Categoría: Jamaica

  • Durga’s Den o inyección de vitalidad en las montañas de Jamaica

    Durga’s Den o inyección de vitalidad en las montañas de Jamaica

    Uno de los lugares en los que he sido más feliz durante mi estancia en Jamaica es Durga’s Den. Esta pequeña granja en Ocho Ríos ha destapado mis grandes habilidades de granjera, las cuáles no sabía que tenía. Y ahora quiero mandarlo todo al garete y montarme una granja con sus pollos, conejos y cabras. Y por supuesto, plantas, muchas plantas.

    A todo aquel que se sienta enamorado de la madre tierra, del ecoturismo, de la alimentación sana y sobre todo, personas con diabetes, este sitio es de gran interés para conseguir una armonía sostenible, no solo con el medio ambiente, sino también con el fuero interno de cada uno.

    Permanecí un mes en esta granja, rodeada de animales, los que me conocen saben que soy muy feliz compartiendo mi día a día entorno a animalillos -o animalazos- porque las cabras que estaban allí, no es que fueran grandes, también bastante bravas. Doy fe de ello, pues de vez en cuando me tocaba sacarlas a pasear y no sabía yo cómo de escurridizas y saltarinas podían ser.

    Vivir en este lugar me ha dado energías muy positivas y me ha cambiado por completo. Decir que la primera semana tuve que bajarme la insulina porque la comida que preparan es completamente sin azúcares, a base de plantas cosechadas en sus propios huertos y con otros alimentos de calidad. Lisa y Mike son sus propietarios, un matrimonio muy encantador, ella canadiense, él jamaicano. Entre los dos han construido un lugar digno de reproducir en todos los países.

    Estilo de vida sin azúcares

    Volviendo al tema de la alimentación, es necesario apuntar que Lisa tiene diabetes tipo 2 y gracias a su estilo de vida y a la dieta que lleva no necesita de medicamentos o tratamientos. Cabe destacar que diabetes tipo 1 (la mía) y diabetes tipo 2 no tienen el mismo tratamiento, en mi caso necesito insulina porque mi páncreas no la produce y el segundo, consta de una alimentación sana y equilibrada sin consumo de azúcares y en ocasiones ingesta de pastillas.

    Un lugar tan tranquilo, natural y con tan buen rollo no podía cosechar otro resultado que bienestar y energía. Sin duda alguna es el mejor Workaway que he encontrado hasta ahora de los tres que he hecho durante mis tres meses en Jamaica. El hecho de que Lisa sea canadiense me ha otorgado esa libertad propia de países más abiertos de mente, Jamaica aún tiene mucho que expandirse en este aspecto.

    No os he hablado antes de mi experiencia con Workaway porque siendo completamente honestos no han sido experiencias muy afortunadas, nada malo en general, pero he tenido que salir corriendo de algunos sitios por el trato abusivo de algunas personas, algo a lo que ya me exponía pues antes de mi partida, investigando por Internet, algunos de los que participan en este intercambio cultural declaraban que muchos propietarios los explotaban laboralmente, y sí, cierto es, hay gente que no entiende del todo que Workaway es un intercambio cultural y no una trata de blancas.

    Tras tener que huir de una de estas casas e irme de la otra porque el propietario me puso de patitas en la calle, encontré el SITIO, con mayúsculas. El sitio en el que he podido disfrutar de las auténticas good vibes que Jamaica lleva por eslogan.

    El trabajo en la granja me ha enseñado valores, más si cabe, de preservación y cuidado del medio ambiente, ya no solo por el hecho de mantener limpias nuestras calles, no contaminar y la importancia del reciclaje, sino otros aprovechamientos muy útiles como los váteres ecológicos y las duchas con agua de lluvia, esto último es hasta romántico.

    Modelo sostenible

    Durga’s Den lleva a cabo un proyecto ecológico muy importante por el que recibe financiación del Gobierno y con el que se propone reproducir su modelo sostenible en otros lugares.

    A menudo reciben visitas escolares en las que realizan talleres en los huertos, dan de comer a los animales y les enseñan nociones fundamentales sobre ecología y biodiversidad.

