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  • Playas y flamenco en la Costa de la Luz

    Playas y flamenco en la Costa de la Luz

    Tengo un nuevo lugar favorito en el mundo y se llama Costa de la Luz, en Andalucía. Los amantes de la playas y de los pueblitos bonitos no pueden perderse este road trip que incluyen paradas obligatorias en Tarifa, Vejer de la Frontera y Zahara de los Atunes.

    Primer viaje oficial post-pandemia.

    Cuatro amigas vacunadas (o semi vacunadas) con ganas de playa y de exiliarse al sur en un recorrido de ocho horas por carretera. Sumamos más de 2000 km en un Ford Fiesta de alquiler, con seguro a todo riesgo, por si las moscas.
    Bikinis y mascarillas que no falten en una maleta de viaje que al final se llena de «por si acasos». Nuestra maleta de la vida también se ha llenado de risas y de paciencia, porque no siempre es fácil ponerse de acuerdo. El móvil a reventar de fotos, porque somos «influmierders» y nos gusta posar, aunque no sepamos.

    Castillo de Colomares, Benalmádena

    Hemos comido atún y ensaladas del Lidl. Cambios drásticos de última hora. Zapatos rotos. Arena de playa por todas partes. Flamenco en vivo. Imanes de nevera. Chicos guapos. Bizums a tutiplén. Esto solo son algunas pinceladas de nuestro viaje de seis días que empezó en Valencia, siguió por Benalmádena, Tarifa, Vejer de la Frontera, Zahara de los Atunes y Marbella. Para hacer bien el amor hay que venir al sur.

    Benalmádena – Málaga

    Empezamos a planear nuestro viaje y como adhesión de última hora entró en ruta Benalmádena. Un pueblo que nos sonaba, pero que jamás se hubiera cruzado en nuestro camino si mi amiga Lourdes, gaditana de nacimiento y corazón, no nos hubiera recomendado.

    Salimos bien prontito de Valencia, después de repostar, a nosotras con tostadas y café cargado, y al coche, con gasolina y no gasoil. Seis horas de carretera con La Rosalía cantándonos al oído.

    Nos alojamos en el Hotel Serramar, ubicado en Arroyo de la Miel, en Benalmádena. Siempre buscamos opciones económicas y este hotel fue un acierto tanto por su ubicación (muy cerca de la playa), como por el precio: una noche 130 euros entre cuatro personas.

    Visitamos el Puerto de Benalmádena donde barcos, restaurantes y tiendecitas captan la atención del visitante. Por fin, la tan ansiada cervecita que anunciaba el principio de la aventura.

      Playas en Benalmádena Puerto de Benalmádena Castillo de Colomares
    La cerveza abrió el apetito pero antes quisimos curiosear y andamos por el paseo, a orillas del mar, hasta topar con un restaurante que jamás olvidaré por sus patatas bravas rancias pero su sandwich mixto de categoría superior. No se puede tenerlo todo en esta vida.

    Al día siguiente proseguimos nuestra ruta, no sin antes parar obligatoriamente en el pueblo de Benalmádena, un lugar lleno de de macetas floreadas. Su castillo de Colomares, tributo a Cristobal Colón, también es digno de mención por su arquitectura que mezcla diferentes influencias y que incluye una pagoda china que representaba la ambición de Colón por alcanzar las costas de Asia.

    Tarifa

    No sé si fue por el hambre o porque un taxista muy majete de Benalmádena nos lo recomendó. Pero el bocadillo de atún que nos comimos en el Mirador del Estrecho, o Mirador de Palomares, entre Algecidas y Tarifa, nos supo a gloria bendita. Este mirador, ubicado en una carretera sin fin, tiene vistas a África que te hacen sentir entre dos mundos.

    En Tarifa nos alojamos en el Hostal Alameda, ubicado en todo el meollo del pueblo. A un lado, el mar y sus chiringuitos; al otro, el puerto y sus ferrys a Tánger; al otro, el centro urbano plagado de restaurantes exquisitos y tiendas bohemias donde pecamos varias veces. El hotel salió a 800 euros cuatro noches, o sea, 200 euros por persona.

    Topamos con una tienda-galería que nos encandiló. Pinturas hechas con un surrealismo abismal de la mano de la artista Neila Pascual que trasporta a la vida andaluza, a su costa y costumbres flamencas. Versos de Neruda y apuntes literarios complementan el arte en las acuarelas, óleos y postales.

    Arte de Neila Pascual Tiendas en Tarifa Tiendas en Tarifa Arte de Neila Pascual

    Pero para arte, el de El Lola. Un restaurante con hora y media de espera para sentarse a cenar. No nos sorprendió tras probar esa tortilla de patata, que sin lugar a dudas necesitaba más pan y así se lo pedimos al camarero. Un poco de jamón serrano, mini hamburguesas y tartar de atún para empezar a ganar cuerpo y kilitos viajeros. Vino blanco fresquito aunque terminamos poniéndonos la chaqueta, porque en esta costa el viento de Levante a veces refresca.

    La Playa Chica, con vista a las ruinas del Castillo de Santa Catalina, fue testigo de nuestras ganas de playa. Agua cristalina y arena brillante. En la Playa de los Lances, inmensa, también nos detuvimos a tomar una cerveza bien fría en el chiringuito Waikiki, de ambiente surfero. Recomendada también la Playa de Valdevaqueros, donde se encuentra el famoso chiringuito El Tumbao y es una playa excelente para la práctica del kitesurf.

    Playas en Tarifa, playa Chica

    Tarifa y Covid plantean un reto a la hora de encontrar reservas en restaurantes, por lo que las colas de espera eran de más de una hora y había lugares por los que no nos atrevíamos a meternos debido a la masificación. Pero disfrutamos de veladas fantásticas en otros restaurantes como La Caracola o Mesón Siglo XIX.

    Playas en Tarifa, playa de Valdevaqueros

    Chiringuito el Tumbao
    Vejer de la Frontera

    Este lugar es obligadísimo si se visita la Costa de la Luz. Nos gustó tanto, que fuimos dos veces.

    Se trata de uno de esos pueblos bonitos en los que te sientes en la obligación de fotografiarlo todo. Su plaza, la Plaza de España, es una de las más impresionantes y que parece un oasis en el mismísimo desierto.

    Desde la carretera, el pueblo parece una montaña blanca que te deja boquiabierto. Sus habitantes tienen la obligación y responsabilidad de mantener ese blanco impoluto de las casas. Nuestro Forfi se las vio canutas para subir las cuestas del pueblo, y para qué engañarnos, nosotras también, sobre todo los zapatos de mi amiga Yas, los cuáles se rompieron y tuvimos que patearnos el pueblo entero bajo un sol de justicia para encontrar una zapatería y comprar unos nuevos.

    Especial recomendación El Jardín del Califa y La Casa del Califa, restaurante y hotel, ubicados uno al lado del otro. Un lugar exquisito con vistas panorámicas e infinitas, tanto al pueblo de Vejer, como a su lejanía. Sabores y olores del Oriente Medio. Jardines de las Mil y Una Noches. Inspirado en la época en la que gobernaron los árabes hace más de 700 años.


    La Playa del Palmar, en Vejer, también tiene innumerables chiringuitos a los que trasladarse cuando uno ya se ha cansado de tanta playa. Aunque es cierto, que estos lugares requieren de outfits no tan playeros, pero más elegantes. El Dorado, mi favorito, en el que cada día de la semana ofrecen un espectáculo flamenco. El Manzanita, el Capuyo de Jerez o Funk You, entre otros. No aceptan reservas. Nosotras para asegurarnos una mesa pagamos un reservado que cuesta 150 euros, la mejor opción si no se quiere hacer la cola o quedarse sin espectáculo flamenco.

