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  • Resacón en Bahamas

    Resacón en Bahamas

    Las islas de las Bahamas son un paraíso tropical para amantes de la flora y fauna marina. Una naturaleza muy rica y asombrosa que se extiende en esas más de setecientas islas que componen el archipiélago. También, conocido como un lugar de lujo y exclusividad, donde muchos famosos multimillonarios se retiran a descansar en sus residencias: David Copperfield, Donald Trump, Johnny Deep, Mick Jagger, Eddie Murphy, Oprah… Famosos que no es que posean lujosas mansiones, sino que además son dueños de islas privadas.  

    No puedo recomendar este destino si no tienes la fortuna de alguno de esos famosos. De no ser así, solo se puede disfrutar de las playas públicas y locales y de los chiringuitos a pie de playa, con Bahama Mama y Coco-Locos, bailes y karaokes incluidos. Algo que yo personalmente disfruté mucho, ya que me encanta sumergirme en el estilo de vida local.  

    Viajé a Nassau, capital de Bahamas, en el mes de febrero del año pasado con dos de mis mejores amigas, lo que prometía que iba a ser un viaje lleno de experiencias y risas. Una buena y acertada compañía a la hora de viajar supone el 90% del éxito del viaje.  

    En realidad, no empezamos el viaje con buen pie porque casi nos quedamos en Madrid debido al overbooking del avión. Por suerte, llegamos a Nassau, aunque mi maleta se quedó en Londres y no llegó hasta tres días más tarde a Bahamas (no os podéis imaginar la aventura de compartir ropa con mis amigas y la incertidumbre de si mi maleta llegaría a tiempo para poder ponerme mis “modelitos” de playa). Tuvimos un comienzo muy emocionante, pero ahora no son más que meras anécdotas o como me gusta llamarlo a mi “Ley de Murphy de los Viajes”.  

    Cruceristas y resorts

    ¿Por qué elegimos destino Bahamas si es un lugar tan caro? Esta pregunta tiene fácil respuesta. Skyscanner, nos ofrecía billetes de ida y vuelta a muy buen precio (Unos 500 euros ida y vuelta) y los compramos sin informarnos previamente del turismo que Bahamas ofrecía, cómo de asequible era turistear las islas y si era un lugar que podía ofrecer algún valor añadido más allá del turismo de sol y playa. Así que casi que elegimos un destino a ciegas. Teníamos tantas ganas de viajar y de playa que casi nos dio igual el destino.

    El hotel nos salió bastante asequible también teniendo en cuenta que hablamos de Bahamas (400 euros por persona diez días). Nos alojamos en el Courtyard by Marriott ubicado en frente de la playa más popular de Nassau: Junkanoo Beach, llena de ambiente local, puestecitos de comida, artesanía y chiringuitos donde probar cócteles típicos. El hotel también estaba muy cerca del centro de la ciudad, a unos cinco minutos andando.  

    Bahamas no es un destino de mochileros, ni si quiera un destino para disfrutar de lo local. Este archipiélago vive de los cruceristas que desembarcan diariamente en el puerto de Nassau y que vienen a pasar un día a las islas vírgenes. Bahamas también es un lugar de segundas residencias de adinerados americanos que se retiran a las aguas del Caribe a descansar.  

    Grandes resorts all inclusive se levantan a pie de playa. Resorts como el Gran Hyatt Baha Mar, un ostentoso hotel lleno de lujos en el que nosotras, gracias a algunos contactos que hicimos, pudimos “colarnos” e irnos de fiesta. O el The Royal Atlantis Resort ubicado en Paradise Island, escenario de películas como James Bond. Se trata de un mega complejo turístico con torres, suites, casinos, restaurantes finos y parque acuático incluido.  

    El Royal Atlantis abre algunas zonas para visitantes mientras que otras están restringidas solo para clientes que pueden llegar a pagar entre 400 y 600 euros por noche. Es una excursión interesante porque el complejo hotelero es precioso ya que la arquitectura simula la ciudad sumergida de Atlantis. Para llegar es necesario coger un ferry, y aunque las playas del hotel están cerradas para el uso exclusivo de clientes, las playas adyacentes están abiertas al público y hay posibilidad de reservar hamacas y sombrillas y de tomarse algún que otro cóctel.   

    Paraíso Exumas

    Si Bahamas cuenta con 700 islas, las Exumas, también pertenecientes a Bahamas, cuentan con un total de 360 islas más bien conocidas como «los cayos» y que deslumbran por sus arenales brillantes, aguas cálidas y turquesas. También por su flora marina y su fauna: desde tiburones, hasta mantarrayas, iguanas y cerdos nadadores.  

    George Town es la ciudad principal y se encuentra en Gran Exuma. Es un enclave único para la práctica de innumerables actividades como la vela. En estas aguas se pueden ver lujosos yates. Curioso es surcar el Caribe y ver a lo lejos la silueta de las islas vírgenes o de algunas de las mansiones que se levantan en ellas. Seguro que este paisaje le recuerda a más de uno a las escenas protagonizadas por Johnny Deep y Orlando Bloom en Piratas del Caribe. O alguna que otra heroica hazaña de James Bond.  