    Además, reciben voluntarios periódicamente, en el mes que yo estuve la granja contó con cuatro voluntarios y el trabajo consiste en limpiar los cultivos, regar las plantas, dar alimento a los animales y por supuesto, plantar todo tipo de frutas y verduras.

    Lo mejor de este lugar, como decía antes, aparte del entorno mágico que confiere la naturaleza, es la permisividad y claridad en cuanto al trabajo a hacer. Cuatro horas al día, de 7:30 a 11:30 de la mañana y el resto del día y los fines de semana completamente libres para disfrutar de las virtudes de la isla, aunque alguna que otra vez he preferido quedarme en la granja, disfrutando del bar-comedor chill out, de la plataforma de yoga con una vistas interminables de las montañas y el mar, o paseando entre el vecindario y respirando ese aire limpio que desgraciadamente no encontramos en muchas grandes ciudades europeas.

    Voluntariado en las montañas de Jamaica

    La estancia, en calidad de voluntario, es gratuita y pagando 33 euros semanales (o 5.000 dólares jamaicanos) tienes desayuno, comida y cena incluida de lunes a viernes. Collin, el cocinero, es un auténtico conocedor de plantas y especias, por las mañanas llega a la granja y ‘va al mercado’, cómo él suele decir, aunque en realidad se dirige a los huertos de la granja y allí empieza a recolectar lo que necesita para cocinar. Todos amamos a Collin por sus exquisitos platos a base de arroces, sopas, pizzas vegetales y sus zumos sin azúcares.

    Momentos muy enriquecedores con Latour y Sarah, dos empleados que moldean la tierra con gran facilidad y que conocen, al igual que Collin, los nombres de todas y cada una de las plantas que crecen en la propiedad.

    Y por supuesto, Lisa y Mike, cuya hospitalidad no conoce límites y con los que los grandes momentos van más allá de la granja, experiencias como acompañarles a vender los productos en el mercado de Kingston o compartiendo momentos de karaoke en uno de los locales de moda de Ochi, Ocean’s 11.

    La granja además cuenta con varias casetas de madera que pueden alquilarse para disfrutar del ecoturismo en Jamaica. Suelen realizarse con periodicidad retiros para practicar yoga en un ambiente cien por cien natural.

    Durga’s Den está situada en las colinas, en el barrio de Breadnut Hill, está solo a 15 minutos en route taxi de la ciudad, los taxis pasan frecuentemente y cada viaje son unos 0,80 céntimos de euro o 120 dólares jamaicanos. El barrio es tranquilo y acogedor, y por los alrededores se encuentran otras granjas o la conocida por los locales Lion House, una guest house al más puro estilo rastafari.

    Gracias a la permisividad de Lisa, la amabilidad de Mike y la hospitalidad de todos y cada uno de los trabajadores de la granja, he disfrutado muchísimo de mi último mes en la Jamrock. No puedo estar más agradecida y no puedo dejar de recomendar este maravilloso remanso de paz perdido en las colinas de Jamaica.

    Si te ha gustado este artículo, lee el siguiente sobre Zimbali Retreats, jardín del Edón en Negril.

    Lisa, después de casi siete horas pantando berries (bayas)

    Todos los días son Weed Morning en Durga’s Den

    Exquisita crema de calalú y pan de zanahoria

    Veggie Party con tacos! Y mi fruta preferida, breadfruit

    Viernes de recolecta para el mercado del sábado

    Tipi, el gato más charlatán que he conocido nunca

    Estas dos hermosuras no se dejan coger con facilidad

    Mi amigo Kumar de India, el día de su regreso a casa

    Momento coconut break

    Mi compañera Justine, de Canadá, y detrás, la plataforma de yoga con vistas al mar

    Estos pollos cuando comen me representan

    Yo, farmgirl. Pero no busco esposo

    Los echo de menos, mucho. Tash y Tipi

    ¡Mañana hay mercado!

