora se torna asombrosa, a base de gigantescos árboles como Coigües y Tepas, flores como el Lupino o plantas de hojas enormes como la Nalca. Un entorno fabuloso para la práctica del trekking o kayaks y como remate para un día de diez es obligado sumergirse en las termas bañadas por agua de volcán, cascada y del mismísimo Océano Pacífico.

    Este lugar encantado que tiene vetada la entrada a cualquier conexión, ya no solo con el exterior, sino también a Internet, es un completo remanso de paz al sur del silencio. Una forma excelente de acabar nuestra aventura en la parte más austral del mundo. La región de Aysén en la Patagonia chilena es un enorme tesoro para el alma.

    Guía práctica

    ¿Dónde comer?
    –Kofketun: La Junta, Cisnes, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chiles.
    –Restaurante El Volcán: Arturo Prat, Chaiten, Chaitén, Región de los Lagos, Chile.
    –Chelenko Restoran: Horn 47-56, Coyhaique, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile.
    ¿Dónde dormir?
      –Puyuhuapi Lodge & Spa: Bahia Dorita s/n, Cisnes, Chile
    Mi Casita de Té: Cisnes, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile
    Terrazas del Palena: Carretera Austral, La Junta, Chile
  • Port Antonio, belleza natural

    Port Antonio, belleza natural

    La frase que más he escuchado desde que llegué a Jamaica, después del “Jamaica, no problem” es la de: “tienes que ir a Port Antonio”. Tras la insistencia de muchos viajeros y locales a los que he ido conociendo en mi travesía por el país, finalmente he visitado esta magnífica pequeña ciudad al este de la isla.

    Lo que iba a ser una escapada playera ha terminado siendo la más auténtica, mística, espiritual y natural experiencia que he vivido (hasta que por fin visite las Blue Montains). Iba a irme sola a Port Antonio, a disfrutar de la calma y el relax de las playas, pero en el último momento se apuntó mi amiga Janet, mi mami en este viaje. Janet es mi mejor amiga aquí, una mujer inglesa de unos 50 años que bebe ayahuasca, fuma marihuana con pipa, cocina como los mismísimos ángeles y viaja sola, como yo, haciendo Workaway.

    Lo bueno de Jamaica son las casualidades. Visitas un sitio, conoces a alguien que te habla de una fiesta en no sé dónde y en esa fiesta conoces al maravilloso Cleveland, un hombre de unos 50 años, taxista y originario de Port Antonio que nos llevó a rincones espectaculares, rodeados por la naturaleza más abrupta, alejados de la evidencia humana y desconocidos por muchos turistas.

    Port Antonio se encuentra en la parroquia de Portland, a una hora de Kingston y a dos de Ocho Ríos en coche. Nosotras cogimos el autobús local que no es muy cómodo porque viajas con tropecientas mil personas más, pero es la opción barata (500 dólares jamaicanos que son tres euros). Port Antonio es uno de los lugares más turísticos de la isla por su extraordinaria belleza. Blue Lagoon es uno de los lugares más bonitos y también más visitados, eventual escenario de películas debido al intenso azul de sus aguas y a sus misteriosos 55 metros de profundidad.

    La mayoría de las playas son gratis y con muchos bares y chiringuitos locales donde comer auténtico Jerk Chicken y gastronomía jerk en general. Una de las playas que más me gustó fue Winnifred Beach, un arenal completamente de postal, con un rincón rasta muy acogedor regentado por un par de rastafaris que venden marihuana y artesanía hecha a mano.

    Pero lo mejor fue adentrarse en la selva tropical, cruzar el río, atravesar campos de bananos, bread fruit y otros deliciosos frutos que fuimos probando por el camino.

    En Jamaica es posible sobrevivir en la selva sin morirte de hambre, ni de sed, ni por la picadura de un insecto. Lo bueno que tiene este país es que cuenta con grandes virtudes naturales: la flora y fauna es muy rica y diversa. A diferencia de otros lugares, Jamaica no tiene animales peligrosos o venenosos tales como arañas o serpientes. Bien cierto es que la cantidad de mosquitos que hay es abrumadora pero ninguno es portador de malaria. En Jamaica no es necesario vacunarse contra este mosquito, de hecho solo es aconsejable vacunarse si la estancia en la isla va a ser mayor a 30 días.

    El objetivo era llegar, caminando entre la espesa vegetación, junto a la ladera del Río Grande, hasta las Scatter Falls, unas cataratas solo conocidas por locales cuyo paisaje es una premisa de lo que puedes encontrar en las famosas Blue Mountains, situadas muy cerca de Portland.

    Solo es posible llegar hasta estas cataratas con ayuda de un local que conozca el camino. Nosotros fuimos el sábado por la mañana y allí solo había un grupo de seis locales más.