    Probablemente, las Exumas, son la actividad estrella en Bahamas. Y tan estrella, que una excursión a un cayo cuesta cerca de unos trescientos euros el paquete más básico. Otras opciones más exclusivas pueden superar los seiscientos euros (y ya ni te digo lo que vale nadar con tiburones o alquilar un barco).

    Nosotras pagamos un total de 285 euros por una excursión completa de ocho horas que incluía desplazamientos en bote, bebidas frías, almuerzo completo (buffet), alimentar a iguanas, tiburones y mantarrayas, snorkel y por último también nadar con cerdos.  

    Investigamos bastante a la hora de reservar esta excursión porque habíamos leído en Internet muchas críticas, sobre todo en lo referente a los cerdos. Los chicos de la agencia con la que realizamos la excursión, criaban y cuidaban a los cerdos en una granja situada en la Exuma.

    Nos sorprendimos muchísimo del tamaño de los cerdos (eran gigantes) y nos divertimos mucho alimentándolos con manzanas. En ningún momento sentí que se acosara a los cerdos, que al mismo tiempo estaban acostumbrados a la presencia humana y ellos mismos se acercaban sin ningún tipo de miedo.

    Los cuidadores estaban pendientes de que todos estuviéramos a salvo y disfrutáramos, tanto visitantes como animales. Pero es responsable por mi parte advertir de que no siempre es así y que hay muchas agencias que pueden aprovecharse de la situación y someter a los animales a un trato injusto, por ello es importante informarnos bien.  

    Un poco de vida local

    Ya sabéis que para mí un viaje no está completo si no me involucro en la vida local. Interaccionar con los bahameños y conocer sus costumbres típicas es mi pasión. Y aunque para conocer lo local hay que irse a las zonas más rurales y alejarse de las playas, aún pudimos conocer algo de la esencia bahameña.  

    Nuestro hotel se encontraba en pleno epicentro de una de las playas más locales y concurridas de la zona: Junkanoo Beach. Los fines de semana la música suena sin parar y la gente local se reúne para bailar, jugar al volley ball, bañarse en el mar o vender artesanías. 

    Nos pasamos las noches probando distintos cócteles en los chiringuitos de la playa y conversamos con algunos bahameños. Hubo noches de karaoke, algo que por mi experiencia viajando alrededor del Caribe, se lleva mucho.  

    El Downtown de Nassau está lleno de arquitectura colonial donde priman los colores vivos. Supermercados, restaurantes de comida caribeña y otros más internacionales como McDonalds o KFC. Tiendas de souvenirs u otras como la de Harley Davidson o Hard Rock Cafe. El local de moda Margaritaville, casinos y bares con “Happy Hour” que anuncian que Nassau es un sitio construido por y para el turismo. 

    Bahamas

    Segura estoy de que en Bahamas se puede encontrar mucha diversión si se viaja con bastantes ahorros y en una época del año más «turística». Dio la casualidad de que viajamos en febrero, un mes de baja ocupación hotelera y crucerista. También la situación del Coronavirus empezaba a emerger en muchos países occidentales y supongo que en menor o mayor medida impactó en nuestro viaje.

    Desde luego, hay muchas islas del Caribe como Cuba o Jamaica que merecen más atención que Bahamas. Este archipiélago no deja de ser un «Resacón en Las Vegas» en mitad del Caribe. Destino estrella para cruceristas, resorts, lunas de miel y despedidas de solter@s.

  • Viñales: entre campos de habanos y chupitos de ron

    Viñales: entre campos de habanos y chupitos de ron

    En post anteriores hablaba de lo maravillosamente embaucadora que es La Habana, pero es que este efecto se extiende por todo el territorio, y sino todo el territorio -porque no llegué a visitar todas las ciudades y pueblos de Cuba-, por lo menos puedo afirmar que Viñales y Trinidad tienen la misma capacidad de enamorar.

    Todo hay que decirlo, nada tiene que ver un lugar con el otro. Si bien La Habana es una vasta urbe de edificios alti-bajos (dícese de aquella ciudad plagada de contrastes donde abundan edificios de distintas formas y alturas que se alternan sin ningún orden aparente), Viñales es la antítesis: armonía pura y dura, una aldea enclavada en plena naturaleza, dominada por campos de tabaco, montañas y casas de mil colores. Y Trinidad… Trinidad es un pueblo encantado, con calles empedradas, plazas enormes y una discoteca metida dentro de una cueva.

    Cuba es sorprendente, sobre todo porque la puedes recorrer en diferentes rutas, también es cierto que necesitas tiempo y en nuestro caso como solo disponíamos de diez días tuvimos que ser muy selectivas. Así que nos dejamos llevar por las recomendaciones. Nuestra ruta fue la siguiente: tres días en La Habana, dos en Viñales (con visita al Cayo Jutías), tres días en Trinidad y dos días más en La Habana.

    Es fácil desplazarse por Cuba, fácil porque solo tienes una opción: el Viazul, que es el autobús exclusivamente para turistas donde no encontrarás a locales porque ellos viajan en otro autobús más económico que si intentas coger te dirán que no porque no eres cubano (sí, nosotras intentamos hacernos pasar por cubanas para colarnos en el autobús local y pagar el equivalente a 3 euros en CUC, pero finalmente nos pillaron y desterraron al Viazul en el que un viaje de La Habana a Viñales te cuesta unos 12 american dollars).