    Huertos de la alegría

    Chill out en el bar-comedor

    Más animalillos

    Collin prepara su famosa pizza vegetal

    Así se limpia la arugula, y las lechugas, y las espinacas…

    Munición vegetal

    Hot Peppers o como andarte con cuidado cuando vas a comer sopa (comprobado)

    Pizza Collin, chef de primera

    La inocencia hecha perro, siempre con una sonrisa en la cara y una pata sucia en tu ropa

    Bungalow para huéspedes

    Bungalow número dos

    En esta plataforma, sino llegas al Nirvana por lo menos estás rozando el cielo

    Modelo sostenible de cabañas con váteres ecológicos

    Caseta para los voluntarios

    Y así se tiró todo el mes que estuve allí

    Casa verde

    Las pequeñas cosas, las insignificantes, son las que cuentan en esta maravillosa granja.

  • Port Antonio, belleza natural

    Port Antonio, belleza natural

    La frase que más he escuchado desde que llegué a Jamaica, después del “Jamaica, no problem” es la de: “tienes que ir a Port Antonio”. Tras la insistencia de muchos viajeros y locales a los que he ido conociendo en mi travesía por el país, finalmente he visitado esta magnífica pequeña ciudad al este de la isla.

    Lo que iba a ser una escapada playera ha terminado siendo la más auténtica, mística, espiritual y natural experiencia que he vivido (hasta que por fin visite las Blue Montains). Iba a irme sola a Port Antonio, a disfrutar de la calma y el relax de las playas, pero en el último momento se apuntó mi amiga Janet, mi mami en este viaje. Janet es mi mejor amiga aquí, una mujer inglesa de unos 50 años que bebe ayahuasca, fuma marihuana con pipa, cocina como los mismísimos ángeles y viaja sola, como yo, haciendo Workaway.

    Lo bueno de Jamaica son las casualidades. Visitas un sitio, conoces a alguien que te habla de una fiesta en no sé dónde y en esa fiesta conoces al maravilloso Cleveland, un hombre de unos 50 años, taxista y originario de Port Antonio que nos llevó a rincones espectaculares, rodeados por la naturaleza más abrupta, alejados de la evidencia humana y desconocidos por muchos turistas.

    Port Antonio se encuentra en la parroquia de Portland, a una hora de Kingston y a dos de Ocho Ríos en coche. Nosotras cogimos el autobús local que no es muy cómodo porque viajas con tropecientas mil personas más, pero es la opción barata (500 dólares jamaicanos que son tres euros). Port Antonio es uno de los lugares más turísticos de la isla por su extraordinaria belleza. Blue Lagoon es uno de los lugares más bonitos y también más visitados, eventual escenario de películas debido al intenso azul de sus aguas y a sus misteriosos 55 metros de profundidad.

    La mayoría de las playas son gratis y con muchos bares y chiringuitos locales donde comer auténtico Jerk Chicken y gastronomía jerk en general. Una de las playas que más me gustó fue Winnifred Beach, un arenal completamente de postal, con un rincón rasta muy acogedor regentado por un par de rastafaris que venden marihuana y artesanía hecha a mano.

    Pero lo mejor fue adentrarse en la selva tropical, cruzar el río, atravesar campos de bananos, bread fruit y otros deliciosos frutos que fuimos probando por el camino.

    En Jamaica es posible sobrevivir en la selva sin morirte de hambre, ni de sed, ni por la picadura de un insecto. Lo bueno que tiene este país es que cuenta con grandes virtudes naturales: la flora y fauna es muy rica y diversa. A diferencia de otros lugares, Jamaica no tiene animales peligrosos o venenosos tales como arañas o serpientes. Bien cierto es que la cantidad de mosquitos que hay es abrumadora pero ninguno es portador de malaria. En Jamaica no es necesario vacunarse contra este mosquito, de hecho solo es aconsejable vacunarse si la estancia en la isla va a ser mayor a 30 días.

    El objetivo era llegar, caminando entre la espesa vegetación, junto a la ladera del Río Grande, hasta las Scatter Falls, unas cataratas solo conocidas por locales cuyo paisaje es una premisa de lo que puedes encontrar en las famosas Blue Mountains, situadas muy cerca de Portland.