    Para concluir nuestro viaje de seis días, decidimos pasar un día de playa en la Playa de los Alemanes en Zahara de los Atunes. Un inmenso arenal de aguas bravas. Sorprendida me quedé de las pedazo de olas en todas y cada una de las playas que pisamos. La fiereza del Atlántico.

    En nuestra vuelta a casa, también nos detuvimos en Puerto Banús, un sitio perfecto si lo que quieres es ver Ferraris, yates de importantes jeques árabes, famoseo y tiendas de marca. Nosotras, que somos muy del postureo, fuimos a ver el puerto, a pasearnos por las tiendas, a hacernos un par de fotos y para acabar nuestro viaje con estilo, nos comimos un delicioso McMenú en el McDonalds.

  • Hasta la cima de El Montgó

    Hasta la cima de El Montgó

    ¿Sabéis cuál es un planazo de pandemia? Subir una montaña. (Advertencia: plan no apto para perezosos y personas en poca forma). Aunque si te lo propones, subir el Montgó en Dénia es posible.

    Para una persona como yo, que todo el ejercicio que hago es subirme en mi elíptica o entrenar con videos de Instagram o YouTube, he de admitir que escalar la montaña fue tarea costosa y hoy, un día más tarde, no puedo mover ni un solo músculo de mi cuerpo. Aunque la sensación de coronar la cima es muy satisfactoria.  

    Pero para amantes de la naturaleza, no veo plan mejor, en un finde soleado como los que estamos teniendo en la Comunidad Valenciana, que escaparse a la montaña.  

    El Parque Natural del Montgó está en Dénia, que además tiene muchos otros atractivos como playas y calas espectaculares (siempre defenderé que esta zona valenciana es el Caribe español, por sus aguas turquesas y su sol brillante).

    Pero Dénia y Jávea tienen más que ofrecer: restaurantes en los que degustar paellas típicas, tapas y cervezas frías, pescaditos, arroces… Un excelente destino de sol, playa, gastronomía y por supuesto, de montaña, que de esto he venido yo a hablaros.  

    Parque Natural del Montgó

    Pero primero un poco de información: esta montaña fue declarada Parque Natural en el año 1987. Se trata de un macizo rocoso que mide 753 metros de altura y que está compuesto en su totalidad por rocas, barrancos y pequeños senderos. Muy rica en cuanto a flora y fauna se refiere. Cuenta con gran diversidad de plantas. Podemos encontrar hasta 650 especies, algunas de ellas catalogadas como endémicas o raras y que solo se pueden encontrar, aparte de en el Montgó, en otras formaciones rocosas de las Islas Baleares.  

    Existen varias rutas, algunas que empiezan desde Dénia y otras desde Jávea. Nosotras íbamos super convencidas de que la excursión duraría tres o cuatro horas y que alrededor de las tres de la tarde habríamos acabado y podríamos comer tranquilamente en la playa. 

    Bueno, pues nuestros planes cambiaron y al final nos metimos en una ruta de seis horas y media de duración. Seguimos la ruta número 6 que empieza en la Ermita del Pare Pere y va desde el Camí de la Colonia hasta la cima y Les Planes. Y después bajamos por el Camí de l’Aigua. Una ruta circular de unos 18 kilómetros, en el que, desde luego, vimos todos y cada uno de los rincones del Montgó. Esta ruta esta categorizada como las más difícil y larga por lo que se recomienda ir bien preparado.  

    Hay algunos tramos de escalada en los que tienes que ayudarte con las manos para poder avanzar. Hay que estar pendiente porque las rutas no están muy bien señalizadas, aunque sí que es cierto que no hay pérdida. Si te orientas bien en la montaña hay que seguir las sendas pisadas. Pero como decía antes, nuestra ruta fue la más difícil y en ocasiones no hay sendero que seguir, más que nada porque el sendero lo componen piedras y rocas. 

    En mi opinión, la ruta es maravillosa en cuanto a paisaje. El mar te acompaña durante todo el trayecto. Es inevitable hacer varias paradas para respirar profundamente y gozar de «momentos mindfulness». El Mediterráneo se mezcla con el horizonte, solo interrumpido por las Islas Baleares al fondo. El Peñón de Ifach también es reconocible. Te sientes diminuto. Y poderoso.  

    La bajada por el Camí de l’Aigua sin embargo no cuenta con esas vistas, tiene otras, impresionantes también, pero no protagonizadas por el mar.  

    Para acabar el día, nos desplazamos hasta la Playa de Les Rotes y nos comimos nuestro bien merecido bocadillo con una cervecita. Este momento fue protagonizado por otro paisaje idílico: un atardecer que pintó el cielo de rosa clarito. Una gran recompensa a un largo y duro día de ejercicio en plena naturaleza. 

    Recomendaciones 

    Para esta ruta en concreto se tiene que tener experiencia física. Nosotras nos lanzamos a la montaña, pero nos resultó duro y quizá para aquellos que no tengan experiencia en trekking o escalada, puede ser un reto bastante grande.  

    Nos costó seis horas y media coronar la montaña y bajar de nuevo. Es importante llevar calzado adecuado, suficiente agua, comida, gafas de sol, protección solar y ropa cómoda. En pleno enero nosotras íbamos en manga corta. Hay que tener en cuenta que hay pocos lugares de sombra donde refugiarse, incluso a veces era difícil poder sentarse a descansar. 

    Estudiarse la ruta antes de empezar. Hay muchas rutas distintas, algunas empiezan en Dénia y otras en Jávea y son de distinta dificultad.

    Como diabética, recomiendo llevar Coca-Cola, azúcar, caramelos… Productos azucarados al gusto del diabético para corregir las hipoglucemias. Yo tuve que pararme para comer algo ya que debido al esfuerzo (con el que tampoco contaba) mi glucemia empezó a bajar demasiado rápido.  

    Y por último, disfrutar del paisaje y de la experiencia del Montgó. No hay esfuerzo sin recompensa y la sensación de estar en la cima es de completa plenitud.  

    Otras rutas y planes: 

    El Montgó es tan polifacético que te permite hacer varias rutas y luego incluso te sobra tiempo para hacer otros planes. 

    La Ruta 1, Final de les Rotes – Port de Xábia: tiene una duración de tres horas y es una ruta lineal de dificultad media. Esta ruta te permite volver a tiempo para disfrutar de una rica paella en distintos restaurantes de Dénia y Jávea, como el Restaurante Mena en Les Rotes.

    La Ruta 2, desde la Ermita del Pare Pere, pasando por el Camí de la Colonia y la Cova del Camell. Es una ruta lineal de intensidad baja que se puede hacer tanto a pie (una hora) como en bici (35 minutos). La ruta en bici permite disfrutar de la subida de una manera diferente y además, después se pueden disfrutar de unas cañas bien fresquitas y de unas tapas en la Movida Denia

    La Ruta 3, desde la Ermita del Pare Pere, cruzando la Cova de l’Aigua y el Racó del Bou. Tiene una duración de tres horas, siguiendo una ruta circular y de intensidad media en la que en algunos tramos tienes que impulsar la subida con la ayuda de cuerdas. En la entrada a la cueva hay una inscripción romana del siglo 238 d.c., aunque también hay evidencia de otras civilizaciones. Tras épocas de mucha lluvia, la cueva se presenta completamente inundada.  