    Caminito a Viñales

    Una vez en las puertas del Viazul se nos aproximó un hombre con dientes de oro falso y nos dijo así por lo bajini que tenía un “carro cómodo y espacioso que nos llevaría a Viñales por 25 CUC» (son como unos 25 euros), lo que no sabíamos es que nos iba a poner a Luis Miguel y a otros artistas del mismo talante durante todo el recorrido.

    Total, que por 25 CUC entre las tres merecía la pena soportar el sufrimiento musical, además nos recogían en la puertecita de casa. Pues dijimos que sí, claro. Le dimos un nombre y el teléfono de nuestro alojamiento y así zanjamos la reserva. Todo muy seguro y con garantías (ironía).

    El taxi ilegal nos recogió a la mañana siguientes. Aunque pasamos unos momentos de severa duda porque se retrasó así como 30-45 minutos y ya empezamos a pensar que por supuesto no vendría y tendríamos que coger el Viazul.

    Campos de tabaco y muros prehistóricos

    En cosa de unas dos horas y media nos plantamos en Viñales. El taxista nos llevó a unos campos de tabaco en el que pudimos probar los diferentes habanos que producen y aprendimos cosas como que el Che era asmático pero aun así se encasquetaba un puro detrás de otro (eso sí, mojándolos en miel que es bueno para la garganta). Allí en Cuba es típico “mojar” la punta del puro (esta frase suena demasiado mal pero no sé explicarlo mejor) en miel, ron o whisky.

    Se me olvidaba mencionar que adoptamos a una vienesa. Solo por aclararlo: a una chica de Viena. Ella viajaba sola y me recordó a mí en Jamaica así que le invitamos a quedarse con nosotras, su nombre es Miriam y habla un perfecto español dominicano porque había vivido en Santo Domingo por no sé cuánto tiempo. Es fabuloso viajar y conocer gente.

    El Valle de Viñales, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, es el escenario perfecto para actividades como montar a caballo. De hecho es una de las atracciones turísticas más demandadas, aunque yo particularmente no la recomendaría, el trayecto puede resultar más emocionante y bonito haciendo trekking o paseando tranquilamente por los caminos y senderos de tierra.

    El paisaje es impresionante: entre laderas, cerros y ríos. Además hay un lago muy bonito en el que te puedes bañar y una reserva llamada Capón en el que producen café, miel y ron, incluso te explican el proceso y finalmente te dan un chupito de ron, dos si te da un ataque de tos como me pasó a mi (se me olvidaba mencionar que me pasé todas las vacaciones con bronquitis así que la tos fue mi aliada por 10 días).

    Situado en el Valle de Dos Hermanas, que a su vez está dentro del Valle de Viñales, está el Mural de la Prehistoria. Es un mural que narra la evolución de los seres vivos, se pueden ver dibujos de los indios guanahatabeyes (indígenas que habitaron en Cuba hasta la colonización europea), así como dibujos de animales y moluscos.

    El mural está pintado sobre la roca del mogote de Dos Hermanas, previamente la piedra ya había sido pulida y preparada para que su autor, Leovigildo González, dibujara sobre ella. Como dato curioso se pintó con pinceles así que paciencia tuvieron que tener un rato.

    La noche cubana

    Cuando cae la noche la ciudad se transforma, en la calle principal, que es donde están todos los bares y restaurantes, se apelotonan cubanos y turistas para beber y bailar salsa (bueno los turistas lo intentan, lo de bailar, porque en beber están bastante entrenados, así somos).

    Como en cada ciudad cubana digna que se precie hay una Casa de la Música, es el templo cubano de la salsa donde la gente mide su talento y eficacia en una modalidad que requiere tener una coordinación que se esfuma tras el segundo cubata de ron, pero por intentarlo que no quede.

    Música en directo y espectáculo de baile están asegurados en todos –o casi todos- los bares de Viñales que vive por y para el turismo.  Lugares como Moreno’s Bar, La Casa del Mojito y Cubar ofrecen además happy hours, un fenómeno inventado por el capitalismo occidental que casa a la perfección con el turista americano y europeo que visita Cuba.

    Al fin y al cabo estamos en el Caribe y a Cuba se va de vacaciones, a tirarse a la bartola en la playa, a beber ron, fumarse un puro y sí, también a ligar.

    Tranquilidad y agua de coco

    Nos dijeron que cerca de Viñales estaba el Cayo Jutías y que debíamos ir sí o sí. La verdad es que estábamos como locas por ir a la playa así que reservamos un “taxi” entrecomillas. ¿Habéis visto la película de “Cars”? ¿Sabéis cuál es el personaje de “Tow Mate Mater”? Pues así era nuestro taxi. Y paso de entrar en detalles porque nos costó 10 CUC y por ese precio doy gracias a que tuviera ruedas.

    Los cayos de Cuba precisamente se encuentran algo alejados de la típica ruta que hacen los turistas, o por lo menos los turistas que optan por no ir a Varadero. Aun así hay varias playas muy bonitas y que cumplen con los requisitos de playa “de ensueño”.

    Cayo Jutías superó nuestras expectativas, una hermosa playa, no muy larga, interrumpida por un manglar por lo que el paisaje se enrudece a medida que recorres el arenal. El agua cristalina se torna azul turquesa en el horizonte. Chiringuitos, posibilidad de practicar actividades acuáticas y cocos por doquier. La típica playa Caribeña pero no masificada por el turismo de Varadero. Muy recomendable.