    Solo es posible llegar hasta estas cataratas con ayuda de un local que conozca el camino. Nosotros fuimos el sábado por la mañana y allí solo había un grupo de seis locales más.

    Es un lugar tranquilo, alejado de la masificación turística, rodeado por una naturaleza asombrosa (con una gran diversidad de frutos, plantas y aves). Un lugar de esos que digo yo que reinician el alma. Compramos unas cervezas y ron Appleton, el típico jamaicano, y echamos la mañana entre aguas puras y vegetación auténtica.

    Aparte de Winnifred Beach, hay una cantidad asombrosa de playas de ambiente local y de acceso completamente gratuito, como Long Beach o Boston Beach.

    Mucha gente dice que los atardeceres en Port Antonio son diferentes al resto que puedas ver en la isla, son especiales, con otro color. No conseguí ver al sol ponerse pero es cierto que cuando la noche empieza a caer el cielo tiene otro color distinto.

    Fue un fin de semana de evasión y relax, pero también de fiesta. Entre tanto dancehall sonando las veinticuatro horas del día en cada club de Jamaica se agradece encontrar en Port Antonio locales de reggae clásico, reggae de los más puros orígenes. Otra de las cosas que me gustan del ocio nocturno en Jamaica es que no entiende de edades y puedes conocer a gente, tanto local como foránea, de cualquier rango de edad.

    Como decía al principio fue una escapada muy mística, de descubrir la auténtica Jamaica y todo gracias a Cleveland. Fue una suerte encontrar y conocer a este maravilloso hombre cuya vida no ha sido nada fácil, separado de su mujer, con un hijo fallecido a la edad de 16 años y sobreviviendo como taxista en un país que vive por y para el turismo (sobre todo en las zonas costeras).

    En la mayoría de los casos el dinero que entra en la casa de un jamaicano depende de los turistas por lo que Cleveland tuvo suerte de que nos conociéramos en esa fiesta de ‘old reggae’, pero más suerte tuvimos nosotras de toparnos con él y conocer Port Antonio en su más puro estado.

    ¿Dónde comer?
    -Restaurante Anna Bananas, situado en la carretera principal de Port Antonio. Comida local, buen ambiente y con una carta variada, sobre todo pescados.
    ¿Dónde dormir?
    -Nos alojamos en una guest house llamada Chocolate Dreams que encontramos por Airbnb, 40 euros la noche, situada en una urbanización con casas muy pintorescas. La dueña de la casa es una mujer alemana que reside actualmente en Port Antonio. La casa tiene cocina para compartir, jardín y una sala de estar con objetos e instrumentos musicales curiosos. Decorado al estilo zen, con libros sobre yoga y meditación, un lugar con muy buena vibra.
  • Bob Marley’s Birthday en la Seven Mile Beach de Negril

    Bob Marley’s Birthday en la Seven Mile Beach de Negril

    El aniversario de Bob Marley (6 de febrero) no dura un día, sino todo el mes entero. Aprovechando que para los isleños este acontecimiento es un día importante marcado en el calendario y coincidiendo que tenía dos días libres decidí irme a Negril con un amigo. La mejor decisión de la historia, aunque me arruiné un poco el bolsillo.

    Negril no es Jamaica. Quiero empezar por ahí. O sea, es Jamaica pero no lo parece por el hecho de la gran cantidad de turistas que hay en la zona. Sea el mes que sea, la estación que sea, la hora que sea, levantes la piedra que sea, te encuentras con un turista.

    Negril es un cuento aparte, la ciudad más turística de la isla, cada noche una fiesta y por las mañanas 11 kilómetros de playa con bares, restaurantes, tiendas y demás ocio playero. Es por este motivo que los precios son más altos y yo que estoy acostumbrada a pagar en mi pequeña Ochi por coger un taxi 120 dólares jamaicanos (0,70 céntimos de euro) me creía que el taxista me estaba timando cuando me pedía 500 (3,20 euros).