    La Ruta 4, desde la Ermita del Pare Pere, por el Camí de la Colonia – Jesús Pobre. De dificultad media, en una hora y cuarenta minutos se puede subir y bajar la montaña. Gracias a la corta duración de la ruta hay tiempo de sobra para visitar la Ermita del Pare Pere y luego disfrutar de una paella o de un almuerzo con tortilla de patatas incluida, a pie de montaña en el restaurante El Campus de Denia.

    La Ruta 5, desde la Ermita del Pare Pere, por el Camí de la Colonia y la Creueta. Se trata de una ruta lineal de dificultad alta y con una duración de poco más de tres horas. Cuenta con algunos tramos con desniveles que pueden dificultar la ruta y solo se recomienda a personas con experiencia o en buena forma física. Esta ruta te lleva hasta la Cruz de Denia que se instaló en la cumbre en 1999 con ayuda de un helicóptero.  

  • Viñales: entre campos de habanos y chupitos de ron

    Viñales: entre campos de habanos y chupitos de ron

    En post anteriores hablaba de lo maravillosamente embaucadora que es La Habana, pero es que este efecto se extiende por todo el territorio, y sino todo el territorio -porque no llegué a visitar todas las ciudades y pueblos de Cuba-, por lo menos puedo afirmar que Viñales y Trinidad tienen la misma capacidad de enamorar.

    Todo hay que decirlo, nada tiene que ver un lugar con el otro. Si bien La Habana es una vasta urbe de edificios alti-bajos (dícese de aquella ciudad plagada de contrastes donde abundan edificios de distintas formas y alturas que se alternan sin ningún orden aparente), Viñales es la antítesis: armonía pura y dura, una aldea enclavada en plena naturaleza, dominada por campos de tabaco, montañas y casas de mil colores. Y Trinidad… Trinidad es un pueblo encantado, con calles empedradas, plazas enormes y una discoteca metida dentro de una cueva.

    Cuba es sorprendente, sobre todo porque la puedes recorrer en diferentes rutas, también es cierto que necesitas tiempo y en nuestro caso como solo disponíamos de diez días tuvimos que ser muy selectivas. Así que nos dejamos llevar por las recomendaciones. Nuestra ruta fue la siguiente: tres días en La Habana, dos en Viñales (con visita al Cayo Jutías), tres días en Trinidad y dos días más en La Habana.

    Es fácil desplazarse por Cuba, fácil porque solo tienes una opción: el Viazul, que es el autobús exclusivamente para turistas donde no encontrarás a locales porque ellos viajan en otro autobús más económico que si intentas coger te dirán que no porque no eres cubano (sí, nosotras intentamos hacernos pasar por cubanas para colarnos en el autobús local y pagar el equivalente a 3 euros en CUC, pero finalmente nos pillaron y desterraron al Viazul en el que un viaje de La Habana a Viñales te cuesta unos 12 american dollars).

    Caminito a Viñales

    Una vez en las puertas del Viazul se nos aproximó un hombre con dientes de oro falso y nos dijo así por lo bajini que tenía un “carro cómodo y espacioso que nos llevaría a Viñales por 25 CUC» (son como unos 25 euros), lo que no sabíamos es que nos iba a poner a Luis Miguel y a otros artistas del mismo talante durante todo el recorrido.

    Total, que por 25 CUC entre las tres merecía la pena soportar el sufrimiento musical, además nos recogían en la puertecita de casa. Pues dijimos que sí, claro. Le dimos un nombre y el teléfono de nuestro alojamiento y así zanjamos la reserva. Todo muy seguro y con garantías (ironía).

    El taxi ilegal nos recogió a la mañana siguientes. Aunque pasamos unos momentos de severa duda porque se retrasó así como 30-45 minutos y ya empezamos a pensar que por supuesto no vendría y tendríamos que coger el Viazul.

    Campos de tabaco y muros prehistóricos

    En cosa de unas dos horas y media nos plantamos en Viñales. El taxista nos llevó a unos campos de tabaco en el que pudimos probar los diferentes habanos que producen y aprendimos cosas como que el Che era asmático pero aun así se encasquetaba un puro detrás de otro (eso sí, mojándolos en miel que es bueno para la garganta). Allí en Cuba es típico “mojar” la punta del puro (esta frase suena demasiado mal pero no sé explicarlo mejor) en miel, ron o whisky.

    Se me olvidaba mencionar que adoptamos a una vienesa. Solo por aclararlo: a una chica de Viena. Ella viajaba sola y me recordó a mí en Jamaica así que le invitamos a quedarse con nosotras, su nombre es Miriam y habla un perfecto español dominicano porque había vivido en Santo Domingo por no sé cuánto tiempo. Es fabuloso viajar y conocer gente.

    El Valle de Viñales, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, es el escenario perfecto para actividades como montar a caballo. De hecho es una de las atracciones turísticas más demandadas, aunque yo particularmente no la recomendaría, el trayecto puede resultar más emocionante y bonito haciendo trekking o paseando tranquilamente por los caminos y senderos de tierra.

    El paisaje es impresionante: entre laderas, cerros y ríos. Además hay un lago muy bonito en el que te puedes bañar y una reserva llamada Capón en el que producen café, miel y ron, incluso te explican el proceso y finalmente te dan un chupito de ron, dos si te da un ataque de tos como me pasó a mi (se me olvidaba mencionar que me pasé todas las vacaciones con bronquitis así que la tos fue mi aliada por 10 días).

    Situado en el Valle de Dos Hermanas, que a su vez está dentro del Valle de Viñales, está el Mural de la Prehistoria. Es un mural que narra la evolución de los seres vivos, se pueden ver dibujos de los indios guanahatabeyes (indígenas que habitaron en Cuba hasta la colonización europea), así como dibujos de animales y moluscos.

    El mural está pintado sobre la roca del mogote de Dos Hermanas, previamente la piedra ya había sido pulida y preparada para que su autor, Leovigildo González, dibujara sobre ella. Como dato curioso se pintó con pinceles así que paciencia tuvieron que tener un rato.

    La noche cubana

    Cuando cae la noche la ciudad se transforma, en la calle principal, que es donde están todos los bares y restaurantes, se apelotonan cubanos y turistas para beber y bailar salsa (bueno los turistas lo intentan, lo de bailar, porque en beber están bastante entrenados, así somos).

    Como en cada ciudad cubana digna que se precie hay una Casa de la Música, es el templo cubano de la salsa donde la gente mide su talento y eficacia en una modalidad que requiere tener una coordinación que se esfuma tras el segundo cubata de ron, pero por intentarlo que no quede.

    Música en directo y espectáculo de baile están asegurados en todos –o casi todos- los bares de Viñales que vive por y para el turismo.  Lugares como Moreno’s Bar, La Casa del Mojito y Cubar ofrecen además happy hours, un fenómeno inventado por el capitalismo occidental que casa a la perfección con el turista americano y europeo que visita Cuba.

    Al fin y al cabo estamos en el Caribe y a Cuba se va de vacaciones, a tirarse a la bartola en la playa, a beber ron, fumarse un puro y sí, también a ligar.

    Tranquilidad y agua de coco

    Nos dijeron que cerca de Viñales estaba el Cayo Jutías y que debíamos ir sí o sí. La verdad es que estábamos como locas por ir a la playa así que reservamos un “taxi” entrecomillas. ¿Habéis visto la película de “Cars”? ¿Sabéis cuál es el personaje de “Tow Mate Mater”? Pues así era nuestro taxi. Y paso de entrar en detalles porque nos costó 10 CUC y por ese precio doy gracias a que tuviera ruedas.