    Viñales merece la pena por esa dosis de aventura y naturaleza que no encontramos en La Habana o en otras ciudades de Cuba. Aun así es un lugar muy turístico por lo que es muy habitual ver a extranjeros y la población local puede aprovecharse de esta situación exagerando los precios de algunos productos o actividades, esta es una lacra que se vive en todo el Caribe.

    Los cubanos se muestran muy sociables y hospitalarios y en ningún caso sentirás que te están estafando. Lo bueno de Cuba es que la sensación de seguridad se extiende hacia todo el territorio, es un país relajado y amable que trata bien a los turistas.

  • La Habana, una revolución hecha arte

    La Habana, una revolución hecha arte

    Cuba siempre ha sido uno de mis top viajes, desde que era pequeña. Hace poco cumplí mi sueño: viajé al país del ron, de los puros, de la salsa y de la revolución. Una revolución que reside en las calles, en los bares, en los pensamientos y en los corazones cubanos. Cuba es la gran revolución, pero no la del Che o la de Fidel.

    Y hablando de revoluciones, también ha sido la mía desde que vi Dirty Dancing. Suena a tópico, pero esos pasionales bailes entre Patrick Swayze y Jennifer Grey hicieron que perdiera la cabeza por La Habana. Cuba es así, puro ritmo en las venas, pura salsa en las piernas, pura música en el corazón.

    Este viaje ha sido diferente, yo que estoy acostumbrada a los famtrips en los que te programan hasta la hora de ir al baño, embarcarme en un viaje cero organizado y cien por cien aventura, me ha hecho sentirme más viva que nunca. Diez días recorriendo La Habana, Viñales y Trinidad donde llegamos a descubrir lugares que jamás pensaríamos que serían tan especiales y únicos.

    En Cuba, cuando menos te lo esperas, en lugares que tampoco esperas encontrarte, es cuando sucede la magia, cuando de repente te enamoras.  Diez días dan para enamorarse muchas veces y de muchas cosas: de sus gentes, de paisajes aleatorios, de lugares al azar, de cualquier plato de comida o de canciones que suenan en las calles o en los bares.

    Lo más atrayente es que se trata de un país polifacético apto para cualquier tipo de bolsillo. El nuestro –yo viajaba con mis amigas Claudia y Sofi- era bastante limitado, preferíamos gastar dinero en ron que en comida, o en fiestas que en camas donde dormir.

    Free tours por la ciudad

    Para viajes low cost es muy recomendable unirse a uno de los tantos free tours que se ofrecen por Internet para conocer tanto La Habana Vieja, como Centro Habana, el Malecón y otras zonas. Los hay en versión cultural: recorridos por las mañanas para conocer la historia de la ciudad; o versión ocio, rutas por la noche para conocer los bares más reconocidos y en los que además se pueden probar los diferentes y tan típicos cócteles cubanos, que por supuesto incluyen ron y los famosos daiquiris que el señor Hemingway se tomaba en La Floridita, cuenta la leyenda que se tomaba hasta 12 al día y que acababa más doblado que una silla de Ikea.

    Es precisamente de este bar de donde parten los tours por la mañana y el trayecto continúa por el Museo de Bellas Artes, el Parque Central, el prestigioso Hotel Inglaterra (el primero en construirse en Cuba), el Teatro Alicia Alonso que da nombre a una de las mujeres más influyentes de la sociedad cubana que con sus 90 años y su discapacidad visual sigue contribuyendo de manera activa en la promoción cultural y en la conservación arquitectónica de la ciudad.

    Otras paradas imperdibles en el tour son el Capitolio, la Plaza Vieja, la Catedral barroca (integrada en una preciosa plaza cercana a otro de los bares más auténticos: La Bodeguita del Medio, donde probar obligatoriamente los mojitos). El tour, con excelentes explicaciones y curiosas anécdotas que narra el guía, culmina en La Casa del Ron y del Tabaco Cubano, una de las tiendas más típicas para comprar habanos y rones.

    El recorrido dura aproximadamente tres horas y el precio es «la voluntad», nosotras dimos un total de 15 CUC porque nos pareció una actividad muy completa, bonita y que mereció bastante la pena, además nuestro guía fue muy amable y nos contó muchísimas cosas ya no solo históricas, sino artísticas, políticas y de la actualidad cubana.

    Coches antiguos, la atracción estrella

    Una Habana plagada de edificios coloniales, parques con wifi y cafés con encanto. Pisar la Habana es viajar dos veces: a Cuba y al pasado. Como si tu avión despegase en el siglo XXI y aterrizase en el XX.

    Las reliquias americanas de los años 50 que circulan por toda Cuba, también llamados “Almendrones” y que son el símbolo por excelencia del país salpican las calles llenándolas de color. Chevrolet, Ford, Dodge, Plymouth, Packard… Coches que han sobrevivido a Fidel y que son piezas rodantes de museo que traen de vuelta la época de la Guerra Fría y de la Revolución.