    Yo prefiero moverme entre arenas locales y sumergirme en la autenticidad propia de la isla, pero he de decir que me divertí mucho porque la ciudad está viva las 24 horas del día. En realidad el pretexto para ir a Negril fue el concierto del artista jamaicano Sizzla Kalonji que actuaba en el Bob Marley Birthday Bash Festival, que se celebra todos los años en la Seven Mile, la playa más larga de la isla.

    Para llegar hasta Negril la mejor opción es Knutsford Express que es un autobús que recorre la costa norte desde Kingston, pasando por Port Antonio, Ocho Ríos, Falmouth, Montego Bay y  finalmente Negril. De Ocho Ríos a Negril el precio son 2,700 dólares jamaicanos (17 euros) y tarda unas dos horas en llegar.

    Hay cosas que solo pueden pasar en Jamaica, de eso estoy segura: por ahora he visto cosas muy bomboclat. A una tía caminando desnuda por la calle (ole sus ovarios), un sábado noche jugando al bingo (apostando con piedras) con completos desconocidos o asistir al concierto de Sizzla con barra libre de marihuana. Este video que cuelgo a continuación no tiene desperdicio. Pero esto es Jamaica y yo la quiero tal como es.

    Fui a Negril para dos días con mi amigo Dani (asturiano perdido por Jamaica, como yo). Cada uno reservó su habitación en una guest house que booking.com nos pintó muy barata y limpia (esto es lo más importante, si no hay amenities o si las sábanas no van a juego con las cortinas no importa).

    Llegamos al lugar y nuestras reservas se habían cancelado misteriosamente así que nos cambiaron de guest house con una única habitación disponible por lo que tuvimos que compartir durante dos días una cama en la que a mí se me salían los pies (mi altura es 1’60, el dato es importante). A pesar del hacinamiento en cama, el lugar es encantador, lo regentan dos mujeres de procedencia india y fueron buenas anfitrionas (el sitio en cuestión es Natalie’s Rooms y pagamos 40 dólares por dos noches).

    Me gustó el sitio porque para tratarse de Negril es económico y la zona es muy alegre, muchos bares alrededor y el famoso Rick’s Café a solo cinco minutos andando. Los locales que viven alrededor son gente muy social, muy acostumbrados a tratar con turistas y los taxis circulan durante todo el día por la zona. La ciudad también está muy cerca, a cinco minutos en route taxi. Y la playa…

    Yo soy de las que se ponen los cascos y echan a andar sin rumbo ni dirección y para mí la Seven Mile fue un magnífico regalo. Siete millas u once kilómetros de playa ante mis pies. No la recorrí entera porque me entró hambre, pero estuve a punto. Además es el agua más azul que he visto en toda Jamaica con bares y restaurantes de todo tipo donde comer Jerk Chicken, pollo frito, Akee, pescado fresco o el típico sándwich mixto de toda la vida. Ojo al dato con los pancakes. Me hice muy fan, fue el desayuno estrella durante mi estancia en Negril.

    Otro lugar del que había escuchado hablar mucho y que me habían recomendado visitar es el Rick’s Café, famoso por estar situado en lo alto de unos acantilados desde los que te puedes lanzar al mar. No solo por eso es famoso, sino también por sus atardeceres, de los más bonitos que hay en Jamaica. El lugar es perfecto para ir por la tarde cuando la música suena, la cerveza está fría y el sol se pone.

    Y el ocio nocturno, poco o nada tiene que ver que coincidiera con el cumpleaños de Bob Marley (aunque gracias a ello pude asistir al concierto de Sizzla), pero con tributo al dios del reggae o no, la fiesta en Negril está asegurada.

    Fue una estancia breve pero instensa, de esas en las que te subes al autobús y te quedas grogui. Negril es el Ibiza español, por su turismo de playa, sus tiendecitas bohemias, por sus fiestas nocturnas y sí, también por sus precios.

  • Blue Hole en Ocho Ríos, una excursión que reinicia el alma

    Blue Hole en Ocho Ríos, una excursión que reinicia el alma

    Lo que más me gusta de Jamaica, salvaje como ella sola, es su combinación de playa y naturaleza. Escarbando entre caminos a veces demasiado hostiles (aquí lo de asfaltar carreteras no se estila mucho), de pronto puedes encontrarte pequeños paraísos sumidos en la calma y quietud de una isla que lo tiene todo. Todo menos carreteras asfaltadas, pero no problem, esto es Jamaica (para todo aquello inusual o extraordinario, ya sea bueno o malo, los jamaicanos se excusan siempre con “no problem, this is Jamaica”).