    Es un lugar tranquilo, alejado de la masificación turística, rodeado por una naturaleza asombrosa (con una gran diversidad de frutos, plantas y aves). Un lugar de esos que digo yo que reinician el alma. Compramos unas cervezas y ron Appleton, el típico jamaicano, y echamos la mañana entre aguas puras y vegetación auténtica.

    Aparte de Winnifred Beach, hay una cantidad asombrosa de playas de ambiente local y de acceso completamente gratuito, como Long Beach o Boston Beach.

    Mucha gente dice que los atardeceres en Port Antonio son diferentes al resto que puedas ver en la isla, son especiales, con otro color. No conseguí ver al sol ponerse pero es cierto que cuando la noche empieza a caer el cielo tiene otro color distinto.

    Fue un fin de semana de evasión y relax, pero también de fiesta. Entre tanto dancehall sonando las veinticuatro horas del día en cada club de Jamaica se agradece encontrar en Port Antonio locales de reggae clásico, reggae de los más puros orígenes. Otra de las cosas que me gustan del ocio nocturno en Jamaica es que no entiende de edades y puedes conocer a gente, tanto local como foránea, de cualquier rango de edad.

    Como decía al principio fue una escapada muy mística, de descubrir la auténtica Jamaica y todo gracias a Cleveland. Fue una suerte encontrar y conocer a este maravilloso hombre cuya vida no ha sido nada fácil, separado de su mujer, con un hijo fallecido a la edad de 16 años y sobreviviendo como taxista en un país que vive por y para el turismo (sobre todo en las zonas costeras).

    En la mayoría de los casos el dinero que entra en la casa de un jamaicano depende de los turistas por lo que Cleveland tuvo suerte de que nos conociéramos en esa fiesta de ‘old reggae’, pero más suerte tuvimos nosotras de toparnos con él y conocer Port Antonio en su más puro estado.

    ¿Dónde comer?
    -Restaurante Anna Bananas, situado en la carretera principal de Port Antonio. Comida local, buen ambiente y con una carta variada, sobre todo pescados.
    ¿Dónde dormir?
    -Nos alojamos en una guest house llamada Chocolate Dreams que encontramos por Airbnb, 40 euros la noche, situada en una urbanización con casas muy pintorescas. La dueña de la casa es una mujer alemana que reside actualmente en Port Antonio. La casa tiene cocina para compartir, jardín y una sala de estar con objetos e instrumentos musicales curiosos. Decorado al estilo zen, con libros sobre yoga y meditación, un lugar con muy buena vibra.
  • Bob Marley’s Birthday en la Seven Mile Beach de Negril

    Bob Marley’s Birthday en la Seven Mile Beach de Negril

    El aniversario de Bob Marley (6 de febrero) no dura un día, sino todo el mes entero. Aprovechando que para los isleños este acontecimiento es un día importante marcado en el calendario y coincidiendo que tenía dos días libres decidí irme a Negril con un amigo. La mejor decisión de la historia, aunque me arruiné un poco el bolsillo.

    Negril no es Jamaica. Quiero empezar por ahí. O sea, es Jamaica pero no lo parece por el hecho de la gran cantidad de turistas que hay en la zona. Sea el mes que sea, la estación que sea, la hora que sea, levantes la piedra que sea, te encuentras con un turista.

    Negril es un cuento aparte, la ciudad más turística de la isla, cada noche una fiesta y por las mañanas 11 kilómetros de playa con bares, restaurantes, tiendas y demás ocio playero. Es por este motivo que los precios son más altos y yo que estoy acostumbrada a pagar en mi pequeña Ochi por coger un taxi 120 dólares jamaicanos (0,70 céntimos de euro) me creía que el taxista me estaba timando cuando me pedía 500 (3,20 euros).

    Yo prefiero moverme entre arenas locales y sumergirme en la autenticidad propia de la isla, pero he de decir que me divertí mucho porque la ciudad está viva las 24 horas del día. En realidad el pretexto para ir a Negril fue el concierto del artista jamaicano Sizzla Kalonji que actuaba en el Bob Marley Birthday Bash Festival, que se celebra todos los años en la Seven Mile, la playa más larga de la isla.

    Para llegar hasta Negril la mejor opción es Knutsford Express que es un autobús que recorre la costa norte desde Kingston, pasando por Port Antonio, Ocho Ríos, Falmouth, Montego Bay y  finalmente Negril. De Ocho Ríos a Negril el precio son 2,700 dólares jamaicanos (17 euros) y tarda unas dos horas en llegar.