    Unos carros que recuerdan diariamente el bloqueo internacional que sufre el país, pero también dan cuenta del talento y creatividad de los cubanos, que hacen de estos coches auténticas joyas. Como diría Danny Zuko –John Travolta- en Grease, son: “coches que podrían ser automáticos, hidromáticos, ultramáticos, podrían ser como un relámpago”. Y así son, coches relámpago que te llevan a todas partes y te hacen disfrutar del trayecto de una forma diferente.

    Los coches en La Habana me fascinaron, quería fotografiarme con cada uno, pero otra de las cosas que me enamoraron fueron todos esos templos artísticos que los cubanos se han apropiado para enaltecer el arte y que hacen que te replantees si estás en La Habana, en plena Latina en Madrid o en Soho en Londres.

    Llena de reivindicaciones

    La música techno resuena en lugares como La Fábrica de Arte Cubano, conocida como FAC, una nave situada en la zona de Miramar, cercana al Malecón, en el que de lunes a lunes, 24/7, suena la música en un ambiente rodeado por graffitis, posters, cuadros, obras de teatro, desfiles de moda, esculturas, proyecciones… La efervescencia cultural es una mina de oro en este lugar, el talento vive en La Habana pero surge en la FAC. Un Ágora donde la gente joven se reúne a beber cerveza, a escuchar música, a conversar, bailar y a conocerse.

    Pudimos ser testigos en la FAC de una obra teatral en la que sus protagonistas, por medio de diálogos y monólogos, criticaban el sistema y afirmaban que la verdadera revolución era haber nacido cubano y tener que vivir ese “aquí y ahora” que los sentenciaba a una vida llena de límites y sueños frustrados. Pero es que sorprendentemente, Cuba está plagado de este tipo de lugares donde las reivindicaciones no encuentran fin. Las frases reivindicativas se van sucediendo como si floreciesen entre los cimientos y el Callejón de Hamel sabe bien de lo que hablo.

    Un lugar poético pero ecléctico y al mismo tiempo donde prima el horror vacui. Un escenario de película, de festivales de salsa, de pasacalles y donde poder degustar una de las bebidas típicas: el bilongo. El mejor momento para dejarse caer por este callejón tan pintoresco son los domingos al medio día cuando los ritmos de los tambores desatan la rumba en las calles y la gente baila y ríe de una manera muy contagiosa.

    El Callejón de Hamel es una calle no muy larga, un poco escondida, ubicada entre las calles de Aramburu y Hospital, en el barrio de Cayo Hueso en Centro Habana, en una zona donde vivieron importantes músicos como Orishas y que hoy aún sigue siendo un centro neurálgico para artistas, músicos e intelectuales.

    También aquí surgió el movimiento del feeling, un género musical cubano de influencia norteamericana que se basa en los sentimientos, el romance, el amor… Melodías tranquilas y letras de carácter trovadoresco. Este callejón es en la actualidad un proyecto cultural comunitario que enaltece la cultura afrocubana y la santería que allá por los años 90 empezó a gestar el pintor y escultor Salvador González Escalona, que vive allí en la actualidad y con el que es posible conversar sobre algunas de sus más brillantes obras.

    El callejón cuenta con varios bares y un paladar (restaurantes de comida cubana, generalmente baratos), pero siendo completamente sincera los precios se escapan del bolsillo y es posible saborear platos cubanos a precios más económicos en otros lugares más privilegiados de La Habana, como en la parte vieja, en el renovado y moderno paladar, El Chanchullero. Un lugar pequeño, que cuenta con varias plantas y una azotea donde degustar otro tipo de delicias: las del skyline de La Habana Vieja.

    De paladares exigentes

    Nos encantó este paladar por su diseño, sus colores y nuevamente por sus frases guerrilleras. Acabamos en este lugar por accidente, porque justo al lado hay un parque con WiFi. Que por cierto, la única forma de conectarse a Internet en Cuba es comprando unas tarjetas en ETECSA (compañía de comunicaciones cubana). Cada tarjeta de una hora de conexión a Internet cuesta 1 CUC y se pueden usar en los parques con WiFi. Es muy fácil reconocer estos parques porque en ellos hay grupos de gente que no levantan la cabeza del móvil ni para coger aire.

    Cuba no es un país para estar pendiente del móvil, es un país para disfrutarlo. Me toca ahora a mí ponerme reivindicativa y es que como sabéis, me gusta conocer la oferta de ocio y turismo, pero también integrarme en la sociedad y me encantó descubrir, en un país que vive de sus limitaciones, de sus bloqueos, de sus rechazos, conocer a tantos espíritus libres, con tantas ganas de vivir, volar, salir… Y es que, como escuché en esa obra teatral en la FAC:

    “Me tocó ser cubano. Y de repente un día ya no podía comer lo que quería o lo que me gusta, sino lo que había. De repente me di cuenta de que ni siquiera era bueno para aprender, porque no pude aprender a callarme. Amo mi tierra y jamás me callaré porque me tocó ser cubano y esa es la gran revolución”

    Dónde dormir

    La opción más aconsejable son las casas particulares que suelen costar unos 10 CUC por persona la noche (las habitaciones rondan los 20-30 CUC). Los cubanos viven del turismo y ofrecen sus casas para que los turistas puedan tener una opción accesible, cómoda y sobre todo local. Algunas de éstas casas particulares ofrecen desayunos por 4 CUC e incluyen café, zumos naturales, frutas, tortilla o huevos, tostadas y a veces bollería variada.