    Los cayos de Cuba precisamente se encuentran algo alejados de la típica ruta que hacen los turistas, o por lo menos los turistas que optan por no ir a Varadero. Aun así hay varias playas muy bonitas y que cumplen con los requisitos de playa “de ensueño”.

    Cayo Jutías superó nuestras expectativas, una hermosa playa, no muy larga, interrumpida por un manglar por lo que el paisaje se enrudece a medida que recorres el arenal. El agua cristalina se torna azul turquesa en el horizonte. Chiringuitos, posibilidad de practicar actividades acuáticas y cocos por doquier. La típica playa Caribeña pero no masificada por el turismo de Varadero. Muy recomendable.

    Viñales merece la pena por esa dosis de aventura y naturaleza que no encontramos en La Habana o en otras ciudades de Cuba. Aun así es un lugar muy turístico por lo que es muy habitual ver a extranjeros y la población local puede aprovecharse de esta situación exagerando los precios de algunos productos o actividades, esta es una lacra que se vive en todo el Caribe.

    Los cubanos se muestran muy sociables y hospitalarios y en ningún caso sentirás que te están estafando. Lo bueno de Cuba es que la sensación de seguridad se extiende hacia todo el territorio, es un país relajado y amable que trata bien a los turistas.

  • Gambia: Sonrisas de África

    Gambia: Sonrisas de África

    Este reportaje está publicado en la revista Punto Mice (www.puntomice.com)

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  • Patagonia chilena o cómo volver a la niñez

    Patagonia chilena o cómo volver a la niñez

    La Patagonia tiene una magia que se contagia –¡vivan las rimas fáciles!- ya tengas 26, 43 o 75 años, el sur de Chile rejuvenece a cualquiera y transporta directamente a esa dulce y entrañable infancia en la que lo más importante es disfrutar y dejarse llevar. Es como si ni siquiera te pararas a pensar: ves un charco y quieres saltar dentro de él, quieres abrazar a cualquier animal que se cruza en tu camino, oler todas las flores y navegar todos los ríos. Las ganas de experimentarlo todo son irreprimibles en un ambiente natural “impagable”, como suelen decir los patagónicos.

    Después de una semana recorriendo el norte de la región de Aysén puedo afirmar que muchas personas necesitan emigrar a esta parte del globo para comprender lo impresionante que es la naturaleza. Nos ha tocado vivir lluvias torrenciales y vientos huracanados. Nos hemos visto obligados a cubrirnos con capas y a cancelar excursiones. Aun así la recompensa de bañarse bajo la lluvia en las aguas termales del volcán Melimoyu o atravesar el río Palena en lancha a motor y sentir como el viento te acaricia la cara –o te la azota, según la perspectiva- son experiencias que provocan que te detengas y recapacites sobre cómo la fuerza salvaje de la naturaleza hace que todo dé un vuelco. La naturaleza está ahí para que tú la respetes, para que tú te adaptes a ella y no al revés, y eso sí que es impagable.

    Los límites de la Patagonia son tan vastos y difusos que es difícil clarificar dónde empieza y dónde termina. El territorio se encuentra bañado por las aguas del Océano Pacífico y surcado por la Cordillera de Los Andes, el conjunto montañoso más grande sobre la tierra. La parte chilena de la Patagonia incluye las regiones de Los Lagos, Aysén, Magallanes y la Antártica Chilena y conecta por el este con la Patagonia Argentina.

    Recorriendo la Carretera Austral de sur a norte

    El recorrido que yo hice fue a través de la región de Aysén que al mismo tiempo divide la ruta en dos: la zona sur y la zona norte, ambas conectadas por la carretera austral que cuenta con un total de 1240 kilómetros de longitud, desde Villa O’Higgins (la parte más al sur) hasta Puerto Montt limítrofe con la Región de los Lagos en la zona norte. En mi caso recorrí la zona norte, atravesando la carretera austral desde el aeropuerto de Balmaceda, pasando por la capital de la región, Coyhaique, hasta La Junta.

    Mi viaje hasta la Patagonia empezó en el aeropuerto internacional Comodoro Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile, desde donde se toma un vuelo pilotado por Latam Airlines que dura aproximadamente dos horas y aterriza en la localidad de Balmaceda. Existen otras rutas marítimas o terrestres pero la más rápida obviamente es la vía aérea.

    Nada más aterrizar un paisaje de extensos prados y montañas te dan la bienvenida. Inmediatamente pusimos rumbo al norte e hicimos una pequeña parada en la capital. Coyhaique cuenta con unos 60 mil habitantes, una ciudad grande en cuyo centro se asienta la Plaza de Armas que es punto de unión de mochileros y ciclistas que se embarcan en la emocionante aventura de atravesar esta tierra plagada de paisajes sin fin. La plaza tiene mucha actividad, con puestos de artesanía local y restaurantes que llenan de vida y ambiente la ciudad.

    Nosotros no nos detuvimos mucho aquí pero sí lo bastante para embriagarnos de ese aire rústico que más tarde descubriríamos con más pasión en otras pequeñas localidades, como La Junta o Puyuhuapi. Coyhaique es popularmente conocida como “la ciudad entre aguas” porque se encuentra entre el Río Simpson y el Río Coyhaique. Aquí hallamos las únicas grandes construcciones de toda la región: el hospital, escuelas superiores y edificios públicos que no pierden su esencia y se encuentran recubiertas por la madera típica que reviste todos y cada uno de los edificios del territorio.

    Continuamos nuestro camino en furgoneta a través de la carretera austral, no sin antes tomar el mate de “la bienvenida, la paz y la hermandad”, ese mate que puede forjar y destrozar amistades, sobre todo si en el grupo hay un argentino que defiende que el mate es argentino y no chileno. Pero apropiaciones culturales aparte… Ese mate fue el principio de una gran aventura. La primera parada, donde íbamos a hacer noche, era La Junta, pequeña localidad a unas cuatro horas al norte de Coyhaique. Antes de llegar nos detuvimos en Villa Mañiguales para probar las famosas empanadas chilenas, un manjar de dioses que harán que repitas: las hay de pollo con queso, de ternera, pescado y también de vegetales. Acompañadas por una rica cerveza artesanal, negra, rubia o roja, da igual cuál sea, el placer está más que asegurado.

    La Junta, nexo de unión entre los ríos Palena y Rosselot

    Por fin llegamos a La Junta y el verde de los prados se torna más intenso. En Balmaceda ya nos habían advertido que “cuanto más al norte, más verde”, difícil de creer porque en ese momento piensas que no existe un verde más intenso, pero compruebas que sí es posible y que recubre toda la superficie de La Junta con una intensidad que incluso te deslumbra, debe ser porque no para de llover, los patagónicos solo tienen 30 días de sol al año.

    La recompensa de llegar al destino y poder degustar comida casera hecha con todo el cariño del mundo en un sitio como Mi Casita de Té, mientras el cuerpo entra en temperatura con chimeneas de leña y la tormenta acecha fuera, es algo impagable, como todo en la Patagonia. “En la Patagonia quien se apura pierde el tiempo”, es el eslogan oficial del territorio, frase que puede leerse en Mi Casita de Té, un encantador lugar regentado por Eliana, una mujer que dedicó parte de su vida, de sus esfuerzos y de sus sueños en ofrecer un espacio acogedor para turistas, visitantes y locales.

    Mi Casita de Té lleva cerca de 25 años ofreciendo una estancia al más puro estilo local. Su apasionada dueña, que habla del negocio y del pueblo con un brillo único en los ojos, abrió primero la cafetería, más tarde el restaurante y por fin cuatro apartamentos para ofrecer alojamiento también. Ahora está construyendo la recepción para brindar una mayor información al visitante que llega desde tierras lejanas.