    No todo el lujo jamaiquino se encuentra en los resorts, sino en el don de transformar una experiencia en un momento único. Los paisajes conceden esta oportunidad de pararse a respirar y resetear la mente. Ocho Ríos está plagada de rincones para reiniciar el alma.

    La pequeña ciudad, ubicada en la parroquia de Sant Ant, es para algunos la ciudad más cultural de la isla, además resulta ser un lugar de antalogía histórica, no solo por ser ciudad de tradición pesquera, sino también porque se cree que este fue el primer territorio que pisó Cristóbal Colón cuando llegó a la isla. Su mercado es exquisito, en el que puedes pasear y evadirte por horas. Los jamaiquinos son gente muy charlatana y todos tratarán de conversar contigo, a menudo para venderte algún producto y otras veces solo interesados en saber acerca de tus experiencias en la isla.

    Rincones para reiniciar el alma hay muchos en la ciudad, de esos que embelesan y enamoran. Quizá las playas no son las más largas ni las más azules pero también ofrecen esos momentos de ensimismamiento dignos de recordar. La fuerza del agua en Ocho Ríos ha dibujado un paisaje extraordinario en los albores de la ciudad, tal como las atracciones de Blue Hole o Konoko Falls de Dunn’s River. Lo mejor de todo es que se pueden disfrutar de la manera más saludable y divertida: escalándolas, bañándose en sus aguas e incluso saltando desde las rocas. Una excursión para disfrutar como niños.

    Por decantarme elijo Blue Hole ya que es una excursión más larga y más intensa cuyo punto clave culmina en un pequeño agujero de aguas más azules que el mismo Caribe. Blue Hole es una sucesión de cascadas, caminos, cuestas y vegetación espesa que se multiplica a ambas laderas del río. Hay dos formas de hacer el recorrido, contratando un guía conocedor sumun del terreno que presta su ayuda para subir, trepar y bajar entre las rocas y caminos (es asombroso observar a los guías trepar las cascadas y lanzándose en picado desde lo más alto), o bien, si eres aventurera como yo, puedes hacerlo por libre (aunque yo no escalo cascadas, todo hay que decirlo).

    Realmente me aventuré a hacer la excursión sola porque iba acompañada por dos amigos, mi amigo Omar de Australia y Akeel de Trinidad y Tobago. Admito que en algunos tramos es necesaria ayuda de una mano ajena, no es que sea un trayecto duro pero en ocasiones debes usar una cuerda o mojarte de pies a cabeza para ascender de nivel. Si se realiza esta excursión con niños es conveniente contratar a un guía, como decía son excelentes escaladores y además ofrecen chaleco salvavidas y zapatos adecuados para no resbalar.

    Con sus subidas y bajadas, sus terrenos resbaladizos y las corrientes de agua, es una escapada que merece completamente la pena si te gusta el ejercicio y los parajes naturales. La naturaleza allí es asombrosa, con animales campando a sus anchas y se pueden avistar especies de pájaros, insectos y plantas tropicales.

    Para llegar a Blue Hole hay que coger un taxi, está a unos veinte minutos conduciendo desde la ciudad de Ocho Ríos y el trayecto sube entre montañas y caminos nuevamente no asfaltados. Nosotros cogimos route taxi porque es la opción barata, unos 400 dólares jamaicanos que es el equivalente, más o menos a tres euros o dólares americanos. Coger otro taxi cualquiera puede fácilmente costar unos 20 dólares americanos así que merece la pena compartir un route taxi.