    Dónde comer

    Cuba tiene restaurantes muy turísticos donde los precios pueden rondar la media europea y las comidas se alejan de lo puramente cubano para ofrecer hamburguesas y comida internacional. Para degustar platos típicos y económicos la mejor opción son los Paladares:

    El Chanchullero: este lugar situado en La Habana Vieja resultó ser todo un descubrimiento para nosotras. Comimos de lujo por tan solo 20 CUC (entre tres personas) en un lugar con buena música, buena comida y buen servicio.

    -Café Brown: situado en Centro Habana, un lugar pequeño y coqueto con una carta amplia, variada y barata. Este paladar nos sorprendió por que pudimos degustar platos típicos cubanos como Yuca con Mojo, Ropa Vieja o Frituras de Malanga.

    -Donde Lis, Bar Retaurante: situado en MiramAr, muy cerca de La Casa de la Música. Se trata de un menú más exclusivo, por lo tanto también más caro.

    Qué más hacer

    Hotel Nacional: Es uno de los hoteles más clásicos de Cuba, con más de 87 años de historia. Sus vistas son excepcionales, con unos jardines muy amplios donde disfrutar de panorámicas vistas al Malecón, pero el paisaje aún es mejor desde su azotea, abierta al público a partir de las 10 de la mañana. Pasear por los pasillos del hotel es como sentirse en el Titanic, tan histórico, antiguo y majestuoso.

    -Heladería Coppelia: Es la heladería más famosa de La Habana, conocida como la «Catedral del Helado», se trata la heladería que Fidel mandó construir, se sabe que el comandante tenía ciertos gustos culinarios… Coppelia acoge colas que pueden durar horas solo para conseguir un helado de chocolate (de una sola bola), los precios son de risa, por eso esas colas de hasta cuatro horas… Lo único que no me gustó es que hacen una separación entre locales y turistas que resulta ser bastante discriminatoria (incluso en los precios).

    -El Malecón: pasear por el Malaecón y ver como las olas rompen en los altos muros y te mojan entera es muy gratificante, sobre todo para apaciguar el calor que se respira en la isla durante todo el año.

    -Plaza de la Revolución: una de las plazas más importantes e imperdibles en La Habana, dominada por las fachadas que lucen los rostros del Che Guevara y Camilo Cienfuegos, los dos grandes héroes cubanos de la Revolución.

  • Cerrando maletas… Destino Jamaica con Workaway

    Cerrando maletas… Destino Jamaica con Workaway

    Ha llegado un momento apoteósico en mi vida.

    Me encuentro en estos mismos instantes haciendo la maleta, algo que siempre me ha resultado toda una hazaña en la que en la mayoría de las veces pierdo la batalla porque lleno la maleta de esos ‘por si acasos’ que luego jamás usaré y que no hacen más que ocupar espacio en una maleta destinada a mutar de forma y transformarse en un bulto abominable… Aun así no deja de convertirse en una hazaña, se pierda o no la batalla. Hazaña, momentazo o la proeza de cómo conseguir que “esto cierre y pese menos de 20 kilos cuando vaya a facturar”.

    El mini susto y el mini susurro que sueltas para ti misma de: “venga pequeña mete tripa» (refiriéndote a la maleta), cuando estás frente al mostrador de facturación y el/la trabajador/a que revisa tus billetes y tu equipaje te observa concienzudamente como si fueras sospechoso de llevar el sable de Napoleón, un jamón pata negra, un alijo de coca y hasta un ave de corral. Todos tus esfuerzos se transforman en aparentar la armonía propia de quien no carga una maleta sino una grácil y liviana bolsita de equipaje con dos bragas, dos pantalones y dos camisetas para tres meses.

    ¡JÁ! Y no hay quien se lo crea, por eso yo lleno la maleta de ‘por si acasos’, porque nunca se sabe si te va a tocar vivir la nevada monumental, ‘por si acaso’ la segunda extinción cretácica, la invasión alienígena o si el sol caerá sobre la Tierra. Así que ropa para todo.

    Bueno y todo este rollazo sobre maletas y límites de kg (del que ya me extenderé más en profundidad en próximos episodios) para decir que por fin ha llegado la hora de mi primera y gran aventura en solitario: Jamaica, here we go! 

    Tres meses de aventura en Jamaica

    En menos de 48 horas estaré volando rumbo a las Grandes Antillas y yo todavía no sé qué ponerme, ni que llevarme, ni donde dormiré la primera noche, por no saber no sé ni inglés. Aunque allí se habla una mezcla rara entre inglés y patois que es como si un Latinoamericano se fuera tres meses al pueblo más catalán de Cataluña. Pero bueno, alegría y muchos por si acasos en la maleta, siempre te salvarán de cualquier encrucijada (y el sable de Napoleón también).

    Por delante me esperan unos casi tres meses de aventura por Jamaica y espero que también por Cuba y alguna que otra islilla caribeña, en las que espero descubrir ya no solo las tradiciones y estilo de vida locales, sino también paisajes, la gastronomía y gente buena que me abra las puertas de su casa y me ofrezca momentos inolvidables en esta, mi primera experiencia viajando sola.