    Éste es quizá el único lugar de La Junta en el que puedes alojarte y desayunar con el toque mágico de un pan recién horneado y una mermelada y unos postres cien por cien caseros. El resto de residencias que hay en el pueblo ofrecen también estancias muy agradables y los locales mostrarán todos sus esfuerzos en integrarte en la vida local, ya sea a base de degustaciones de cervezas artesanales; catas de Tepaluma, el gin por excelencia de la Patagonia; u otras actividades que tienen más presentes la adrenalina y los altos estados de diversión: trekking, rafting, kayaks, pesca o termas en entornos tan naturales como el lago Rosselot, el río Palena o el Valle Cuarto a cargo de Yagan Expeditions.

    Puyuhuapi, el sur del silencio

    Las lluvias nos acompañaron durante gran parte de la semana por lo que tuvimos que cancelar a última hora una excusión que nos iba a llevar hasta Raúl Marín Balmaceda y en la que íbamos a cruzar la desembocadura del río Palena al Pacífico, caminar entre dunas y avistar la avifauna típica. La crecida del río cambió nuestros planes y nos llevó a descubrir Chaitén, plan improvisado en la región de Los Lagos. Aquí degustamos una fantástica comida en el Restaurante el Volcán, acompañado por vino y sobremesa a base de deliciosos postres y tés de todo tipo.

    En Chaitén, en un punto de la carretera austral, conocemos y vemos con nuestros propios ojos el desastre ocurrido en la Villa Santa Lucía que justo hace un año sufrió un aluvión que provocó el enterramiento de parte de la villa en la que 21 personas perdieron la vida. El paisaje sigue siendo desolador y la fuerza de la naturaleza hace, que una vez más, te detengas y recapacites. Este acontecimiento aislado no impide que vecinos y vecinas detengan sus quehaceres, aunque el pueblo no olvida.

    Fue curioso conocer esta historia en un día en el que la lluvia caía con intensidad, el río había invadido las carreteras y algunos tramos estaban cortados porque caían piedras, troncos y se habían formado cascadas improvisadas sobre el terreno. Por suerte, cuando abandonamos La Junta y tomamos camino hasta Puyuhuapi, el tiempo comenzó a mejorar y nos regaló momentos de sol y cielos medianamente claros. Esta localidad asentada en la comuna de Los Cisnes es famosa por su fiordo homónimo, se encuentra a una hora de La Junta, enclavada entre la costa marina y los picos nevados del Parque nacional Queulat.

    Alemania en la Patagonia

    En el lugar encontramos ciertos asentamientos de colonos alemanes, como la Casa Hopperdietzel, hogar de la familia alemana fundadora de la típica cerveza artesanal que podemos probar en todo el territorio, la cerveza Hopperdietzel. Esta casa fue construida en el año 1938 y supone una de las primeras construcciones realizadas por colonos alemanes en la localidad. Junto a esta casona de cinco niveles se halla la Casa Ludwig, un inmueble declarado Monumento Histórico en el año 2009 y cuyo levantamiento data del año 1953. La edificación, perteneciente también a una de las más importantes familias alemanas asentadas en Puyuhuapi en la primera mitad del siglo veinte, cuenta con un arquitectura que incorpora maderas y materiales locales de la mano de maestros carpinteros chilotes, una auténtica construcción patagónica con identidad alemana y local ubicada en el seno de Puyuhuapi.

    Durante nuestra estancia en la localidad nos alojamos en el Hotel Puyuhuapi Lodge and Spa, del que hablaré más adelante en una entrada particular ya que este lugar lo merece. Como adelanto puedo decir que es uno de los lugares más exclusivos que podemos encontrar en la Patagonia, anclado en la Bahía Dorita a la cual solo se puede acceder cruzando el fiordo en un pequeño barco.

    En el camino hasta el alojamiento se pueden avistar pingüinos y toninas, una vez en tierra la flora se torna asombrosa, a base de gigantescos árboles como Coigües y Tepas, flores como el Lupino o plantas de hojas enormes como la Nalca. Un entorno fabuloso para la práctica del trekking o kayaks y como remate para un día de diez es obligado sumergirse en las termas bañadas por agua de volcán, cascada y del mismísimo Océano Pacífico.

    Este lugar encantado que tiene vetada la entrada a cualquier conexión, ya no solo con el exterior, sino también a Internet, es un completo remanso de paz al sur del silencio. Una forma excelente de acabar nuestra aventura en la parte más austral del mundo. La región de Aysén en la Patagonia chilena es un enorme tesoro para el alma.

    Guía práctica

    ¿Dónde comer?
    –Kofketun: La Junta, Cisnes, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chiles.
    –Restaurante El Volcán: Arturo Prat, Chaiten, Chaitén, Región de los Lagos, Chile.
    –Chelenko Restoran: Horn 47-56, Coyhaique, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile.
    ¿Dónde dormir?
      –Puyuhuapi Lodge & Spa: Bahia Dorita s/n, Cisnes, Chile
    Mi Casita de Té: Cisnes, Región de Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile
    Terrazas del Palena: Carretera Austral, La Junta, Chile
  • Port Antonio, belleza natural

    Port Antonio, belleza natural

    La frase que más he escuchado desde que llegué a Jamaica, después del “Jamaica, no problem” es la de: “tienes que ir a Port Antonio”. Tras la insistencia de muchos viajeros y locales a los que he ido conociendo en mi travesía por el país, finalmente he visitado esta magnífica pequeña ciudad al este de la isla.

    Lo que iba a ser una escapada playera ha terminado siendo la más auténtica, mística, espiritual y natural experiencia que he vivido (hasta que por fin visite las Blue Montains). Iba a irme sola a Port Antonio, a disfrutar de la calma y el relax de las playas, pero en el último momento se apuntó mi amiga Janet, mi mami en este viaje. Janet es mi mejor amiga aquí, una mujer inglesa de unos 50 años que bebe ayahuasca, fuma marihuana con pipa, cocina como los mismísimos ángeles y viaja sola, como yo, haciendo Workaway.

    Lo bueno de Jamaica son las casualidades. Visitas un sitio, conoces a alguien que te habla de una fiesta en no sé dónde y en esa fiesta conoces al maravilloso Cleveland, un hombre de unos 50 años, taxista y originario de Port Antonio que nos llevó a rincones espectaculares, rodeados por la naturaleza más abrupta, alejados de la evidencia humana y desconocidos por muchos turistas.

    Port Antonio se encuentra en la parroquia de Portland, a una hora de Kingston y a dos de Ocho Ríos en coche. Nosotras cogimos el autobús local que no es muy cómodo porque viajas con tropecientas mil personas más, pero es la opción barata (500 dólares jamaicanos que son tres euros). Port Antonio es uno de los lugares más turísticos de la isla por su extraordinaria belleza. Blue Lagoon es uno de los lugares más bonitos y también más visitados, eventual escenario de películas debido al intenso azul de sus aguas y a sus misteriosos 55 metros de profundidad.

    La mayoría de las playas son gratis y con muchos bares y chiringuitos locales donde comer auténtico Jerk Chicken y gastronomía jerk en general. Una de las playas que más me gustó fue Winnifred Beach, un arenal completamente de postal, con un rincón rasta muy acogedor regentado por un par de rastafaris que venden marihuana y artesanía hecha a mano.

    Pero lo mejor fue adentrarse en la selva tropical, cruzar el río, atravesar campos de bananos, bread fruit y otros deliciosos frutos que fuimos probando por el camino.