    Una vez en Blue Hole la entrada cuesta 15 dólares americanos y contratar un guía ronda entre 50 y 70 dólares. Personalmente me gustó hacer la excursión por libre, puedes tomártelo con calma ya que no hay un limite de tiempo para permanecer en el lugar y es magnífico sentarse en una roca a observar las cascadas y el flujo del río sin prisas y saltar desde las rocas, nadar tranquilamente, tomarte una cerveza bien fría o pasear, perderse y comprar regalos. Muy recomendable el uso de escarpines para poder recorrer con más facilidad algunos tramos. Allí mismo pueden alquilarse por 500 dólares jamaicanos.

    Lo que más me gusta de este enclave es su poco arraigo comercial, apenas hay un bar donde hacer un pequeño break para degustar cócteles y cervezas típicas de la isla (Red Stripe y Dragon) y un par de pequeñas tiendas artesanales en las que comprar recuerdos, cuadros y artesanía hechos y pintados a mano. Además es muy agradable conversar con los tenderos. A pesar de ser una de las atracciones más demandadas en la ciudad no está a rebosar de turistas, esto es porque Ocho Ríos no es una ciudad turística en sí, lo es por el hecho de que es parada de cruceros, los cruceristas llegan por la mañana y regresan al barco a medio día, pero en días en los que los cruceros no atracan es posible no avistar a esa extraña especie colonizadora denominada turista (yo formo parte de ese clan). Por lo que depende de la época del año Blue Hole no está masificado como otras atracciones turísticas, tales como las playas.

    ¿Qué necesitas para visitar Blue Hole?

    Bañador, zapatos adecuados que puedan mojarse (allí se pueden alquilar), toalla y cámara.

    ¿Cómo llegar?

    Puedes tomar route taxi desde la ciudad de Ocho Ríos (2,5 euros) o bien contratar un taxi personal (unos 20 o 30 euros). Desde Ocho Ríos hasta Blue Hole son 20 minutos, desde Falmouth una hora y desde Montego Bay dos horas aproximadamente.

    ¿Dónde comer?

    Dentro del enclave natural no es posible comer, solo hay un bar que sirve snacks y bebidas frías, pero saliendo a la carretera hay restaurantes típicos jamaicanos y puestos a pie de calle donde comer el plato estrella: Jerk Chicken.

  • Zimbali Retreats, un jardín del Edén en Jamaica

    Zimbali Retreats, un jardín del Edén en Jamaica

    Lo bueno de viajar es toparte en ocasiones con lugares y personas que son todo un regalo para los sentidos. “Viajar es lo único que compras y te hace más rico”, en todos los sentidos en los que una persona puede ser rica.

    Hay otra frase: “la gente va y viene pero tú siempre permaneces”, cierto, pero no. Mucha gente entra en tu vida para luego salir de ésta, a veces dejan vacíos irremplazables, otras ni si quiera notas su ausencia, pero he de decir que muchas de estas personas no llegan, tocan y se van, se quedan aunque no estén.

    Además añado otra frase, que jamás entenderé pero que he escuchado y leído en varias ocasiones: “Allá donde fuiste feliz no debieras volver”. Es como un mal presagio, una negatividad traspuesta a lo supersticioso del no poder ser feliz por segunda vez en ese lugar en el que pasaste tan buenos y maravillosos momentos.

    Amo mi trabajo porque me permite estar siempre conectada con esas personas, con esos lugares y esas situaciones que no llegan, tocan y se van. Sino que permanecen.

    Os suelto este rollazo en realidad para hablaros de un lugar que tiene magia. Y por supuesto al que pienso volver. Hay un lugar en el mundo, escondido en la selva del paraíso caribeño, el cual no puedo sacar de mi cabeza.

    Negril, Jamaica

     En el último viaje que hice, uno de mis lugares predilectos de peregrinaje en la vida: Jamaica, tuve ocasión de conocer este lugar, perdido en la selva de Negril, que me cautivó por las buenas vibraciones que trasmitía.

    Después de varios días muy intensos visitando hoteles en Montego Bay (para quienes no lo sepan la segunda ciudad de Jamaica después de Kingston y la primera en turismo), nos desplazamos hacia Negril con la promesa truncada de que íbamos a ir por fin a la playa. No sabéis lo que es ir a un paraíso del Caribe y no bañarse en esas aguas turquesas.