    Desde que fui a Jamaica, el pasado mes de septiembre (amor a primera vista), empecé a planear mi regreso. Hacía bastantes años que quería ir a Jamaica porque soy adepta al reggae, de hecho mi festival favorito es el Rototom que se hace al ladito de mi casa, en la playa de Benicàssim (Castellón) y ya este festi es una premisa importante del buen rollo, el ritmo y el sabor del ‘one love’ y ‘one respect’ que encuentras en la isla. En Jamaica esta sensación se eleva al infinito y más allá si cabe.

    El tema es que fue pisar la isla y ya saber de primeras que yo iba a volver tarde o temprano, aunque nadie se esperaba que fuera tan temprano la verdad. Lo cierto es que en cuanto volví a España empecé a informarme y me topé de bruces con una página que iba a cambiar mi concepción de viajar. A ver… no encontré América pero la verdad es que me abrió los ojos y vi en esta aplicación una forma muy eficaz para pasar largos periodos de tiempo sin gastarte mucho dinero en un país extranjero.

    ¿Cómo me voy a alojar?

    La página en cuestión, aunque existen muchas más de este estilo, es Workaway. Por el momento no puedo hacer una crítica o recomendación sustentada bajo los cimientos de la experiencia personal, porque todavía no he llegado a Jamaica, pero sí, esta es la forma en la que me voy a alojar allí en la isla. De Workaway en Workaway y tiro porque me toca.

    Explico por encima en qué consiste: es una página web en la que para acceder a las ofertas de voluntariado debes hacer una contribución económica anual de 30 euros. Esta pequeña cantidad monetaria sirve como ‘seguro’ y te garantiza que los hosters (anfitriones o huéspedes) son fiables, buenas personas y te van a dar una cama en condiciones para que tu experiencia sea gratificante y confortable.

    Si por el contrario, no es una experiencia gratificante, tú, como has pagado 30 euros, te pones en contacto con el equipo de Workaway quien te ofrece una asistencia legal y jurídica y emprenden asuntos legales contra la persona que te ha fastidiado el voluntariado, bien porque te ha dejado tirado en el último momento, bien porque la cama que te prometía resultaba ser un tablón de madera en el suelo, o tal vez porque en vez de tres comidas diarias al final solo te daban una y un plátano para antes de dormir.

    Cabe decir que cada host tiene sus condiciones de voluntariado, generalmente muchos de ellos establecen un horario de trabajo que pocas veces supera las cinco horas diarias y fines de semana libres para que el voluntario pueda hacer turismo y descubrir el país. A cambio de estas tareas de voluntariado que van desde limpieza, jardinería, construcción, pintura o cuidado de niños o animales, los huéspedes te ofrecen alojamiento y en algunas ocasiones hasta comida.

    La verdad, como decía antes, no tengo la experiencia en primera persona pero he estado investigando en Internet sobre «workaway opiniones«. Desde la misma página web puedes leer comentarios, tanto de huéspedes como de anfitriones, pero también los puedes encontrar en otras páginas de Internet y en términos generales parece una buena opción para personas como yo que desean viajar durante largas estancias de tiempo sin gastarse un euro. No es que sea rata, es que quiero viajar mucho.

    Aunque esto es como todo, he podido leer opiniones en las que  se critica a la página debido a la explotación llevada a cabo por algunos huéspedes a voluntarios, aunque ahí ya entra la capacidad de reacción de cada cuál y si en un momento se hace evidente esta explotación laboral o no se están cumpliendo las condiciones previamente establecidas lo lógico es denunciarlo a la página de Workaway y marcharse de ese lugar cuanto antes.

    Muchas aplicaciones tienen la opción de que los usuarios valoren y puntúen el servicio que ofrecen personas particulares a través de este tipo de aplicaciones (como BlablaCar o Couchsurfing),  en la que el criterio de selección puede basarse en estos comentarios ya que se trata de un indicador muy fiable a la hora de saber si estas tratando con una persona de confianza o no. Workaway tiene el mismo concepto y puedes leer las opiniones de las personas que ya se han alojado previamente en estos hostales, hoteles, albergues, granjas, etc.y conocer a través de la experiencia de otros viajeros el nivel de hospitalidad del huésped.

    Yo por lo que he leído en los comentarios hay que tener mucho cuidado, sí, pero porque esto del Workaway vicia y ¡MUCHO!

  • Zimbali Retreats, un jardín del Edén en Jamaica

    Zimbali Retreats, un jardín del Edén en Jamaica

    Lo bueno de viajar es toparte en ocasiones con lugares y personas que son todo un regalo para los sentidos. “Viajar es lo único que compras y te hace más rico”, en todos los sentidos en los que una persona puede ser rica.

    Hay otra frase: “la gente va y viene pero tú siempre permaneces”, cierto, pero no. Mucha gente entra en tu vida para luego salir de ésta, a veces dejan vacíos irremplazables, otras ni si quiera notas su ausencia, pero he de decir que muchas de estas personas no llegan, tocan y se van, se quedan aunque no estén.

    Además añado otra frase, que jamás entenderé pero que he escuchado y leído en varias ocasiones: “Allá donde fuiste feliz no debieras volver”. Es como un mal presagio, una negatividad traspuesta a lo supersticioso del no poder ser feliz por segunda vez en ese lugar en el que pasaste tan buenos y maravillosos momentos.