    En Jamaica es posible sobrevivir en la selva sin morirte de hambre, ni de sed, ni por la picadura de un insecto. Lo bueno que tiene este país es que cuenta con grandes virtudes naturales: la flora y fauna es muy rica y diversa. A diferencia de otros lugares, Jamaica no tiene animales peligrosos o venenosos tales como arañas o serpientes. Bien cierto es que la cantidad de mosquitos que hay es abrumadora pero ninguno es portador de malaria. En Jamaica no es necesario vacunarse contra este mosquito, de hecho solo es aconsejable vacunarse si la estancia en la isla va a ser mayor a 30 días.

    El objetivo era llegar, caminando entre la espesa vegetación, junto a la ladera del Río Grande, hasta las Scatter Falls, unas cataratas solo conocidas por locales cuyo paisaje es una premisa de lo que puedes encontrar en las famosas Blue Mountains, situadas muy cerca de Portland.

    Solo es posible llegar hasta estas cataratas con ayuda de un local que conozca el camino. Nosotros fuimos el sábado por la mañana y allí solo había un grupo de seis locales más.

    Es un lugar tranquilo, alejado de la masificación turística, rodeado por una naturaleza asombrosa (con una gran diversidad de frutos, plantas y aves). Un lugar de esos que digo yo que reinician el alma. Compramos unas cervezas y ron Appleton, el típico jamaicano, y echamos la mañana entre aguas puras y vegetación auténtica.

    Aparte de Winnifred Beach, hay una cantidad asombrosa de playas de ambiente local y de acceso completamente gratuito, como Long Beach o Boston Beach.

    Mucha gente dice que los atardeceres en Port Antonio son diferentes al resto que puedas ver en la isla, son especiales, con otro color. No conseguí ver al sol ponerse pero es cierto que cuando la noche empieza a caer el cielo tiene otro color distinto.

    Fue un fin de semana de evasión y relax, pero también de fiesta. Entre tanto dancehall sonando las veinticuatro horas del día en cada club de Jamaica se agradece encontrar en Port Antonio locales de reggae clásico, reggae de los más puros orígenes. Otra de las cosas que me gustan del ocio nocturno en Jamaica es que no entiende de edades y puedes conocer a gente, tanto local como foránea, de cualquier rango de edad.

    Como decía al principio fue una escapada muy mística, de descubrir la auténtica Jamaica y todo gracias a Cleveland. Fue una suerte encontrar y conocer a este maravilloso hombre cuya vida no ha sido nada fácil, separado de su mujer, con un hijo fallecido a la edad de 16 años y sobreviviendo como taxista en un país que vive por y para el turismo (sobre todo en las zonas costeras).

    En la mayoría de los casos el dinero que entra en la casa de un jamaicano depende de los turistas por lo que Cleveland tuvo suerte de que nos conociéramos en esa fiesta de ‘old reggae’, pero más suerte tuvimos nosotras de toparnos con él y conocer Port Antonio en su más puro estado.

    ¿Dónde comer?
    -Restaurante Anna Bananas, situado en la carretera principal de Port Antonio. Comida local, buen ambiente y con una carta variada, sobre todo pescados.
    ¿Dónde dormir?
    -Nos alojamos en una guest house llamada Chocolate Dreams que encontramos por Airbnb, 40 euros la noche, situada en una urbanización con casas muy pintorescas. La dueña de la casa es una mujer alemana que reside actualmente en Port Antonio. La casa tiene cocina para compartir, jardín y una sala de estar con objetos e instrumentos musicales curiosos. Decorado al estilo zen, con libros sobre yoga y meditación, un lugar con muy buena vibra.
  • Blue Hole en Ocho Ríos, una excursión que reinicia el alma

    Blue Hole en Ocho Ríos, una excursión que reinicia el alma

    Lo que más me gusta de Jamaica, salvaje como ella sola, es su combinación de playa y naturaleza. Escarbando entre caminos a veces demasiado hostiles (aquí lo de asfaltar carreteras no se estila mucho), de pronto puedes encontrarte pequeños paraísos sumidos en la calma y quietud de una isla que lo tiene todo. Todo menos carreteras asfaltadas, pero no problem, esto es Jamaica (para todo aquello inusual o extraordinario, ya sea bueno o malo, los jamaicanos se excusan siempre con “no problem, this is Jamaica”).

    No todo el lujo jamaiquino se encuentra en los resorts, sino en el don de transformar una experiencia en un momento único. Los paisajes conceden esta oportunidad de pararse a respirar y resetear la mente. Ocho Ríos está plagada de rincones para reiniciar el alma.

    La pequeña ciudad, ubicada en la parroquia de Sant Ant, es para algunos la ciudad más cultural de la isla, además resulta ser un lugar de antalogía histórica, no solo por ser ciudad de tradición pesquera, sino también porque se cree que este fue el primer territorio que pisó Cristóbal Colón cuando llegó a la isla. Su mercado es exquisito, en el que puedes pasear y evadirte por horas. Los jamaiquinos son gente muy charlatana y todos tratarán de conversar contigo, a menudo para venderte algún producto y otras veces solo interesados en saber acerca de tus experiencias en la isla.

    Rincones para reiniciar el alma hay muchos en la ciudad, de esos que embelesan y enamoran. Quizá las playas no son las más largas ni las más azules pero también ofrecen esos momentos de ensimismamiento dignos de recordar. La fuerza del agua en Ocho Ríos ha dibujado un paisaje extraordinario en los albores de la ciudad, tal como las atracciones de Blue Hole o Konoko Falls de Dunn’s River. Lo mejor de todo es que se pueden disfrutar de la manera más saludable y divertida: escalándolas, bañándose en sus aguas e incluso saltando desde las rocas. Una excursión para disfrutar como niños.

    Por decantarme elijo Blue Hole ya que es una excursión más larga y más intensa cuyo punto clave culmina en un pequeño agujero de aguas más azules que el mismo Caribe. Blue Hole es una sucesión de cascadas, caminos, cuestas y vegetación espesa que se multiplica a ambas laderas del río. Hay dos formas de hacer el recorrido, contratando un guía conocedor sumun del terreno que presta su ayuda para subir, trepar y bajar entre las rocas y caminos (es asombroso observar a los guías trepar las cascadas y lanzándose en picado desde lo más alto), o bien, si eres aventurera como yo, puedes hacerlo por libre (aunque yo no escalo cascadas, todo hay que decirlo).

    Realmente me aventuré a hacer la excursión sola porque iba acompañada por dos amigos, mi amigo Omar de Australia y Akeel de Trinidad y Tobago. Admito que en algunos tramos es necesaria ayuda de una mano ajena, no es que sea un trayecto duro pero en ocasiones debes usar una cuerda o mojarte de pies a cabeza para ascender de nivel. Si se realiza esta excursión con niños es conveniente contratar a un guía, como decía son excelentes escaladores y además ofrecen chaleco salvavidas y zapatos adecuados para no resbalar.

    Con sus subidas y bajadas, sus terrenos resbaladizos y las corrientes de agua, es una escapada que merece completamente la pena si te gusta el ejercicio y los parajes naturales. La naturaleza allí es asombrosa, con animales campando a sus anchas y se pueden avistar especies de pájaros, insectos y plantas tropicales.