    Ese día no paró de llover, además se cumplió una de las Leyes de Murphy de los Viajes en toda regla: me vino la regla (valga la redundancia). Este hecho es un bajón importante cuando estás en un destino de playa como lo es Jamaica. Y además no fue una regla tranquila, sino de esas que te atacan con dolor de tripa, cabeza y cuerpo entero. Que me llega a tocar en casa y no salgo de la cama. De hecho por poco no me quedé en el hotel.

    Cuando te nombran Negril, si previamente te has informado en Internet como hice yo, lo que esperas encontrar son las playas más bonitas de la isla. Seven Mile Beach es conocida en todo el mundo no solo por su extensión (11 kilómetros de arena brillante) sino por sus chiringuitos a golpe de reggae y ron y playas tibias y tranquilas. Lo cierto es que durante el trayecto en bus a Negril iba completamente dormida y cuando abrí los ojos y me vi en ese camino de cabras que subían ladera arriba entre frondosa vegetación pensé “vaya, vaya, aquí no hay playa”.

    Zimbali Retreats

    No había playa pero ni falta que hacía. Zimbali Retreats no es un resort de lujo a pie de caribe, ni con piscinas infinity, ni con la barra de bar metida en el agua, que hasta el momento era lo único que yo conocía del paraíso de los resorts jamaicanos (nuevamente no sabéis lo que es visitar hotel tras hotel y que no te dejen ni siquiera meter los pies en la piscina).

    Todo cambió cuando entré en ese jardín, pequeño pero caprichoso, y mis oídos detectaron esos ritmos reggae tan de Jamaica, ese olor a vegetación mojada y esa calidez y quietud de las cosas hechas con amor y buen gusto.

    Entrada a Zimbali Retreats

    Zimbali Retreats es una granja ecológica vestida de madera, un jardín del Edén que eleva a la máxima expresión los colores de la bandera rasta y el culto a Bob Marley. Regentada por una familia rastafari, con animales campando a sus anchas por cada uno de los rincones y lejos del lujo de los resorts, este pequeño paraíso ofrece una auténtica experiencia rastafari con cocina de calidad, platos veganos y habitaciones con vistas a pleno corazón de la selva. Un lugar donde impera la filosofía jamaicana del “one love, one respect”.

    Templo Rastafari

    El Reggae Bar es una sala de estar que conecta con una terraza en la que observar figuras talladas en madera, tambores, pinturas, escritos y otras manifestaciones culturales. En las estanterías predominan libros sobre yoga, meditación, música y autores de trascendencia filosófica, el ambiente cálido y cómodo que se genera mejora, aún si cabe, con sus vistas a la selva de Jamaica.

    Un lugar que se ofrece como alternativa al turismo de sol y playa pero que no deja de ser un paraíso alejado del frenético ritmo de las urbes, del tráfico en carretera y de los lujosos resorts. El silencio aquí es un regalo y la experiencia culinaria, también. Cuenta con seis alojamientos distintos, cada uno con su personalidad y decorada al estilo zen, con camas de matrimonio, agua de manantial, libros y porches para relajarse.

    Habitaciones Zimbali Retreats

    Habitaciones Zimbali Retreats

    La granja ofrece tours gastronómicos para grupos, con ingredientes cien por cien orgánicos cultivados en sus campos. Son cursos de cocina o shows gastronómicos, con visita guiada a la granja y coctel en la terraza a ritmo de reggae. Ellos mismos te muestran los ingredientes que van a usar para elaborar el exquisito menú.

    Otras actividades que pueden realizarse son clases de yoga y meditación, cursos para aprender a tocar tambores o senderismo para conocer el entorno rural e interactuar con sus habitantes indígenas cuyo estilo de vida parece sacado de otro tiempo en el que las tecnologías y la modernidad propia del siglo XXI no tienen cabida.

    Mi experiencia en Zimbali Retreats es de esas que llegan, tocan y permanecen.

    ¡Menos mal que no me quedé en el hotel!

    Las fotos hablan por sí solas.

    | Más info: www.zimbaliretreats.com

css.php