    Hay cosas que solo pueden pasar en Jamaica, de eso estoy segura: por ahora he visto cosas muy bomboclat. A una tía caminando desnuda por la calle (ole sus ovarios), un sábado noche jugando al bingo (apostando con piedras) con completos desconocidos o asistir al concierto de Sizzla con barra libre de marihuana. Este video que cuelgo a continuación no tiene desperdicio. Pero esto es Jamaica y yo la quiero tal como es.

    Fui a Negril para dos días con mi amigo Dani (asturiano perdido por Jamaica, como yo). Cada uno reservó su habitación en una guest house que booking.com nos pintó muy barata y limpia (esto es lo más importante, si no hay amenities o si las sábanas no van a juego con las cortinas no importa).

    Llegamos al lugar y nuestras reservas se habían cancelado misteriosamente así que nos cambiaron de guest house con una única habitación disponible por lo que tuvimos que compartir durante dos días una cama en la que a mí se me salían los pies (mi altura es 1’60, el dato es importante). A pesar del hacinamiento en cama, el lugar es encantador, lo regentan dos mujeres de procedencia india y fueron buenas anfitrionas (el sitio en cuestión es Natalie’s Rooms y pagamos 40 dólares por dos noches).

    Me gustó el sitio porque para tratarse de Negril es económico y la zona es muy alegre, muchos bares alrededor y el famoso Rick’s Café a solo cinco minutos andando. Los locales que viven alrededor son gente muy social, muy acostumbrados a tratar con turistas y los taxis circulan durante todo el día por la zona. La ciudad también está muy cerca, a cinco minutos en route taxi. Y la playa…

    Yo soy de las que se ponen los cascos y echan a andar sin rumbo ni dirección y para mí la Seven Mile fue un magnífico regalo. Siete millas u once kilómetros de playa ante mis pies. No la recorrí entera porque me entró hambre, pero estuve a punto. Además es el agua más azul que he visto en toda Jamaica con bares y restaurantes de todo tipo donde comer Jerk Chicken, pollo frito, Akee, pescado fresco o el típico sándwich mixto de toda la vida. Ojo al dato con los pancakes. Me hice muy fan, fue el desayuno estrella durante mi estancia en Negril.

    Otro lugar del que había escuchado hablar mucho y que me habían recomendado visitar es el Rick’s Café, famoso por estar situado en lo alto de unos acantilados desde los que te puedes lanzar al mar. No solo por eso es famoso, sino también por sus atardeceres, de los más bonitos que hay en Jamaica. El lugar es perfecto para ir por la tarde cuando la música suena, la cerveza está fría y el sol se pone.

    Y el ocio nocturno, poco o nada tiene que ver que coincidiera con el cumpleaños de Bob Marley (aunque gracias a ello pude asistir al concierto de Sizzla), pero con tributo al dios del reggae o no, la fiesta en Negril está asegurada.

    Fue una estancia breve pero instensa, de esas en las que te subes al autobús y te quedas grogui. Negril es el Ibiza español, por su turismo de playa, sus tiendecitas bohemias, por sus fiestas nocturnas y sí, también por sus precios.

  • Blue Hole en Ocho Ríos, una excursión que reinicia el alma

    Blue Hole en Ocho Ríos, una excursión que reinicia el alma

    Lo que más me gusta de Jamaica, salvaje como ella sola, es su combinación de playa y naturaleza. Escarbando entre caminos a veces demasiado hostiles (aquí lo de asfaltar carreteras no se estila mucho), de pronto puedes encontrarte pequeños paraísos sumidos en la calma y quietud de una isla que lo tiene todo. Todo menos carreteras asfaltadas, pero no problem, esto es Jamaica (para todo aquello inusual o extraordinario, ya sea bueno o malo, los jamaicanos se excusan siempre con “no problem, this is Jamaica”).

    No todo el lujo jamaiquino se encuentra en los resorts, sino en el don de transformar una experiencia en un momento único. Los paisajes conceden esta oportunidad de pararse a respirar y resetear la mente. Ocho Ríos está plagada de rincones para reiniciar el alma.

    La pequeña ciudad, ubicada en la parroquia de Sant Ant, es para algunos la ciudad más cultural de la isla, además resulta ser un lugar de antalogía histórica, no solo por ser ciudad de tradición pesquera, sino también porque se cree que este fue el primer territorio que pisó Cristóbal Colón cuando llegó a la isla. Su mercado es exquisito, en el que puedes pasear y evadirte por horas. Los jamaiquinos son gente muy charlatana y todos tratarán de conversar contigo, a menudo para venderte algún producto y otras veces solo interesados en saber acerca de tus experiencias en la isla.