    Para llegar a Blue Hole hay que coger un taxi, está a unos veinte minutos conduciendo desde la ciudad de Ocho Ríos y el trayecto sube entre montañas y caminos nuevamente no asfaltados. Nosotros cogimos route taxi porque es la opción barata, unos 400 dólares jamaicanos que es el equivalente, más o menos a tres euros o dólares americanos. Coger otro taxi cualquiera puede fácilmente costar unos 20 dólares americanos así que merece la pena compartir un route taxi.

    Una vez en Blue Hole la entrada cuesta 15 dólares americanos y contratar un guía ronda entre 50 y 70 dólares. Personalmente me gustó hacer la excursión por libre, puedes tomártelo con calma ya que no hay un limite de tiempo para permanecer en el lugar y es magnífico sentarse en una roca a observar las cascadas y el flujo del río sin prisas y saltar desde las rocas, nadar tranquilamente, tomarte una cerveza bien fría o pasear, perderse y comprar regalos. Muy recomendable el uso de escarpines para poder recorrer con más facilidad algunos tramos. Allí mismo pueden alquilarse por 500 dólares jamaicanos.

    Lo que más me gusta de este enclave es su poco arraigo comercial, apenas hay un bar donde hacer un pequeño break para degustar cócteles y cervezas típicas de la isla (Red Stripe y Dragon) y un par de pequeñas tiendas artesanales en las que comprar recuerdos, cuadros y artesanía hechos y pintados a mano. Además es muy agradable conversar con los tenderos. A pesar de ser una de las atracciones más demandadas en la ciudad no está a rebosar de turistas, esto es porque Ocho Ríos no es una ciudad turística en sí, lo es por el hecho de que es parada de cruceros, los cruceristas llegan por la mañana y regresan al barco a medio día, pero en días en los que los cruceros no atracan es posible no avistar a esa extraña especie colonizadora denominada turista (yo formo parte de ese clan). Por lo que depende de la época del año Blue Hole no está masificado como otras atracciones turísticas, tales como las playas.

    ¿Qué necesitas para visitar Blue Hole?

    Bañador, zapatos adecuados que puedan mojarse (allí se pueden alquilar), toalla y cámara.

    ¿Cómo llegar?

    Puedes tomar route taxi desde la ciudad de Ocho Ríos (2,5 euros) o bien contratar un taxi personal (unos 20 o 30 euros). Desde Ocho Ríos hasta Blue Hole son 20 minutos, desde Falmouth una hora y desde Montego Bay dos horas aproximadamente.

    ¿Dónde comer?

    Dentro del enclave natural no es posible comer, solo hay un bar que sirve snacks y bebidas frías, pero saliendo a la carretera hay restaurantes típicos jamaicanos y puestos a pie de calle donde comer el plato estrella: Jerk Chicken.

  • Cerrando maletas… Destino Jamaica con Workaway

    Cerrando maletas… Destino Jamaica con Workaway

    Ha llegado un momento apoteósico en mi vida.

    Me encuentro en estos mismos instantes haciendo la maleta, algo que siempre me ha resultado toda una hazaña en la que en la mayoría de las veces pierdo la batalla porque lleno la maleta de esos ‘por si acasos’ que luego jamás usaré y que no hacen más que ocupar espacio en una maleta destinada a mutar de forma y transformarse en un bulto abominable… Aun así no deja de convertirse en una hazaña, se pierda o no la batalla. Hazaña, momentazo o la proeza de cómo conseguir que “esto cierre y pese menos de 20 kilos cuando vaya a facturar”.

    El mini susto y el mini susurro que sueltas para ti misma de: “venga pequeña mete tripa» (refiriéndote a la maleta), cuando estás frente al mostrador de facturación y el/la trabajador/a que revisa tus billetes y tu equipaje te observa concienzudamente como si fueras sospechoso de llevar el sable de Napoleón, un jamón pata negra, un alijo de coca y hasta un ave de corral. Todos tus esfuerzos se transforman en aparentar la armonía propia de quien no carga una maleta sino una grácil y liviana bolsita de equipaje con dos bragas, dos pantalones y dos camisetas para tres meses.

    ¡JÁ! Y no hay quien se lo crea, por eso yo lleno la maleta de ‘por si acasos’, porque nunca se sabe si te va a tocar vivir la nevada monumental, ‘por si acaso’ la segunda extinción cretácica, la invasión alienígena o si el sol caerá sobre la Tierra. Así que ropa para todo.

    Bueno y todo este rollazo sobre maletas y límites de kg (del que ya me extenderé más en profundidad en próximos episodios) para decir que por fin ha llegado la hora de mi primera y gran aventura en solitario: Jamaica, here we go! 

    Tres meses de aventura en Jamaica

    En menos de 48 horas estaré volando rumbo a las Grandes Antillas y yo todavía no sé qué ponerme, ni que llevarme, ni donde dormiré la primera noche, por no saber no sé ni inglés. Aunque allí se habla una mezcla rara entre inglés y patois que es como si un Latinoamericano se fuera tres meses al pueblo más catalán de Cataluña. Pero bueno, alegría y muchos por si acasos en la maleta, siempre te salvarán de cualquier encrucijada (y el sable de Napoleón también).

    Por delante me esperan unos casi tres meses de aventura por Jamaica y espero que también por Cuba y alguna que otra islilla caribeña, en las que espero descubrir ya no solo las tradiciones y estilo de vida locales, sino también paisajes, la gastronomía y gente buena que me abra las puertas de su casa y me ofrezca momentos inolvidables en esta, mi primera experiencia viajando sola.

    Desde que fui a Jamaica, el pasado mes de septiembre (amor a primera vista), empecé a planear mi regreso. Hacía bastantes años que quería ir a Jamaica porque soy adepta al reggae, de hecho mi festival favorito es el Rototom que se hace al ladito de mi casa, en la playa de Benicàssim (Castellón) y ya este festi es una premisa importante del buen rollo, el ritmo y el sabor del ‘one love’ y ‘one respect’ que encuentras en la isla. En Jamaica esta sensación se eleva al infinito y más allá si cabe.

    El tema es que fue pisar la isla y ya saber de primeras que yo iba a volver tarde o temprano, aunque nadie se esperaba que fuera tan temprano la verdad. Lo cierto es que en cuanto volví a España empecé a informarme y me topé de bruces con una página que iba a cambiar mi concepción de viajar. A ver… no encontré América pero la verdad es que me abrió los ojos y vi en esta aplicación una forma muy eficaz para pasar largos periodos de tiempo sin gastarte mucho dinero en un país extranjero.

    ¿Cómo me voy a alojar?

    La página en cuestión, aunque existen muchas más de este estilo, es Workaway. Por el momento no puedo hacer una crítica o recomendación sustentada bajo los cimientos de la experiencia personal, porque todavía no he llegado a Jamaica, pero sí, esta es la forma en la que me voy a alojar allí en la isla. De Workaway en Workaway y tiro porque me toca.

    Explico por encima en qué consiste: es una página web en la que para acceder a las ofertas de voluntariado debes hacer una contribución económica anual de 30 euros. Esta pequeña cantidad monetaria sirve como ‘seguro’ y te garantiza que los hosters (anfitriones o huéspedes) son fiables, buenas personas y te van a dar una cama en condiciones para que tu experiencia sea gratificante y confortable.

    Si por el contrario, no es una experiencia gratificante, tú, como has pagado 30 euros, te pones en contacto con el equipo de Workaway quien te ofrece una asistencia legal y jurídica y emprenden asuntos legales contra la persona que te ha fastidiado el voluntariado, bien porque te ha dejado tirado en el último momento, bien porque la cama que te prometía resultaba ser un tablón de madera en el suelo, o tal vez porque en vez de tres comidas diarias al final solo te daban una y un plátano para antes de dormir.