    Amo mi trabajo porque me permite estar siempre conectada con esas personas, con esos lugares y esas situaciones que no llegan, tocan y se van. Sino que permanecen.

    Os suelto este rollazo en realidad para hablaros de un lugar que tiene magia. Y por supuesto al que pienso volver. Hay un lugar en el mundo, escondido en la selva del paraíso caribeño, el cual no puedo sacar de mi cabeza.

    Negril, Jamaica

     En el último viaje que hice, uno de mis lugares predilectos de peregrinaje en la vida: Jamaica, tuve ocasión de conocer este lugar, perdido en la selva de Negril, que me cautivó por las buenas vibraciones que trasmitía.

    Después de varios días muy intensos visitando hoteles en Montego Bay (para quienes no lo sepan la segunda ciudad de Jamaica después de Kingston y la primera en turismo), nos desplazamos hacia Negril con la promesa truncada de que íbamos a ir por fin a la playa. No sabéis lo que es ir a un paraíso del Caribe y no bañarse en esas aguas turquesas.

    Ese día no paró de llover, además se cumplió una de las Leyes de Murphy de los Viajes en toda regla: me vino la regla (valga la redundancia). Este hecho es un bajón importante cuando estás en un destino de playa como lo es Jamaica. Y además no fue una regla tranquila, sino de esas que te atacan con dolor de tripa, cabeza y cuerpo entero. Que me llega a tocar en casa y no salgo de la cama. De hecho por poco no me quedé en el hotel.

    Cuando te nombran Negril, si previamente te has informado en Internet como hice yo, lo que esperas encontrar son las playas más bonitas de la isla. Seven Mile Beach es conocida en todo el mundo no solo por su extensión (11 kilómetros de arena brillante) sino por sus chiringuitos a golpe de reggae y ron y playas tibias y tranquilas. Lo cierto es que durante el trayecto en bus a Negril iba completamente dormida y cuando abrí los ojos y me vi en ese camino de cabras que subían ladera arriba entre frondosa vegetación pensé “vaya, vaya, aquí no hay playa”.

    Zimbali Retreats

    No había playa pero ni falta que hacía. Zimbali Retreats no es un resort de lujo a pie de caribe, ni con piscinas infinity, ni con la barra de bar metida en el agua, que hasta el momento era lo único que yo conocía del paraíso de los resorts jamaicanos (nuevamente no sabéis lo que es visitar hotel tras hotel y que no te dejen ni siquiera meter los pies en la piscina).

    Todo cambió cuando entré en ese jardín, pequeño pero caprichoso, y mis oídos detectaron esos ritmos reggae tan de Jamaica, ese olor a vegetación mojada y esa calidez y quietud de las cosas hechas con amor y buen gusto.

    Entrada a Zimbali Retreats

    Zimbali Retreats es una granja ecológica vestida de madera, un jardín del Edén que eleva a la máxima expresión los colores de la bandera rasta y el culto a Bob Marley. Regentada por una familia rastafari, con animales campando a sus anchas por cada uno de los rincones y lejos del lujo de los resorts, este pequeño paraíso ofrece una auténtica experiencia rastafari con cocina de calidad, platos veganos y habitaciones con vistas a pleno corazón de la selva. Un lugar donde impera la filosofía jamaicana del “one love, one respect”.

    Templo Rastafari

    El Reggae Bar es una sala de estar que conecta con una terraza en la que observar figuras talladas en madera, tambores, pinturas, escritos y otras manifestaciones culturales. En las estanterías predominan libros sobre yoga, meditación, música y autores de trascendencia filosófica, el ambiente cálido y cómodo que se genera mejora, aún si cabe, con sus vistas a la selva de Jamaica.

    Un lugar que se ofrece como alternativa al turismo de sol y playa pero que no deja de ser un paraíso alejado del frenético ritmo de las urbes, del tráfico en carretera y de los lujosos resorts. El silencio aquí es un regalo y la experiencia culinaria, también. Cuenta con seis alojamientos distintos, cada uno con su personalidad y decorada al estilo zen, con camas de matrimonio, agua de manantial, libros y porches para relajarse.

    Habitaciones Zimbali Retreats

    Habitaciones Zimbali Retreats

    La granja ofrece tours gastronómicos para grupos, con ingredientes cien por cien orgánicos cultivados en sus campos. Son cursos de cocina o shows gastronómicos, con visita guiada a la granja y coctel en la terraza a ritmo de reggae. Ellos mismos te muestran los ingredientes que van a usar para elaborar el exquisito menú.

    Otras actividades que pueden realizarse son clases de yoga y meditación, cursos para aprender a tocar tambores o senderismo para conocer el entorno rural e interactuar con sus habitantes indígenas cuyo estilo de vida parece sacado de otro tiempo en el que las tecnologías y la modernidad propia del siglo XXI no tienen cabida.

    Mi experiencia en Zimbali Retreats es de esas que llegan, tocan y permanecen.

    ¡Menos mal que no me quedé en el hotel!

    Las fotos hablan por sí solas.

    | Más info: www.zimbaliretreats.com

  • Jamaica: Música de paraíso

    Jamaica: Música de paraíso

    Este reportaje está publicado en la revista Punto Mice (www.puntomice.com)

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