    Rincones para reiniciar el alma hay muchos en la ciudad, de esos que embelesan y enamoran. Quizá las playas no son las más largas ni las más azules pero también ofrecen esos momentos de ensimismamiento dignos de recordar. La fuerza del agua en Ocho Ríos ha dibujado un paisaje extraordinario en los albores de la ciudad, tal como las atracciones de Blue Hole o Konoko Falls de Dunn’s River. Lo mejor de todo es que se pueden disfrutar de la manera más saludable y divertida: escalándolas, bañándose en sus aguas e incluso saltando desde las rocas. Una excursión para disfrutar como niños.

    Por decantarme elijo Blue Hole ya que es una excursión más larga y más intensa cuyo punto clave culmina en un pequeño agujero de aguas más azules que el mismo Caribe. Blue Hole es una sucesión de cascadas, caminos, cuestas y vegetación espesa que se multiplica a ambas laderas del río. Hay dos formas de hacer el recorrido, contratando un guía conocedor sumun del terreno que presta su ayuda para subir, trepar y bajar entre las rocas y caminos (es asombroso observar a los guías trepar las cascadas y lanzándose en picado desde lo más alto), o bien, si eres aventurera como yo, puedes hacerlo por libre (aunque yo no escalo cascadas, todo hay que decirlo).

    Realmente me aventuré a hacer la excursión sola porque iba acompañada por dos amigos, mi amigo Omar de Australia y Akeel de Trinidad y Tobago. Admito que en algunos tramos es necesaria ayuda de una mano ajena, no es que sea un trayecto duro pero en ocasiones debes usar una cuerda o mojarte de pies a cabeza para ascender de nivel. Si se realiza esta excursión con niños es conveniente contratar a un guía, como decía son excelentes escaladores y además ofrecen chaleco salvavidas y zapatos adecuados para no resbalar.

    Con sus subidas y bajadas, sus terrenos resbaladizos y las corrientes de agua, es una escapada que merece completamente la pena si te gusta el ejercicio y los parajes naturales. La naturaleza allí es asombrosa, con animales campando a sus anchas y se pueden avistar especies de pájaros, insectos y plantas tropicales.

    Para llegar a Blue Hole hay que coger un taxi, está a unos veinte minutos conduciendo desde la ciudad de Ocho Ríos y el trayecto sube entre montañas y caminos nuevamente no asfaltados. Nosotros cogimos route taxi porque es la opción barata, unos 400 dólares jamaicanos que es el equivalente, más o menos a tres euros o dólares americanos. Coger otro taxi cualquiera puede fácilmente costar unos 20 dólares americanos así que merece la pena compartir un route taxi.

    Una vez en Blue Hole la entrada cuesta 15 dólares americanos y contratar un guía ronda entre 50 y 70 dólares. Personalmente me gustó hacer la excursión por libre, puedes tomártelo con calma ya que no hay un limite de tiempo para permanecer en el lugar y es magnífico sentarse en una roca a observar las cascadas y el flujo del río sin prisas y saltar desde las rocas, nadar tranquilamente, tomarte una cerveza bien fría o pasear, perderse y comprar regalos. Muy recomendable el uso de escarpines para poder recorrer con más facilidad algunos tramos. Allí mismo pueden alquilarse por 500 dólares jamaicanos.

    Lo que más me gusta de este enclave es su poco arraigo comercial, apenas hay un bar donde hacer un pequeño break para degustar cócteles y cervezas típicas de la isla (Red Stripe y Dragon) y un par de pequeñas tiendas artesanales en las que comprar recuerdos, cuadros y artesanía hechos y pintados a mano. Además es muy agradable conversar con los tenderos. A pesar de ser una de las atracciones más demandadas en la ciudad no está a rebosar de turistas, esto es porque Ocho Ríos no es una ciudad turística en sí, lo es por el hecho de que es parada de cruceros, los cruceristas llegan por la mañana y regresan al barco a medio día, pero en días en los que los cruceros no atracan es posible no avistar a esa extraña especie colonizadora denominada turista (yo formo parte de ese clan). Por lo que depende de la época del año Blue Hole no está masificado como otras atracciones turísticas, tales como las playas.

    ¿Qué necesitas para visitar Blue Hole?

    Bañador, zapatos adecuados que puedan mojarse (allí se pueden alquilar), toalla y cámara.

    ¿Cómo llegar?

    Puedes tomar route taxi desde la ciudad de Ocho Ríos (2,5 euros) o bien contratar un taxi personal (unos 20 o 30 euros). Desde Ocho Ríos hasta Blue Hole son 20 minutos, desde Falmouth una hora y desde Montego Bay dos horas aproximadamente.

    ¿Dónde comer?

    Dentro del enclave natural no es posible comer, solo hay un bar que sirve snacks y bebidas frías, pero saliendo a la carretera hay restaurantes típicos jamaicanos y puestos a pie de calle donde comer el plato estrella: Jerk Chicken.

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