    Cabe decir que cada host tiene sus condiciones de voluntariado, generalmente muchos de ellos establecen un horario de trabajo que pocas veces supera las cinco horas diarias y fines de semana libres para que el voluntario pueda hacer turismo y descubrir el país. A cambio de estas tareas de voluntariado que van desde limpieza, jardinería, construcción, pintura o cuidado de niños o animales, los huéspedes te ofrecen alojamiento y en algunas ocasiones hasta comida.

    La verdad, como decía antes, no tengo la experiencia en primera persona pero he estado investigando en Internet sobre «workaway opiniones«. Desde la misma página web puedes leer comentarios, tanto de huéspedes como de anfitriones, pero también los puedes encontrar en otras páginas de Internet y en términos generales parece una buena opción para personas como yo que desean viajar durante largas estancias de tiempo sin gastarse un euro. No es que sea rata, es que quiero viajar mucho.

    Aunque esto es como todo, he podido leer opiniones en las que  se critica a la página debido a la explotación llevada a cabo por algunos huéspedes a voluntarios, aunque ahí ya entra la capacidad de reacción de cada cuál y si en un momento se hace evidente esta explotación laboral o no se están cumpliendo las condiciones previamente establecidas lo lógico es denunciarlo a la página de Workaway y marcharse de ese lugar cuanto antes.

    Muchas aplicaciones tienen la opción de que los usuarios valoren y puntúen el servicio que ofrecen personas particulares a través de este tipo de aplicaciones (como BlablaCar o Couchsurfing),  en la que el criterio de selección puede basarse en estos comentarios ya que se trata de un indicador muy fiable a la hora de saber si estas tratando con una persona de confianza o no. Workaway tiene el mismo concepto y puedes leer las opiniones de las personas que ya se han alojado previamente en estos hostales, hoteles, albergues, granjas, etc.y conocer a través de la experiencia de otros viajeros el nivel de hospitalidad del huésped.

    Yo por lo que he leído en los comentarios hay que tener mucho cuidado, sí, pero porque esto del Workaway vicia y ¡MUCHO!

  • Por qué deberías viajar sola

    Por qué deberías viajar sola

    Un ex jefe y gran amigo mío, ante una situación adversa que se me presentó (de esas en las que hay que tomar una compleja decisión), me dijo una vez:  “la gente no se arrepiente de lo que hace, sino de lo que se deja por hacer”. Creo que es el mejor consejo que me han dado en mi vida y a día de hoy es mi lema, mi empuje, mi decisión. Cuando no sé qué hacer, que opción elegir o qué decisión tomar me aplico esta frase (dependiendo del contexto) y puedo decir que nunca falla.

    Por supuesto que hay cosas de las que me he arrepentido, pero desde que sigo esta filosofía son muy pocas las veces en las que me he preguntado: “¿Y si lo hubiera hecho?, ¿por qué no lo intenté?”. En ocasiones me acuerdo de otra persona que me ha inspirado muchísimo a la hora de aventurarme en esto de los viajes, él es Juan Dual, y su lema: “No lo pienses, hazlo”; a él le fue increíblemente bien y ha inspirado a muchas otras personas (léelo en este post).

    Mi intención con este blog es contar mi experiencia de viajar sola con el complemento de que soy diabética. No quiero ser ni mucho menos una inspiración o ejemplo a seguir, pero sí demostrar que no hay barrera, ni limitación alguna, ni por sexo, ni edad, ni por enfermedad. Solo necesitas una cosa: las ganas, de viajar, de conocer el mundo, de estar abierto a otras culturas, idiomas y personas. Viajar es la escuela de la vida.

    Siempre he viajado mucho, con mi familia, con mis amigos y hasta hace un par de años empecé a hacerlo por trabajo. Viajaba ‘sola’ pero no, porque siempre iba acompañada por gente desconocida que al final, muchos de ellos, terminaban convirtiéndose en grandes amigos. A día de hoy aun mantengo el contacto con algunos de ellos, por muy lejos que estén, siguen ahí y a menudo intercambiamos conversaciones profundas y enriquecedoras, e incluso de vez en cuando sale alguna oportunidad de trabajo. Benditas redes sociales y alabado sea Whatsapp.

    Gracias a estas últimas experiencias por fin me he atrevido a dar el paso, a viajar sola, completamente sola, tan sola que llegas a un destino y nadie te espera, llegas al país sin reserva de hotel o sin un conocido que te recoja en el aeropuerto. Sola, completamente sola, pero conmigo misma (que suena muy positivo y muy bonito).

    No ha sido una decisión fácil pero hay varias cosas por las que merece la pena intentarlo.

    Así que… ¿Por qué deberías viajar sola?

    -Si la voz de tu conciencia te empuja a viajar escúchala, porque, repito: “la gente no se arrepiente de lo que hace, sino de lo que se deja por hacer”. Y esa vocecilla de tu interior se acallará por momentos fruto de distracciones puntuales pero te aseguro (por lo menos en mi caso particular) que el/la Pepit@ Grill@ volverá a gritar en tu interior (aplicable no solo al hecho de viajar). Siempre sigue tu instinto.

    -Te va a permitir conocerte a ti mismo. No hay nada mejor que esos momentos de absoluta soledad para saber qué es lo que una persona quiere. Estar solo no es sinónimo de tristeza como mucha gente piensa. La soledad es sinónimo de grandeza y por supuesto de felicidad y tranquilidad. No sería la primera vez que alguien me cuenta una experiencia en la que se encontraba solo en una ciudad desconocida y se sentía feliz y completo.

    -Independencia. Yo me cansé de esperar a que mis amigos tuvieran dinero, tiempo y ganas para viajar. Además puedo elegir el destino que quiera, permanecer el tiempo que me dé la gana en cualquier lugar o atracción turística y decidir qué sitios ver y cuáles no. Pero sobre todo, el tema de la comida. Se acabó el vetar cualquier restaurante por el hecho de servir un determinado tipo de comida.

    -Si crees que tienes algún tipo de limitación, ya sea porque viajas con medicamentos o por algún esterotipo o prejuicio (por ejemplo no te atreves a viajar sola por ser mujer), no hay problema. En el primer caso una buena organización te garantizará tranquilidad a la hora de viajar: buscar un buen seguro que cubra todas tus necesidades, sobre todo si tienes una enfermedad preexistente o necesitas medicamentos. Informarse es la mejor forma de no caer en errores que podrían ser muy evitables.

    En el segundo caso hay destinos más o menos seguros para mujeres que viajan solas pero ninguno que no puedas visitar por tu género. Es cierto que en algunos países tendrás que «doblegarte» ya que por desgracia existen sociedades no tan avanzadas en materia de igualdad, pero en ningún caso tu género debe suponer un problema. Respeto e integración cultural es la clave, tanto si eres hombre como mujer.

    -Y recuerda, VIAJAR: la Escuela de la Vida. Cuanto más viajes y más conozcas, más abrirás tu mente. Te enseñará a respetar otras culturas y otras sociedades. Además puedes ganar grandes amigos que por supuesto se traduce en muchas más oportunidades, tanto personales como profesionales.

    El mundo está lleno de personas buenas que te abrirán las puertas de sus hogares, te ofrecerán un plato caliente y te indicarán la dirección en el mapa. Proyéctalo, atráelo y da una oportunidad. Confía en los demás pero no te fíes más que de tí. Si algo no te da buen rollo evítalo, una vez más usa tu instinto.

    Al final el único problema es quién te hará las fotos en cada lugar.

    Pero siempre nos quedarán los selfies.

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